Hay demasiadas cuestiones pendientes para ser optimistas
La macroeconomía no casa con la microeconomía. El FMI y la OCDE esperan que en España siga creciendo el PIB, y agencias de calificación de riesgos como Moody's, Standard & Poor's (S&P) y Fitch Ratings sitúan a España en una posición crediticia AAA. Sin embargo, el informe último de EAPN-ES, la agencia europea ocupada en erradicar la pobreza, si bien indica que ha bajado algo respecto a otros años, sigue siendo de las más altas de Europa, es decir, que la brecha de desigualdad crece: unos pocos tienen más recursos, mientras los demás viven igual o peor. En Madrid, por ejemplo –la Comunidad más rica en PIB/per cápita-, al lado de las rentas más altas convive una proporción creciente de las más bajas, un contraste que se traduce físicamente entre distritos acentuando una diagonal de la pobreza que divide el territorio como una “diagonal”. La metáfora se tomó se tomó de cuando, desde finales de los años 50, a punto estuvo de hacerse una “Gran Vía Diagonal” que dividiera la ciudad desde Colón a la Plaza de España. Diversos sociólogos la usaron, sobre todo, desde 2003: la división sociológica crece, y puede aplicarse también a España, donde un 25,9% de su población, es decir, unos 12,5 millones de personas, siguen en “riesgo de pobreza”, lo que equivale a decir que lo que ingresan apenas les llega para terminar decentemente cada mes y tienen muchas carencias en su vida diaria. Tampoco esta situación es uniforme en los territorios y, entre personas que están en riesgo de pobreza y las más excluidas en el reparto de bienes, hay pobres más pobres y pobres menos pobres. Entre ese amplio cuarto de la población, destacan niños y adolescentes cuyos datos no son para alardear de nada, pues esta España de hoy ostenta el récord europeo de pobreza infantil: alcanza a un 29% de niños -uno de cada tres está en riesgo de pobreza o exclusión social-, y entre los 13 y 17 años, la proporción es mayor, supera el 37%. Además, diversas instituciones ocupadas desde hace años en que crezca la solidaridad social confirman, que la pobreza se hereda; solamente una mínima parte de los hijos de excluidos superan la situación.
Nada se avanza en esta cuestión tirándose a la cabeza los trastos. Las grandilocuentes y rebuscadas acusaciones mutuas –en que el “y tú más” entre políticos y políticas no cesa-, sólo infantilizan más esta sociedad. Todo se estanca en un individualismo hedonista muy comercial mientras se deteriora más una situación que viene de lejos, mientras se diluye toda responsabilidad más allá de un prójimo inconcreto al que se le adscriben diversas lacras “naturales”. El supuesto de tranquilidad que se construye aspira a que todo parezca en paz, dentro de un orden en que crece el racismo y las variadas modulaciones de la queja antisocial facilitan que los más fuertes sigan sacando provecho de los más débiles. Incluso cuando, después de las luchas del obrerismo decimonónico contra el dominio absoluto de los propietarios, logró abrirse paso un “Estado social” y, hacia 1945, el “Estado de Bienestar”, nunca desaparecieron los frenos, inconvenientes y excusas, para que todo siguiera como siempre había sido: unos pocos sintiéndose superiores para servirse de la inferior situación de los demás. Merece la pena releer el Robert Castel de 1995 en: La metamorfosis de la cuestión social (una crónica del salariado), para redimensionar una Historia que no suele aparecer en los libros de texto de colegios ni institutos. Para colmo, bien por ignorancia, bien por conveniencias oportunistas, lo que cuentan los noticiarios no se desprende de una rudeza ética en que el mundo está en manos de personajes que juegan a ver quién es el emperador en una Tierra, en que que cada dos por tres alguna dana interrumpe la turistificación masiva de los terráqueos. Ni el liderazgo de Europa pinta nada en esta ruleta, ni menos los actores secundarios. El máximo exponente es lo que vuelve a suceder en Gaza, donde nada de lo que se había dicho la semana pasada existe, y donde los sacrificados en honor de cuantos miran el drama son los gazatíes; la lideresa de la UE sonríe, y lo que hacen los demás socios es seguir el papel que les corresponde como atrezzo. Y lo que acabamos de ver y oír a propósito de Ucrania, más de lo mismo también: al autoproclamado candidato al Nóbel de la Paz no le gusta que la realidad contradiga su agenda; conoce el cuento del Rey desnudo, y en su imperio mediático no quiere aparecer tan tonto como le pintan.
Idéntica línea argumental sigue en España estos días la conversación sobre la educación de infantes, adolescentes y jóvenes. Los más débiles, por agradecidos que estén a quienes, con gran voluntariedad, tratan de poner remedio al desganado interés por su derecho a una educación digna -equitativa con la de otros-, no pueden evitar que, desde la Constitución de Cádiz -que quería en 1812 su “felicidad” e instauraba la enseñanza Primaria-, cuando empieza la campaña comercial de la Navidad-2025 todavía haya información contraria. Es anómalo que el suicidio de una adolescente, causado por bullying, haya acontecido sin que en su colegio siguieran el protocolo para tales casos; por desgracia, no es la primera vez que sucede algo así. Y es indignante –porque es la enésima vez que se repite- que, al mismo tiempo, otra manifestación de docentes -¿cuántas van desde 1975?- reclamara estos días mejores condiciones laborales, entre ellas, una ratio más adecuada en las aulas y menos cuento. Ambas cuestiones remiten, a su vez, a una larga cadena de causas y efectos que vienen del momento inicial de la reglamentación general de la enseñanza en 1821. Una pelea sorda por la “libertad educativa” ha logrado repetirse tanto en desabridos desencuentros que, como país, ahí siguen crónicas significativas sobre la propagación de una “libertad” ligada al libre mercado y asociada a pretextos bien distintos de los que liberan al común de los mortales. Sin contar su uso torticero en las etapas escolares, esa “libertad” ha posibilitado, desde 1996, que lo universitario público se deteriore, y que los llamados “chiringuitos” expidan todo tipo de títulos con tal que alguien los pague. La tardía normativa que pretende frenar ese negocio no ataja que la Consejería madrileña lo propague; tan sólo parece haberla hecho caer en la cuenta de que algún parche ha de poner a la Complutense –entre las otras universidades públicas- para que no acabe en el desguace.
El momento es apto, sin duda, para ver los pies de barro de esta democracia –en especial la educativa-, pero todo indica que nos entretendremos en sesudas elucubraciones académicas sobre la luz emitida por la Ilustración, y en si es más apropiado el pesimismo o el optimismo porque prosiga el mismo orden moral del Antiguo Régimen. Goya lo denunció en 1799: “El sueño de la razón… produce monstruos”. @mundiario