Cuarto mundo: el fracaso de las sociedades 'avanzadas'

Solidaridad. /RR.SS
Si la mitad de los colectivos que hoy malviven con la percepción de ayudas pasaran a la economía formal, podrían generarse, a coste de salario mínimo, unas cotizaciones a la Seguridad Social de 4.800 millones, ingresos por IRPF de 1.500 millones, e ingresos por IVA (con un IVA del 5%) de 384 millones.

El Cuarto Mundo es la denominación que se da a las comunidades, o sectores de la sociedad, que malviven su marginación en medio de las sociedades que consideramos avanzadas. Siempre utilizando el término “avanzadas” en relación con su renta media, o su desarrollo cultural y tecnológico.

Solemos caer en el error de considerar a estos grupos de personas como restos sociales residuales en el conjunto de estas sociedades florecientes hasta que, de pronto, un estallido social (o incluso los resultados electorales, con abstenciones o inexplicables votos volcados hacia la ultraderecha) nos hacen caer en la cuenta de que hay conjuntos sociales, a veces ocupando territorios más extensos que los que nos imaginamos, que más que residuales suponen una marginación masificada, que arraiga, que consolida sus modos de vida, y que incluso llega a establecer sus zonas de confort en los ámbitos que ocupa, y en la escala que alcanza, por baja que sea: todo es siempre relativo, y tratándose del género humano adquiere una capacidad de adaptación más que asombrosa.

Ese Cuarto Mundo, no buscado por sus integrantes, llega a alcanzar porcentajes preocupantes de la sociedad (en España se considera que los que rozan la situación límite suponen el 20% de la población, aunque los que participan de su “cultura” son mucho más), y reflejan una fragmentación peligrosa de las sociedades, porque forman colectivos, y a veces territorios -barrios enteros de una gran ciudad- que no tienen nada que ver ni con la economía, ni con las relaciones sociales, ni con los avances tecnológicos, ni con la cultura dominantes.

Y llegan incluso a generar su propio modo de ser y de estar, y hasta sus manifestaciones culturales, que -gracias a las avanzadas redes de comunicación- llegan a trascender a ámbitos mucho más amplios que los de esos sectores de la marginación. Ese fenómeno se produce especialmente en el mundo de la música, que llega incluso a universalizarse, sin que eso suponga en absoluto una ruptura de las barreras de la marginación y de la discriminación. Podríamos citar el ejemplo del reguetón, que nace somo música “underground” portorriqueña en los años 90.

Pero al margen de los tintes heroicos que queramos añadirle, el fenómeno del Cuarto Mundo es el gran fracaso de las sociedades avanzadas. Especialmente el de las sociedades europeas, convertidas en bastión del llamado Estado del Bienestar. Un fracaso en la integración social, en la solidaridad, y en el funcionamiento universalizado de las instituciones, entidades y organizaciones sociales.

En España podemos incluir en ese colectivo al menos los parados de larga duración, los colectivos objetivamente abocados al ingreso mínimo vital, y los inmigrantes sin documentación (todos ellos suman alrededor de 2,5 millones de personas), a los que habría que sumar una parte de inmigrantes documentados y una parte de trabajadores que tienen que vivir con el salario mínimo.

Y yo no dudaría en incluir como objetivamente integrante de ese Cuarto Mundo al mundo rural que vive la despoblación y la pérdida de servicios, no ya como una amenaza, sino como una realidad que, de no cambiar, suponen una cada vez menos lenta agonía de cara a una muerte más que anunciada.

Recientemente recorrí en profundidad una parte de ese mundo rural (para realizar una serie de artículos para Mudiario sobre las comarcas de la provincia de Lugo), y aparte de reconocer el esfuerzo casi titánico, para inventarse y sobrevivir, que realizan tanto sus representantes políticos como empresarios y muchos de sus agentes sociales en distintos niveles, comprendí que la despoblación, y el envejecimiento de la misma, colocan al mundo rural en un peligro inminente de extinción, y de abandono de unos recursos naturales de los que hace unas décadas vivían tres o cuatro veces más personas que las que ahora habitan allí, y que esa dejación pone en peligro los propios recursos y el inminente peligro de incendios, por falta de laboreo y pastoreo.

Un amplio y profundo problema éste del Cuarto Mundo, que pretendemos afrontar a base de ayudas y apoyos, con medidas desagregadas entre sí, bienintencionadas e imprescindibles, porque hay que evitar que una parte de nuestra sociedad caiga en la marginación completa, pero que no terminan de lograr la eficacia necesaria, ni la integración social imprescindible, ni la solución en profundidad de los problemas que afronta.

En primer lugar, pienso modestamente que toda ayuda ha de venir acompañada de una contrapartida que, por un lado, haga que quien la recibe se sienta útil y encuentra un lugar en la sociedad, y por otro, que le sirva para formarse y para pertenecer a una especie de bolsa de trabajo, como opción para dar el paso al mundo productivo. Y, en segundo lugar, creo que es posible tratar de buscar alternativas conjuntas, que hagan que la etapa de las necesarias ayudas sea transitoria. Y que con una solución se resuelvan dos problemas a la vez.

