Lo “correcto” y lo “incorrecto” también se extiende a la educación

Niños en un salón de clases. / RR. SS.
El lado de la historia por el que camina esta seña principal del Estado de bienestar no es indemne al ambiente trumpista.

No es exclusivo de los políticos acusarse, desde el punto de vista moral o, simplemente, de la “buena educación” social, de lo propio o impropio de sus opiniones y decisiones. En el campo específico de las políticas e inclinaciones por unas u otras pedagogías existentes en Educación, la misma contraposición y diferencia suele regir el aparato conceptual que valora “lo correcto”, lo “incorrecto”. Durante un tiempo, pareció  que  un experto en marketing hubiera diseñado el empleo sistémico de “la calidad” y “el nivel” como sintagmas que acogieran esa dicotomía de la bondad y maldad educativa. A partir de los años noventa, al calor de aquel “NO A LA GUERRA” , desde el círculo de Esperanza Aguirre y su “libertad”, educativa, los perfiles neoliberales definieron mejor la causa conservadora.

Las políticas educativas que se incentivaron con este neolenguaje apto para la dicotomía moral quedaron plasmadas desde 1998 en  los objetivos y conceptos que se preceptuaban, y las maneras de expresarse los menos inclinados a esta sesgado sistema educativo, también contaminaron su conversación. Por más que se veía clara la toma de partido, quienes quisieron decir algo, poner reparos o proponer reformas se vieron envueltos progresivamente en una polarización que, en 2013, dio luz a la LOMCE y a un debate de nominalismos, en que era fácil perderse y no llegar a pactos de soluciones contrastadas. Lo de menos parecía ser cómo se pensaba y construía la educación, mientras las características de la educación de siempre -poco educadoras en una ética común aunque la escolarización alcanzara a todos- adquirían toques estructurales propicios a la fuga de las clases medias de su conexión, por abajo, con las clases populares. Esa armonía de las políticas a que tendían crecientemente las autonomías, propiciaba los anhelos de votantes cada vez más inclinados a que la complejidad de la pluralidad ciudadana -mayor por abajo-  no contaminara la selección del individualismo en colegios concertados y privados. Esta perspectiva de clase, encubierta tras la búsqueda de l buena o “correcta” educación, ha estado presente desde entonces cada vez más, y hasta en los partidos de izquierdas, se empezó a ver asiduamente que decían atender los intereses de los trabajadores y clase media. Y la población siguió votando, cada vez con más convencimiento -en algunas comunidades siempre- a quienes apoyaban decididamente esta versión “correcta” de la buena educación a que aspiraban para que sus hijos se posicionaran del “lado correcto” de la sociedad desde sus primeros pasos en las escuelas infantiles.

En esa divisoria andan las comunidades autonómicas, responsables directas de la gestión de los recursos presupuestarios y de su inclinación  a que los votantes sueñen con el cambio de standing social. Su “corrección política” en educación no aspira a la justicia distributiva de una buena educación entre todos, sino a que cada votante entienda que tiene lo mejor. Ni las leyes de inclinación socialdemócrata, como la LOE en 2006, o la LOMLOE de 2020, lograron llevar a feliz término una reversión de la tendencia “correcta” de la “calidad educativa”, ocupándose de que redujera drásticamente el individualismo de esa orientación demostrativa y competitiva con los demás. Un indicador de ello es que esta novena ley escolar, si bien ofrece un marco propicio para reducir la segregación en las aulas, no ha logrado que las Comunidades sigan esa senda: cada Comunidad -sin cortapisas suficientes por parte de una Inspección central apropiada- va creando sistemáticamente el caldo de cultivo propicio para que los intereses que primen no sean los de las clases inferiores, sino los de cuantos aspiran a mostrar creciente diferencia. El resultado es que no se generalizza una “educación común” en contenidos y maneras educadoras, aunque haya magníficos profesionales en proyectos pedagógicos de gran riqueza.

Si las perspectivas analíticas de la sociología crítica desde los años veinte (del siglo pasado), y las de los más voluntaristas proyectos de los Movimientos de Renovación Pedagógica desde los sesenta -con sus reivindicaciones de la escuela nueva, que había proyectado la CE31-, resultan atractivas, su presencia  conceptual de “lo correcto” en el sistema educativo es mínima.  Es verdad que siguen animando a muchos y muchas a seguir peleando porque sea verdad la construcción de una sociedad igual desde la escuela. Sigue habiendo, por ello, muchos maestros y profesores que reinventan día a día esa esperanza, como recopila paciente Rodrigo J. García en su blog ‘Escuelas en red’ (en: ElPaís.educación). Pero también sucede que, desde la gestión educativa que anima al sistema educativo español desde las autonomías, prosigue una vieja dinámica que, desde su origen ha reproducido una pulsión por que cada familia procure evadirse de la solidaridad con los demás. Los pupitres siguen sin ser lugares para compartir experiencia  de infancia y adolescencia; mejor se dividen las cohortes de quienes se vayan a sentar en ellos y que los niños vayan con los niños, las niñas con las niñas, los buenos y selectos con sus iguales, y los malos y propensos al fracaso, con los que, desde antes de nacer, tienen ese estigma.

Esta “fuga disgregadora”, propiciada ahora más que antes de la CE78, encuentra en 2026 mejores ingredientes para el continuismo  de un sistema educativo que, desde 1857 -en que trató de generalizarse con lentitud pasmosa- nace segregador, incoherente con la igualdad y -salvo ingenuidad interpretativa-, propicio a propagar la sumisión de muchos a la prepotencia de pocos. Este juego es el que los movimientos calculados de Trump patrocinan para su nuevo orden mundial, ajeno a los valores que, después de la IIGM, ooriginaron la ONU, la UE y tantas organizaciones que soñaban con un sí a la paz, que ya Kant había imaginado perpetua. En España, hay muchos partidarios de que “lo correcto en la educación de sus hijos” anime un sistema empresarial en que la ética y política a compartir no sea la de un barco común en que naveguen los hijos e hijas de todos. El “lado correcto” de su singladura es el que, guiado por la luz que emite la Cumbre de las Azore, orienta a Trump en una guerra -no aprobada por nadie, salvo su corte particular- contra Irán y contra toda legalidad. Como cuenta Saramago, gracias a sus chanchullos, Caín consiguió que su burro fuera introducido en el arca de Noé por la puerta del caballo, “como pasajero clandestino, esacapando  así del ahogamiento general”, pero no pudo evitar que los ángeles tuvieran dudas sobre  si “los hombres no acabarían cayendo en los mismos errores, en las mismas tentaciones, en los mismos desvaríos y crímenes” que Dios había visto en la humanidad (Saramago, J. Caín. Alfaguara: 2009, págs.. 171-172). @mundiario