Batallas culturales

Esperanza Aguirre. / Mundiario

En frentes aparentemente distintos, hay idénticas peleas para imponer cerrados criterios a conflictos y problemas.

Tienen en común la voluntad de sobreponerse a cualquier otro y, sobre todo, a cualquier diálogo para encontrar una razonable salida a cuestiones que vienen, a veces, de muy antiguos tiempos. Siendo tantos los casos en la actualidad, y tan larga la tradición de esta repetitiva actitud, cabe pensar que haya una voluntad pedagógica de enseñar este comportamiento a las generaciones actuales. 

La batalla de Jericó

Desde hace casi un mes, es habitual en los medios oír a personas significativas interpretaciones de hechos que, como mínimo, admiten opiniones muy contrapuestas. Las hace peculiares que lo hagan con una convicción –al menos aparente- que se hace muy dura a cualquier persona que se proponga criterios imparciales de justicia. El conflicto entre Israel y Hamás en territorio palestino hace aflorar sensaciones similares a las que transmiten textos antiguos de la Biblia. En la “Historia sagrada” -asignatura de carácter obligatorio para las infancias de posguerra-, la narración de la batalla de Jericó (Josué, 6, 1-27) mostraba tanta parcialidad con el destino de aquellos habitantes de Canaán -en que estaba la supuesta tierra prometida por Yahvé a Moisés-, como la que su literalidad sigue teniendo para muchos. El pasado 31 de octubre, después de bombardear el campo de refugiados de Jabalia, al norte de Gaza, un portavoz del  ejército israelí se disculpó de las muertes y daños causados diciendo sin remordimiento alguno : “les dijimos que fueran al sur”. Y ahí sigue Netanyahu, justificando con la referencia bíblica a la “Tierra prometida” el acogotamiento físico y psicológico a que somete despiadada e indiscriminadamente la Franja de Gaza y Cisjordania.

Es la enésima batalla que Israel quiere vender al mundo como derecho justo, sin que los demás tengan ninguno. Moisés, desde el libro del Deuteronomio, 20, 10-18, le sigue sirviendo de guía para reconquistar una tierra superpoblada por otras gentes. La contraposición del antisionismo actual con los afanes imperialistas de los israelíes de hoy permite a los hacedores de información seguir produciendo todo tipo de esmerados argumentos, tramposos para una cultura democrática, abierta y leal a unos principios comunes como los marcados por la Declaración de Derechos Humanos. El relato de la batalla de Jericó, que las excavaciones arqueológicas no confirman, tuvo ante todo una finalidad didáctica para resaltar la importancia de la obediencia a los preceptos religiosos judíos de que dan cuenta otros libros de la Biblia. Al mismo tiempo, sirvió de estímulo al nacionalismo de este pueblo frente a otros de la zona entre el siglo VIII y el VI a. C.; según los expertos, este libro de Josué tuvo varias revisiones textuales en ese tiempo, y siempre en la misma dirección.

Los “enemigos” de Aguirre

Una “batalla cultural” viene a ser, también, la que, supuestamente ha estado desarrollando Esperanza Aguirre con su llamativa presencia  en la ultima manifestación convocada por una fundación de Vox contra la “ley de amnistía” de que tanto se está hablando en esta fase de preparación de la posible investidura de Pedro Sánchez. “El fin -decía la expresidenta de la Comunidad de Madrid, no puede justificar los medios” y por eso convocaba a sus fieles a la nueva cruzada o “batalla cultural contra los enemigos de España”.

La curiosa visión moralizante que esta señora hace de una sentencia con que Maquiavelo explicaba cómo debían llevarse los asuntos políticos si se quería sostener el poder, poco tiene que ver con sus propias prácticas, tan cercanas desde antes del “tamayazo” al anarcoliberalismo o terraplanismo económico. La concepción de aquella votación del 10 de junio de 2003 en la Asamblea de Madrid, con su desarrollo y consecuencias, fue todo un modelo de la “cultura” sociopolítica que sembró en la Comunidad de Madrid, en su partido y en los orígenes de Vox. Bien vale decir que, sin analizar las muchas decisiones que adoptó en sus años de gobierno, y en los modos de llevar muchas de ellas, sus fines justificaron demasiados medios y pantomimas de rancio abolengo. Desde que se paseó por aquel ministerio de Educación, Cultura y Deportes, su juego preferido había sido ya desestructurar la semántica de las palabras. En una conferencia en el Club Siglo XXI, en julio de 1997, esclareció cuáles iban a ser las líneas neoliberales de la Educación con que soñaba: una cultura en que, con la calidad como emblema, y la libertad como pretexto, propugnaba un recorte sistemático en cuanto afectara a democratizar el sistema educativo y que su dignidad estuviera al alcance de todos. Las camisetas verdes que se ven por Madrid cuando hay manifestaciones, todavía saben de las triquiñuelas que, para tratar de frenar sus imposiciones clasistas, puso en práctica contra cuantos exigían un freno a sus desplantes. No fue menor el trampantojo en que sumió a la prensa, a los medios y a la población con aquel señuelo de las, según ella, vilipendiadas Humanidades, con que tanto parloteo produjo para hacerse una imagen de lo que no pasó de “parto de los montes” y que sumió la enseñanza de la Historia en un modelo que ya había propugnado José María Pemán en 1939.

El servicio de Aguirre a Vox, prestándose a su sistemático negacionismo de cualquier alternativa de trato parlamentario o gubernamental con cuantos están a la izquierda del PSOE da cancha mediática a otros de su partido, adictos a la damnatio memoriae, un ejercicio ya activo en época romana contra cualquier emperador o persona que consideraran deshonrosa o, simplemente, enemiga. Si tenía alguien la desgracia de ser considerado tal, su nombre, su prestigio y su patrimonio, eran borrados de la escena social. Los relatos y opiniones que un día sí y otro también lanza alguien de la derecha o ultraderecha, responden a la misma hostilidad que, en los reinos de la España cristiana, estalló a partir de 1312 desde el Sínodo de Zamora: las presiones de la Iglesia crecieron y dieron pie a diversos modos de antijudaísmo que la Inquisición burocratizaría como rutina. Salvo que vean a los defensores de los derechos palestinos como proyección de sus odios, recelos y sospechas, no se entiende la exaltación que la alcaldía de Madrid acaba de hacer al Estado de Israel. Según Freud, Moisés habría sido un egipcio difusor del monoteísmo que el faraón Amenofis IV (el padre de Tutankamón) trató de imponer en el siglo XIV a. C.. Su discutible teoría sería muy pertinente si, tras el reprimido olvido de la saña antijudía –y antimasónica-, se observa la sublimación  monodiscursiva de Almeida, excluyente de toda pluralidad. @mundiario