Las formas del enigma, de José Lupiáñez: sobre el misterio de vivir

Portada de "las formas del enigma" y retrato de su autor

Las formas del enigma es un poemario muy denso, inabarcable en una primera lectura. Expresa un sentir muy matizado, a veces contradictorio, lleno de asombro.

En su último poemario publicado, Las formas del enigma (Ediciones Carena, 2021), José Lupiáñez compone un libro extenso, dividido en siete secciones —tres de ellas de un solo poema—, que presentan un buen muestrario de sus inquietudes poéticas. Su lenguaje en todo momento contiene la belleza, desde un tono hondo, de emoción tan intensa como a la vez contenida, y un ritmo pausado que busca acompasarse al sentir más profundo; todo ello acometido desde diferentes métricas o mediante el verso libre, desde poemas breves o muy extensos. Es este un libro denso que debe leerse sin precipitación, para no resbalar sobre su superficie tan minuciosamente elaborada, sobre su atento cuidado en revelar lo minúsculo o la presencia inmaterial que devienen sutiles rasgos de la existencia, los impactos de una impresión totalizadora.

 El título del libro alude a ese enigma que se interpone en cada intento de penetrar en la comprensión última de cada vivencia, esa ignorancia primordial sobre lo que verdaderamente nos está sucediendo, más allá de la inmediatez que somos capaces de captar; ese misterio que no hace falta buscarlo lejos sino que ya prevalece en nuestro propio ser, ese mundo que tal vez sea el decorado que nuestra limitación puede percibir, eso que los hindúes llaman maya: “…Todo es maya. / Todo es una ilusión, ya sé, todo es incierto, / justo como mi vida en este instante”.  Todas esas “formas del enigma” a las que alude el autor son los diferentes enfoques en los que incide, que van partiendo mayoritariamente de lo sensorial, transcurren en lo emotivo y adquieren su lugar en lo metafórico. Pero tampoco me hubiera extrañado encontrar en el título una alusión al mar, ya que este elemento tan real como simbólico está presente en buena parte de los poemas, bien sea a través de ese límite luminoso y aún humano que es la playa, o en ese adentramiento temerario, ese duc in altum, un “remar mar adentro” espiritual, esa intrépida exploración que se pierde en lontananza, y se describe en el poema inaugural del libro, “Soliloquio del navegante”, en el que la vida ha llegado a convertirse en un bien solo brevemente culminado y, en su parte más candente, ya gastado, sucedido. El periplo, “tras tempestades y furias”, se desarrolla en “el barco tan oscuro de mi vida”. Es un inicio sombrío, la nostalgia abrumadora: “La juventud se ha ido, pero no sé por dónde / gastada en los altares de la belleza efímera; / la juventud que ahora se niega a acompañarnos”. Se ha vivido, pero siempre en la incertidumbre: “¿Quién ató mi destino a un mar siempre cambiante?”.

Pero, si se quiere vivir de verdad, hay que elegir el riesgo, la aventura. Como leemos en “Una bruma interior (Recuerdo de Juan Bernier)”: “Hay dos caminos distintos / que en la mente litigan: seguir con esta danza, / este ir y venir de todos; / tantos movimientos inútiles, / de un lado a otro, para volver al mismo sitio. / O bien: aquel que urge la pasión refrescante / por lo desconocido, por lo infinito, / por lo perdurable y misterioso, / que empieza siempre fuera de la escena…”. Como he dicho antes, el mar tiene su playa, y en ella se puede uno demorar en el hechizo de una bella bañista: “seducido por el inexplicable halo de misterio, / que te acompaña y me hace dudar a veces de que no seas / un espejismo que yo mismo he creado”. Es una belleza absorbente, en la que se podría sucumbir, pero: “…si he de perecer, lo sea en tus brazos”. Porque la orilla del mar, como cualquier otro territorio de la vida, aun en su belleza, en su amable existencia, es lugar propenso a la futura nostalgia, al momento en el que se constata una vez más la precariedad de cualquier dicha. Así, en “Paseo por la orilla”, estos versos tan hermosos como desoladores: “…De este mar de tristeza donde tantos se hunden, / donde tantos naufragan, sí, pero hoy / que llueve sobre estas aguas, también te hablo, / con lengua temerosa, de la fugacidad que hiere, / de la vana sustancia de nuestro sueño efímero, / de la fragilidad que nos hermana”.

Otro de los temas recurrentes es el del amanecer —y con él los pájaros—, tan voluble, que unas veces se presenta prometedor, como en “Amanecer”: “No dejes de venir, la luz acaba / de inventarse otro día. / No dejes de venir. Aquí te aguardo, / para que prenda tu misterio más cerca, / y vuelva otro fervor a verdecer mi vida”; y otras, como en “Amanecer con pájaro”, resulta descorazonador: “… Nada hay cierto, / todo cuanto toco se desvanece, / siempre estoy regresando a otro lugar, / para escapar más pronto de las horas inertes / que me salen al paso, y entre tanto, / persisto aquí, apagado, contemplando / a ese pájaro que vigila confuso, y se calla, / acaso porque es triste cantar la desventura”. El mar, los pájaros y el amanecer se juntan en “Presentimientos”: “Todo está por decir / en este renacer con mar y pájaros, / en este alborear de la conciencia / que inicia nuevamente su camino, / su vuelo azul sobre la mar vecina, / o da un salto de súbito al vacío, / para hurgar en el hueco, en la huella / que deja lo ignoto entre nosotros”.

