La UE, espectadora involuntaria en la nueva escalada de violencia entre Israel e Irán
La Unión Europea ha vuelto a encontrarse en el papel de espectadora en una crisis internacional de alto voltaje. Esta vez, el escenario es Oriente Próximo, donde el enfrentamiento entre Irán e Israel ha recrudecido en los últimos días, con intercambios directos de ataques que ya han dejado decenas de muertos. Mientras tanto, la respuesta de Bruselas ha sido rápida pero limitada: apelar a la diplomacia, pedir una desescalada urgente y coordinar la evacuación de sus ciudadanos.
La jefa de la diplomacia europea, Kaja Kallas, ha convocado una reunión informal con los ministros de Exteriores de los 27, que ha servido para reiterar el mensaje común de contención y respeto al Derecho Internacional. Pero más allá de las palabras, los hechos muestran los límites estructurales del poder europeo en una región en la que, a pesar de su proximidad geográfica y sus lazos históricos, carece de capacidad real para influir en los acontecimientos.
A diferencia de crisis anteriores —como la negociación del acuerdo nuclear de 2015, donde Bruselas jugó un papel clave—, la UE se ha visto desplazada a un plano secundario. El colapso de aquel pacto, iniciado con la salida de EE UU bajo la primera Administración del presidente Donald Trump, marcó un punto de inflexión. Desde entonces, la estrategia europea de "poder blando" no ha logrado retomar su impulso original, ni contener el avance del programa nuclear iraní, que ha superado los límites pactados hace ya años.
Hoy, la diplomacia europea sigue abogando por ese mismo enfoque: conversaciones, contención y no proliferación. “Irán no puede tener una bomba nuclear, y la diplomacia es la única vía para evitarlo”, repitió Kallas tras la videoconferencia. Sin embargo, esas palabras contrastan con la crudeza de los hechos sobre el terreno y con la frialdad de sus interlocutores internacionales.
El contexto internacional no ayuda. La Administración Trump ha vuelto a dejar claro que no contempla una cooperación estratégica con la UE en esta crisis. Su repentino regreso a Washington antes de terminar la cumbre del G7 —y su posterior desmentido sobre las declaraciones del mandatario francés Emmanuel Macron acerca de un supuesto esfuerzo estadounidense por buscar un alto el fuego— refuerzan esa idea. Lejos de implicarse coordinadamente, Trump ha negado incluso que la prioridad sea contener el conflicto, lanzando mensajes que han incomodado tanto a Bruselas como a sus propios socios del G7.
Para la diplomacia europea, la interlocución con Washington es esencial. Sin embargo, en este escenario, la Casa Blanca actúa en solitario, sin consultar a sus aliados históricos, a pesar de las consecuencias que una guerra abierta con Irán traería para Europa, como el desplazamiento de refugiados y los riesgos asociados a un posible bloqueo del estrecho de Ormuz. El mensaje es claro: Estados Unidos se reserva el derecho de actuar (o no actuar) según sus propios intereses, sin necesidad de consenso con el Viejo Continente.
Divisiones internas y prioridades dispersas
A ello se suma un viejo problema europeo: la falta de unidad interna sobre Oriente Próximo. Las posturas divergentes de los Estados miembros, especialmente en lo que respecta a Israel, han impedido durante años una política común sólida. En esta crisis, ese desajuste vuelve a hacerse evidente. Mientras algunos países llaman abiertamente a frenar las acciones israelíes y condenar de forma contundente al programa nuclear iraní, otros emiten declaraciones genéricas sobre la contención y el respeto al Derecho Internacional.
Además, Bruselas sigue comprometida con Ucrania, lo que reduce su margen de maniobra diplomática en otros frentes. La atención prioritaria que Kallas dedica al conflicto con Rusia, que representa la principal amenaza para la seguridad continental, deja poco espacio político y diplomático para actuar con contundencia en el nuevo foco de tensión en Oriente Próximo.
A pesar de todo, la UE intenta mantenerse en la conversación. Kallas ha contactado tanto con el secretario de Estado estadounidense, Marco Rubio, como con el ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, a quienes trasladó un mensaje de advertencia sobre el riesgo de una escalada regional sin precedentes. Sin embargo, su balance hasta ahora se reduce a la activación del Mecanismo de Protección Civil para evacuar a ciudadanos europeos y a algunas gestiones con actores regionales preocupados por el posible contagio del conflicto.
Las aspiraciones de protagonismo europeo tropiezan con una realidad inamovible: sin influencia militar directa, sin cohesión interna sobre Israel o Irán, y sin un respaldo estratégico claro de EE UU, la UE tiene pocas herramientas reales para moldear los acontecimientos.
En esta nueva crisis, Europa repite un patrón ya conocido: reacciona, se coordina, pero no lidera. Mientras los misiles cruzan el cielo de Oriente Próximo, Bruselas formula comunicados y organiza videoconferencias. En un mundo donde la capacidad de influencia comienza a medirse por la firmeza de las decisiones y la rapidez de las acciones, la Unión Europea sigue atrapada en su laberinto diplomático, desplazada por potencias más decididas y menos condicionadas por el consenso interno.
Sin embargo, su apuesta por la diplomacia no carece de valor. El reto, ahora, será convertir esa voluntad en resultados, incluso desde una posición secundaria. Porque el conflicto avanza, y cada día que pasa, el margen de actuación de la UE se reduce. @mundiario