Venezuela vota en la sombra: abstención, represión y una democracia en ruinas

Un liceo de Caracas como centro de votación completamente vacío. / @Gbastidas.
Mientras el chavismo fuerza una narrativa de participación heroica, la oposición encabezada por María Corina Machado denuncia una nueva farsa electoral que busca legitimar lo ilegítimo y expandir el control político sobre territorios en disputa como el Esequibo.

Venezuela ha vivido este domingo otro capítulo de su prolongada crisis democrática con la celebración de unas elecciones regionales y legislativas marcadas por la falta de legitimidad, la represión política y la profunda división en el seno de la oposición. Lejos de ser una oportunidad para revitalizar las instituciones o abrir una vía hacia la reconciliación nacional, estos comicios han evidenciado, una vez más, la capacidad del chavismo para instrumentalizar el aparato electoral en beneficio propio, amparado en una maquinaria propagandística que disfraza de democracia lo que en realidad es un simulacro cuidadosamente diseñado.

La convocatoria, aplazada inicialmente por falta de candidatos, ha servido a Nicolás Maduro como plataforma para prolongar su dominio territorial y simbólico, al incluir incluso una cuestionada elección en el Esequibo, región en disputa con Guyana, cuyo intento de apropiación electoral ha sido duramente rechazado por la comunidad internacional. Estados Unidos, en particular, ha calificado de “farsa” el proceso en ese territorio, denunciando el uso del sufragio como herramienta de presión geopolítica.

En contraste con la euforia oficialista, la jornada ha estado marcada por una abrumadora abstención. Centros de votación semivacíos han inundado las redes sociales, impulsados por la campaña abstencionista liderada por María Corina Machado. “Cuando es no, es no”, ha sentenciado la dirigente desde la clandestinidad, reafirmando su apuesta por no participar en lo que considera un proceso viciado desde su origen. Las imágenes compartidas por su equipo y por periodistas independientes dan cuenta de una apatía generalizada que deslegitima el relato triunfalista del chavismo.

Sin embargo, la estrategia abstencionista no ha sido unánime dentro de la oposición. Henrique Capriles, por ejemplo, ha defendido la necesidad de participar, aun reconociendo las condiciones adversas. A su juicio, renunciar al voto supone ceder por completo el terreno al régimen. Pero su postura, cada vez más minoritaria, choca con el desencanto de una población que ya no cree en el sistema electoral como canal de cambio, especialmente después del fraude ampliamente denunciado en las presidenciales del 28 de julio.

Ese desencanto se ha visto agravado por la intensificación de la represión en los días previos a los comicios. Decenas de opositores y activistas han sido detenidos arbitrariamente bajo acusaciones de conspiración. La campaña electoral ha transcurrido sin garantías mínimas, sin acceso equitativo a los medios, y sin observadores internacionales independientes. En su lugar, Maduro ha presentado como observadores a figuras ligadas a regímenes autoritarios o a partidos políticos sin credibilidad democrática, en un intento grotesco de revestir de legitimidad un proceso claramente controlado desde el poder.

En paralelo, el presidente venezolano ha decidido postergar hasta 2026 su anunciada reforma constitucional, un proyecto que, lejos de buscar una renovación institucional, responde a los intereses estratégicos del régimen para reestructurar el país según los circuitos comunales del PSUV, fortaleciendo así su control sobre la administración territorial. Todo apunta a una jugada a largo plazo, en la que el chavismo busca reconfigurar el sistema desde dentro, asegurando su hegemonía mediante mecanismos clientelares y estructuras paralelas.

El episodio del Esequibo constituye quizá la manifestación más preocupante de este proceso de expansión autoritaria. Maduro pretende incorporar al entramado institucional venezolano un territorio que no le pertenece, vulnerando el derecho internacional e introduciendo un elemento de confrontación con Guyana. La respuesta de Georgetown ha sido firme, al igual que la advertencia de Washington. La inclusión de ocho diputados para esta región ficticia no es más que un gesto propagandístico, pero sus implicaciones son potencialmente graves en el plano diplomático.

A pesar del teatro electoral, sectores del chavismo han mostrado preocupación por la baja participación. A última hora de la tarde, Maduro ordenó la activación de la “operación remate”, un clásico del oficialismo que consiste en movilizar a los votantes a través de métodos que rozan la coacción. Videos propagandísticos con jóvenes caminando bajo la lluvia y llamados desesperados desde Telegram muestran el intento de maquillar una jornada sin entusiasmo ni respaldo popular real.

Las elecciones de este 25 de mayo no han supuesto un avance hacia la recuperación democrática de Venezuela. Al contrario, han profundizado la polarización, han reafirmado el poder del chavismo sobre el aparato estatal, y han evidenciado la fractura interna de la oposición. Mientras María Corina Machado intenta convertir la abstención en un acto de resistencia, el oficialismo se afana en construir una realidad paralela. Pero la imagen de los centros vacíos pesa más que cualquier discurso: el pueblo venezolano, hastiado y desengañado, ha vuelto a decir “no” a una farsa repetida. Y ese no, aunque silente, resuena con fuerza en cada rincón del país. @mundiario