¿Cómo? Por una parte, existe un colectivo amplio que necesita trabajo y dignificar sus condiciones de vida; y por otra, existen territorios despoblados, con recursos naturales de los que hasta hace unas décadas vivían tres o cuatro veces más personas que las que viven ahora. Y es imprescindible buscar opciones para sacar partido a esos recursos, y ofrecer trabajo, y vivienda, y condiciones de vida adecuadas a las personas que ahora malviven con las ayudas, y en los lugares que se despoblaron, tal vez porque no se supieron encontrar esas condiciones de vida.

La llamada España vacía, o despoblada, requiere que los diferentes poderes públicos, desde el Gobierno del Estado, las Comunidades Autónomas concernidas, las Diputaciones y Ayuntamientos afectados, hasta la propia Unión Europea, destinen fondos para la realización de proyectos eficaces en los que ofrecer la incorporación -previa la formación adecuada- a los miembros de aquellos colectivos que viven en las ciudades con la mera perspectiva de unas ayudas públicas no productivas: es decir, que viven una vida de cuidados sociales paliativos, que no son más que un lamentable camino hacia la eutanasia social.

Unos proyectos en los que hay que lograr implicar a organizaciones sociales y empresariales, a agentes locales, a instituciones y entidades públicas, desde Universidades hasta centros tecnológicos, entidades financieras, colegios profesionales, y a una gran cantidad de personas físicas -desde profesionales en activo a personas jubiladas, con capacidad de aportar ideas, soluciones, colaboración-, para buscar alternativas diversas y viables, adaptadas en cada caso a las características de las zonas despobladas y de las personas a las que se les va a ofrecer poblarlas.

Unos proyectos que traerán la consecuencia de la necesaria mejora de los servicios de las áreas rurales despobladas, o de los sectores que necesitan mano de obra y dicen no encontrarla (desde el pesquero al de la construcción, por ejemplo). Y que pueden reforzar las labores de cuidados a la población envejecida de esas áreas despobladas.

No estoy hablando de una quimera. Una utopía sí, pero realizable, y -por otra parte, imprescindible-, en la que estamos comenzando a trabajar una serie de personas, entidades e instituciones, a las que nos gustaría conjurar el desastre que se nos pretende avecinar, y que aspiramos a construir en concreto una sociedad verdaderamente integradora, solidaria e inteligente.

Podríamos alargar este artículo enumerando problemas y soluciones, desde el de los incendios y la prevención a base de laborear y pastorear el monte, y hasta de trazar una política forestal ordenada y racional, hasta el de declarar de utilidad pública y rehabilitar todas las viviendas abandonadas en áreas despobladas o pobladas, tecnificar, y digitalizar hasta los rincones más recónditos, o ir afrontando soluciones de envergadura a la descomunal sequía que puede estar acercándosenos, sin esperar a que las cosas no tengan remedio. O el de abordar la estructura de la propiedad de la tierra que en muchos sitios se convierte en un obstáculo para encontrar soluciones a los problemas y hallar el camino del progreso.

Contamos ya con instituciones y entidades, y personas, que han entendido el problema y el camino, entre las que nos enorgullece que se encuentren por ahora la organización Unions Agrarias (la Unión de Pequeños Agricultores en Galicia), la Universidad de A Coruña, el Instituto de Estudios y Desarrollo de Galicia, de la Universidad de Santiago de Compostela, el Centro Tecnológico Gradiant, el Grupo Galicia Debate, y con la propia Caixa Rural Galega, que también está dispuesta a arrimar el hombro para ayudarnos en la Iniciativa.

Y no vamos a parar hasta comprometer al mayor número de entidades, organizaciones y personas, en un empeño que consideramos revolucionario, en el mejor sentido de la palabra. Y no vamos a cejar en llamar a la puerta de las Instituciones públicas para que se sumen a un proyecto que, además de disminuir de forma importante el desempleo, puede abordar con eficacia el problema de la despoblación, y lograr la creación de riqueza económica, social y cultural para nuestro país.

Si lográramos hacer que la mitad de los miembros de los colectivos que hoy malviven con la percepción de ayudas, pasaran -según nuestros proyectos- a la Economía Formal, aparte del ahorro en ayudas públicas que se produciría, podrían generarse, calculando sobre una percepción del Salario Mínimo Interprofesional unas cotizaciones a la Seguridad Social de 4.800 millones de euros; unos ingresos por IRPF de 1.500 millones de euros; y unos ingresos por IVA (calculando que gastaran sólo el 80% de sus percepciones, con un IVA del 5%) de 384 millones de Euros.

Con todas estas perspectivas, creo que vale la pena pensar seriamente, y con ganas de arrimar el hombro, esta iniciativa que denominamos Cuarto Mundo y que merece que los poderes públicos se molesten en considerar, y en poner medios para allanar el camino. Una iniciativa que puede contribuir a convertir nuestra sociedad en una comunidad solidaria e integradora, y que puede ayudar a regenerar mucho de nuestro tejido social que ha perdido tono, y que amenaza con gangrenarse si no somos capaces de abordar los problemas que le aquejan. @mundiario