Agosto como error de sistema
España tiene muchas singularidades, pero pocas tan poco funcionales como esta: todo un país que, de repente, en agosto, decide irse de vacaciones a la vez. Lo hace el Gobierno, lo hacen los parlamentos, lo hace la Justicia —inhábil por decreto durante casi todo el mes— y lo hacen miles de trabajadores públicos que desaparecen de la administración. A esta inercia se suma el resto. Medios de comunicación que bajan el volumen y rellenan con tertulias grabadas, gestiones que se posponen, ritmos que se aplazan. Agosto se convierte en tierra de nadie.
Pero no se para todo. Lo que se desborda es el turismo. Porque si a todos se les permite —y a veces hasta se les obliga— a coger vacaciones en agosto, lo lógico es que todo el mundo quiera ir a los mismos sitios… los mismos días. Y ahí empieza el desastre: saturación en destinos, precios disparados, plantillas precarias, colapso en la hostelería, empleados soportando la carga de todo un año condensado en tres semanas.
Y luego llega el otro extremo: hoteles, restaurantes, casas rurales y negocios que en abril, noviembre o enero apenas reciben visitas si logran estar abiertos. Estacionalidad. Temporalidad. Empleo discontinuo. Cicatrices del modelo.
¿Y dónde se puede empezar a cambiar esta lógica? En el sector público. Porque si la administración —con el enorme peso que tiene en el mercado laboral español— repartiera mejor las vacaciones de su personal, si no concentrase sus descansos en agosto, podría contribuir a aligerar esa presión. A oxigenar el calendario. A crear cultura de escalonar, de rotar, de no vaciar el país en pleno verano.
¿Tan difícil es establecer turnos? ¿Por qué todos los juzgados, las ventanillas, los despachos, los organismos públicos tienen que parar al mismo tiempo? ¿Qué impide diseñar un calendario más racional, más repartido, más equilibrado con la realidad económica de nuestro país?
España necesita que su temporada alta deje de ser una montaña rusa y se convierta en una meseta más estable. Y eso solo se consigue cambiando hábitos, liderando con el ejemplo, planificando con visión de país. Si desde lo público se organiza de otra forma, el sector privado podrá adaptarse. Habrá margen para que los contratos temporales se estiren en el tiempo. Para que la presión sobre los destinos baje. Para que los servicios no sean solo de temporada.
Este no es un tema menor. Tiene que ver con el modelo productivo, con la sostenibilidad del empleo, con la calidad de vida de los trabajadores y con la competitividad de nuestra principal industria: el turismo.
Seguir haciendo de agosto un embudo es un error. Un país moderno no puede funcionar solo nueve meses al año. Ni volcar toda su actividad en las mismas tres semanas. Hay que repartir. Hay que pensar. Y hay que empezar por donde más pesa: por lo público. @mundiario