Barra libre territorial en un mundo de pronóstico reservado
Somos nosotros, los ciudadanos, convirtiéndonos en fanáticas hinchadas ideológicas, los que les dejamos vía libre a los Trump, los Putin, los Xi Jinping y otros sucedáneos, homologados en las urnas, que sueñan con Casa Blancas y Kremlins.
Hemos vuelto, madre, a los imperios, el Mongol, el Otomano, el Romano, el de Alejandro Magno, aquellos que se iniciaban por allí y aquellos que se extendieron por Alá, aquel otro napoleónico o ese último intento de predominio ario, de tan infausto recuerdo, que nos pareció que quedaba grabado en la historia como la última vez que la humanidad, las mujeres y los hombres, dejaríamos de ser los únicos animales que tropezaban dos, tres, las veces que haga falta con la misma piedra.
Pero, ya ves, seguimos siéndolo, oye: ¡debe ser nuestro sino!. Dios sigue dándole pan a quien no tiene dientes y, la historia, no consigue instaurar la democracia sostenible, la paz duradera, a quién no tiene escrúpulos. Sobre todo, en los Estados que sacan pecho democrático, no es normal que tantos llamados pueblos soberanos, en el nombre de tantos minifundios ideológicos, una y otra vez apuesten en las urnas por tantas aspirantes a lideresas o a líderes bocachanclas para proponer, egocéntricos para disponer y absolutamente necios para rectificar.
El número de tontos%, con marchamo de demócratas, a los que nos llaman ciudadanos las cínicas y los cínicos aspirantes a llevarnos a sus respectivas tierras prometidas, somos colaboradores necesarios en ese persistente delito colectivo de los sucesivos gobiernos considerados del pueblo, autoproclamados para el pueblo, pero pasando olímpicamente del pueblo en cuanto acaban de depositar su mano sobre un ejemplar de sus Cartas Magnas, juran o prometen cumplir y hacer cumplir sus respectivas Constituciones, y toman después posesión de sus palacios, sus Air Force One, sus coches oficiales blindados, a través de cuyas ventanillas tintadas no se ve la vida.
No, de verdad, a merced de las inteligencias naturales que cada cuatro años acuden a las urnas a votar para que ganen los nuestros, incluso al alto coste de que salgan perdiendo nuestras vidas, las de nuestros deudos, las de nuestros amigos, va a ser cuestión de poner nuestras complacencias en la AI o IA (cuyo orden de factores no altera el producto) y que vote por nosotras y nosotros haciendo caso omiso de las promesas, de los compromisos, de las palabras que se lleva el viento, y ponga todas sus neuronas artificiales al servicio exclusivo de nuestras vidas, de nuestra educación, de nuestra sanidad, de nuestros gastos de defensa en vez de nuestras defensas gastadas, de nuestros derechos al trabajo, a la vivienda, a la supervisión de las cuentas públicas que, por su cuenta y riesgo, y a cargo de los bolsillos privados, se hacen y deshacen al antojo de los poderes establecidos con un pan como una hostias.
Hemos sido nosotros, the ordinary people, los que hemos ido dejando el mundo en manos de Trumps, de Netanyahus, de Ayatolás, de Putins, de Xi Jinings, de Maduros, de ONUS decorativas, de Consejos de Europa en modo Penélope, tejiendo y destejiendo día y noche ese velo, sucedáneo del Muro de Berlín, que sigue interponiéndose entre los vientos del este y los vientos del oeste.
Todo esto, lo hemos hecho nosotros, los llamados ciudadanos del siglo XXI, que ahora nos rasgamos las vestiduras con lo de Gaza, con lo de Venezuela, con el caos migratorio, con los botones nucleares, con el reparto del planeta entre USA, Rusia y China (que, ya ves, han proclamado la barra libre territorial), incapaces de convertir a un gran ejército civil de 8 mil millones de seres, con el hipotético armamento invencible de una democracia global, en un juguete roto con misiles y drones de salva.
No se trataba, no se trata de que ganen en las urnas los nuestros, en nuestros ingenuos pulsos e impulsos ideológicos, sino de que no ganen ellos, esos pocos energúmenos disfrazados de derechas, de izquierdas, de nada, a los que situamos en los Olimpos con derecho a BOES, Resoluciones Absolutas, botones nucleares, repartos territoriales, resoluciones europeas de esas que hacen tanto ruido mediático y producen tan pocas nueces para la gente corriente, cuyo trascendente derecho a elegir, caduca nada más cerrase unas urnas y ya entra en vigor su obligación de obedecer ¡Viva la democracia manque pierda! @mundiario