Acoso y derribo a la presunción de inocencia
Con todos los respetos a lo que llamamos libertad de expresión, derecho a la información, fuentes generalmente bien informadas, vía libre para hacer público (negro sobre blanco), la confidencia de un garganta profunda de esos cuyo anonimato está blindado a efectos judiciales, hemos llegado a tal punto de impaciencia política, informativa, guerra-civilista, demoscópica, tertuliana, tuitera y cualquiera de las fórmulas al alcance de la sociedad para arrimar las ascuas a nuestras respectivas sardinas, que se desmorona uno de los principios básicos de la evolución de los seres humanos desde la Edad de Piedra hasta esta edad de la Inteligencia Artificial: la presunción de inocencia.
Incluso debajo de las togas solo hay seres humanos con la responsabilidad de tener la última palabra, la firma definitiva al pie de una sentencia que, tras diversas firmas de togados en tribunales recurrentes, marca el destino de un semejante. Y, francamente, señoras y señores, hay momentos, en este siglo XXI (después de Cristo), que nos trasladan a siglos antes, cuando seguimos atribuyéndole a los caprichosos pulgares de los Césares la capacidad de concertarles una cita con la vida o con la muerte, la absolución o la condena, a gladiadores luchando en las arenas de los Coliseos, o sea, a antecesores nuestros, de millones de gente corriente que cada día, en distintos y distantes lugares del planeta, viven al albur de un César del Ejecutivo, de una pléyade teledirigida del Legislativo o de un magistrado de un Poder Judicial con la espada de Damocles de no sentenciar jamás al gusto de todos.
Dicho esto, confieso mi desilusión ante el viaje colectivo al pasado que hemos emprendido en España. Nada más y nada menos que todo un Presidente del Gobierno de todos los españoles, amparado por el coro de voces de su Consejo de ministras y ministros, en un arrebato de impaciencia por quitarse el muerto de encima, le han colgado el sambenito de sinvergüenzas a tres presuntos inocentes, se diga lo que se diga, se escriba lo que se escriba o se sospeche lo que se sospeche.
Nada menos que todo un Jefe de la Oposición con aspiraciones a ser Jefe del Gobierno y su orquesta sinfónica, impacientes por tomar al asalto La Moncloa, se adelantan cada día a la Justicia para dictar una sentencia de condena aferrándose a los síntomas y despreciando olímpicamente a los diagnósticos y las biopsias. Nada mas y nada menos que los medios de comunicación, con sus ejércitos de cazaprimicias al servicio de cada una de las partes de la sociedad, miradlas, convencida de que está en el lado bueno de la historia, je, perdonen que me dé la risa, lanzan cada mañana un nuevo misil destructivo o activan escudos antimisiles en esta absurda, estéril y patética guerra del relato.
Y si al final resultan inocentes, absueltos, inmunes por falta de pruebas ¿eh? ¿Qué van a hacer ustedes, señor Sánchez, señor Feijóo, señora Montero, señor Tellado, excompañeros y exrivales de esos investigados aludidos como presuntos culpables? ¿Pedirán, pediremos perdón y nos lavaremos las manos?
La grandeza de este complejo asunto de la Justicia, es que solo se sepa cómo empieza y haya que esperar con paciencia, con templanza, con convicción democrática, cómo y porqué acaba saliendo cara o cruz, que todo puede, oye, ser cuando entre los indicios y las pruebas se interpone el civilizado garantismo como piedra filosofal de los Estados de Derecho. @mundiario