Tras cada exaltación, tras cada hallazgo, rebrota el peso de un enigma nunca resuelto: “Se encarnó la palabra y una risa liviana / fue refrescando el alma con sus revelaciones, / mientras yo rebuscaba en mi bolsillo / la brújula imantada que señala al enigma”. Aunque, a veces, la fuerza desestabilizadora de esa vital incertidumbre queda desactivada por la experiencia de un presente primoroso, como en “Diario”: “Y luego el mar que siempre trae su enigma”. Pero: “El milagro de hoy ha sido espléndido”. Es la belleza de la naturaleza, siempre dispuesta para ser gozada, atendida: “¡Qué visión tan sublime!”

“Edén confuso” es uno de mis poemas favoritos entre tantos que me han impresionado.  Podría servir de epítome de esa contradicción que recorre transversalmente el libro, ese vaivén de emociones, de gozosas y concisas certezas y de amplios e irreparables desasosiegos: “En esta encrucijada / que linda con lo imperecedero y prodigioso”. Lupiáñez describe un escenario sobrecogedor que se parece demasiado a nuestro mundo. Se pregunta si aquel lugar es la “patria de tantos seres acorralados / y aun de alimañas insufribles y de bestias, / eternamente ajenos al misterio / que decide su razón y su suerte?” Y más adelante: “porque ignoro quién nos trajo hasta aquí, / quién nos dejó tan huérfanos en este hueco, / en esta burbuja irisada y quebradiza, / en esta duermevela llena de sobresaltos, / que no es paz, ni ilusión, sino espera amarga”. Y luego: “Pareciera que dicen: gozad, / gozad del paraíso, de la emoción intensa / de lo quebradizo y breve de estar vivos, / vosotros que sois perecederos y nada eterno / os perturba, nada que sea inmortal os incumbe…”. Es duro vivir en la verdad de la incertidumbre: “…pero jamás hallamos el atajo / que nos conduzca a la sagacidad, al discernimiento / o al sosiego del que sabe y conoce, y por ello no tiembla”. Y es este temblor una descripción de la angustia ante lo desconocido que vuelve a repetirse en los versos finales de “Plegaria”: “…Y revélanos, / entre el temblor y el estremecimiento, un destino / entusiasta. Oh sí, provéenos de tu arrebato, / danos tu potestad de meteoro”.  O en “Irrumpe el emisario”: “Tiemblo porque sé que quien irrumpe con sus revelaciones, / en la noche sin rumbo, no lleva máscara”.

En este poemario tan extenso caben también otras piezas que surgen de la perplejidad o de la conmoción ante el mundo. Poemas en los que se describe el odio, como en “Tras la noche más larga” o “Rojo sangre”. O la cuestión social, la avidez materialista, en “Villa en Victoria Peak”: “Un reloj brilla sobre la mesa; / es el reloj que mide el tiempo furioso, / el tiempo fiero de los que más tienen / de los que más desean”. Otros poemas remiten a las lecturas del autor, como “Justine”, “Noche de Alejandría”, “El viaje de Margarita Nikoláyevna (Homenaje a Mijaíl Bulgákov)”. Y también nos encontramos con un excelente poema erótico, “Con esta lluvia”, que recorre la piel luminosa sin que tampoco aquí sea posible evitar la aparición de lo sombrío. Las adorables partes del cuerpo amado “advierten de que todo es preámbulo, anuncio / que ya quema de un anhelo matándonos por dentro”.

En el último poema del libro, “El ausente”, el tono interrogativo, que se había manifestado en algunos de los versos anteriores, adquiere su total preponderancia. Estamos ante, tal vez, el mayor enigma, que es el de una vida que ya ha traspasado su límite, que ya está al otro lado de la perceptible existencia: “Dime, ¿hacia dónde sobrevuela tu alma / que tan vertiginosa se ha escondido? ¿Hacia qué limbos etéreos o funestos? / ¿Hacia qué sombras, hacia qué territorios / sin ventura, de la noche perpetua y fatídica?” Pero, el enigma llega más lejos, se revuelve sobre sí mismo, y el poeta se pregunta atónito, sin consuelo: “Pero, dime, contesta, no vaciles: ¿has existido acaso / alguna vez?, ¿has vivido de veras con nosotros? / ¿No me inventé yo mismo tu reflejo, tu fábula?”

Las formas del enigma es un poemario muy denso, inabarcable en una primera lectura. Expresa un sentir muy matizado, a veces contradictorio, lleno de asombro, de sed de conocimiento nunca saciada y de sutiles advertencias. Estamos ante una pregunta incesante, profunda y honesta. En “Migajas poéticas”, el autor expresa su deseo de: “Que la palabra sea hoguera, / que arda hacia adentro, en lo hondo; / que tu palabra prefiera / llegar al fondo”. Y luego: “Vibración, vértigo, impulso /más arrebato, clamor; / nunca el letargo, lo insulso, / ni su sopor”. José Lupiáñez ha logrado sobradamente su propósito. En cada verso nos ha transmitido el dolor de la fugacidad, de la esencial ignorancia, de “la fragilidad que nos hermana”; a la vez que la pasión de quien cree en la belleza de una vida finalmente inescrutable, pero sutilmente adivinada en cada honda emoción. @mundiario