El que mira, de Rafael Camarasa: primores de lo modesto
El que mira puede satisfacer al lector que se ajuste al tenue ritmo de sus versos, que acepte penetrar y quedarse un rato en esas escenas tan bien construidas
En la presentación de El que mira (Visor Libros, 2022. XLVII Premio Ciudad de Burgos) —la que tuvo lugar en la librería Códex de Orihuela—, el autor, Rafael Camarasa, insistió en que su libro ofrecía una primera lectura fácil y sencilla, que podría acoger a muchos lectores no habituados a la poesía, pero que, tras ese primer contacto, habría otro plano más profundo, del que se derivarían connotaciones más complejas. Al leer detenidamente el poemario, me he dado cuenta de que Camarasa acertaba en esa visión, seguramente basada, tanto en testimonios ajenos, como en una percepción propia.
Es cierto que una de las características de estos poemas es la de que resultan casi plenamente inteligibles en sus motivos e intenciones. Desde luego, no denotan una composición críptica, de esas que a menudo nos dejan in albis en cuanto al conocimiento exacto del mensaje enviado por el emisor, aunque no necesariamente en cuanto a lo recibido por nosotros, pues lo que importa, al fin, en la poesía, es —además de sus valores formales y estéticos— su capacidad sugestiva, de conexión con el lector, aunque sea a través de canales inopinados.
Los poemas se me han ido agrandando con cada lectura, y he reconocido una forma de versificar muy eficaz, muy ajustada, que cumple con ese planteamiento que hace el propio autor en “Exactitud”, donde nos sorprende cuando revela que ese ganado del que nos habla en los primeros versos, que ha saltado la cerca y ha huido en estampida “arrasando campos ajenos,/ listos para recolectar”, es en realidad una metáfora “de simples y comunes palabras, / dichas sin la precisión del cirujano.// Claramente, en vista de los estragos, / ni las justas ni necesarias”. Y es que Camarasa, maneja muy bien el efecto sorpresivo, la paradoja, y, en unos pocos versos, es capaz de obligar al lector a pasar por diversas fases, como si estuviéramos dentro de un microcuento, pero sin apariencia de rapidez o de brusquedad, sino con suavidad penetrante. En “Aquelarre en la comunidad de vecinos”, observamos otro elemento más, presente en algunas piezas, como es un humor negro o disparatado: “Alguien del público grita / al reconocerse en el fulgor. // Sabemos que somos nosotros / los que ardemos en las llamas, / pero es tan hermoso el fuego en la noche / que nadie corre por un cubo de agua”. Hay numerosos poemas redondos, impactantes —todos de pequeña extensión—, como, por ejemplo, “Causas de mi fallecimiento”, donde otra vez aparece esa triste ironía que no es evasión o quejido, sino una atendida constatación: “Yo ya he muerto en la sonrisa que mis padres / dibujan en la foto de su boda”. Y finaliza, culminando ese pesimismo no desesperante: “El tiempo que todo lo cura es la trampilla / por donde el mago cree que escapa. / Cuando llegue la muerte, la vida / habrá hecho casi todo el trabajo”.
En los muchos años en que leí en el tren, distinguí entre aquellos autores cuya prosa o verso podían aislarme del ruido circundante y aquellos otros —menos, por suerte— cuya música y su palabra requerían del silencio para hacerse oír, para poderse paladear. Como dijo José Luis Zerón —tan acertado en esto y en tantas otras cosas, según corroboró el autor en el acto—, en El que mira encontramos una música discreta. Para percibirla hay que acomodarse en el poemario. Entonces, se revela como fruto de un minimalismo que parece concebido para sostener unas palabras que no buscan en absoluto la rimbombancia sino mostrar una lúcida y austera impregnación de la cotidianidad, de esa que, si nos detenemos a mirarla, siempre sorprende por su curiosa ordenación, por sus sutiles sugerencias.
Rafael Camarasa comentó que su intención, al escribir un poema, era la de expresar una evidencia o un sentir, pero no de una forma directa sino a través de lo que él llamó “una parábola”. Y añadió que cada pieza del libro reflejaba una escena. Refirió una influencia de cuentistas como Chéjov o Carver, especialistas en describir una realidad intensa, con un tono que busca cierta objetividad, y a veces se acerca a un simulacro de displicencia. Y los poemas de Camarasa son así, de tono contenido, de ausencia de énfasis o dramatismos. Pero, sí, al mirar debajo de esa piel de aspecto tan circunstancial, hallamos claves importantes del sentir, una profunda humanidad sin tapujos.
A lo que accedemos es a la superación de la anécdota, a su trascendencia, no a través del apropiamiento de los grandes temas sino como descubrimiento de su inherente relevancia. Si ante ciertos poemas, se agradece la explicación previa del autor, aunque no sea del todo imprescindible, frente a otros, como los que componen este libro, tal vez no sea del todo conveniente, porque esa información se refiere a un resorte aún no elaborado, y puede suponer siempre una degradación con respecto al posterior logro poemático. Aquí apreciamos la razón de ser de una forma que disimula una gran exigencia, que acierta —seguramente por el procedimiento de poda que nombró su autor— con una composición precisa, en la que se eleva lo dicho hasta la altura de su mayor significancia posible. Coincido con lo que tan bien expresa el poeta Juan Lozano Felices: “Rafael Camarasa practica y salvaguarda un concepto intimista del hecho poético, una percepción de la realidad que va más allá de lo palpable y lo concreto, porque qué otra cosa es la poesía sino el arte de dar forma a lo invisible y de hacer comprensible lo oscuro, lo velado…”
Tal vez a mí me ha sucedido lo contrario que a otros lectores menos acostumbrados a la poesía, y la aparente facilidad de estos versos ha retrasado un poco mi sintonía con una propuesta que ha terminado por convencerme plenamente. Lo parezca o no, cada poesía se merece una atención importante, que la mayoría de las veces —aunque sea de forma parcial— será recompensada. La de Camarasa, en este El que mira, puede satisfacer al lector que se ajuste al tenue ritmo de sus versos, que acepte penetrar y quedarse un rato en esas escenas tan bien construidas; un lector que se esfuerce en no equivocarse, en apreciar la difícil virtud de lo modesto, aquella que esconde una definitiva y contundente relevancia. @mundiario