Desclasificación íntima del 23-F de 1981
Las asonadas y golpes militares del siglo XIX fueron el pan político de cada lustro. Se hicieron tan habituales que llegó a considerarse que el ejército español solo estaba capacitado para ganar batallas contra los españoles. El golpe de Estado de julio de 1936, transmutado en guerra y en una dictadura de cuatro décadas, parecía haber puesto fin a la vieja rutina decimonónica de nuestros uniformados. No fue así, nada más inaugurado el intento democratizador, los ruidos de sables volvieron a las andadas. El calendario retornó a llenarse de conspiraciones frustradas hasta culminar con el fracasado golpe de Estado del 23-F en 1981 con la toma de las Cortes Generales por un grupo de Guardias Civiles. Aquella intentona ha pasado a la Historia como última y definitiva. No es cierto, le sucedieron otras infructuosas, tapadas con paños calientes mientras se procuraba depurar al Estado de franquistas y se democratizaban las fuerzas armadas.
Transcurridos cuarenta y cinco años acaba de morir Antonio Tejero mientras el mismo Gobierno progresista, que desahució al dictador del Valle de Cuelgamuros, ha desclasificado los documentos secretos. Tarde, muy tarde para los historiadores y para esclarecer la verdad de una historia vivida por muchos de nosotros entre la precaución y la desesperanza de una larga noche. Fue la primera ocasión, verdaderamente histórica, en la que una asonada se retransmitió en directo por impulso del cuarto poder: la incipiente prensa liberalizada. Menos de veinticuatro horas de incertezas escuchadas minuto a minuto por la radio y vista en intervalos en TVE. Del 23-F se han destruido documentos esenciales, se han cerrado bocas, han fallecido testigos y se ha perdonado en exceso. Aquel fue un acto de la España que embiste tratando de ser anulado por la España pragmática. Seguiremos desconociendo qué papel jugó la reina Sofía, si hubo directrices de Juan de Borbón para su hijo, hasta dónde Fraga o Blas Piñar estaban realmente involucrados, quienes eran los grandes empresarios dispuestos a financiar y capitalizar el movimiento… Nada importante para la vida cotidiana de hoy. Pero, bienvenidos los documentos para la reconstrucción imprecisa de lo histórico y para ampliar la educación de las nuevas generaciones.
Para quienes vivimos la transición el suceso también merece la desclasificación de nuestra intimidad. En Vigo asistimos a una curiosa coincidencia. Aquellos días se celebraba un congreso internacional llamado ‘O Feito Galego’, organizado por la UNESCO y el ayuntamiento. Unas horas antes de la aparición de Tejero pistola en mano en televisión el pleno del encuentro fue asaltado por un grupo de nacionalistas radicales rompiendo la clausura. El paralelismo resultó sorprendente para quienes cubríamos la noticia de ámbito gallego. Yo lo hacía para la emisora de Radio Cadena Española, donde trabajaba, y para La Voz de Galicia. Juro que aquella tarde, al escribir la crónica en la delegación del periódico, era incapaz de disociar la algarada madrileña del esperpento galaico bajo la mirada de dos policías, metralleta en mano, apostados en la puerta de la redacción. La sensación de punto final y retroceso fue inevitable. Las dos Españas madrileñas y las dos Galicias autonómicas apuntaban más hacia el enfrentamiento irracional que a la pluralidad democrática añorada. En aquella noche del 23-F, entre incertezas pero sin miedo, tuve la íntima sensación de que el siglo XIX aún no había concluido. Luego han sido necesarios cuarenta y cinco años para rescatar ausencias que jamás clarificarán el poder del franquismo aún activo. @mundiario