Trump revive viejas heridas para acusar a China de conspirar con Rusia y Corea del Norte
Donald Trump no ha perdido la oportunidad de transformar el desfile militar de Pekín en un campo de batalla discursivo. Desde su red Truth, acusa al presidente chino, Xi Jinping, de conspirar junto a dos de los líderes más incómodos para Occidente: Vladímir Putin y Kim Jong-un. La frase, que podría parecer un comentario ligero o incluso sarcástico, encierra en realidad el núcleo de la visión trumpista del mundo: una guerra de bloques en la que Estados Unidos está obligado a reafirmar su liderazgo frente a la amenaza del eje autoritario.
Trump no solo señala la alianza simbólica entre los tres mandatarios, sino que recurre a un recurso que conoce bien: la memoria histórica. Recuerda el sacrificio de miles de soldados estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, presentando a Estados Unidos como garante de la libertad de China frente a Japón. El reproche es claro: Pekín celebra su victoria, pero olvida la sangre norteamericana derramada en su suelo. Es un reproche con doble filo, porque apela tanto al orgullo patriótico interno en EE UU como a la falta de gratitud del rival.
Pero lo relevante no es el contenido literal de la acusación, sino el contexto. Xi Jinping ha transformado una efeméride bélica en una escenificación de poder con dos invitados que simbolizan la confrontación con Occidente: Rusia y Corea del Norte. Trump responde magnificando esa imagen, convirtiéndola en prueba de una conspiración en curso. El espectáculo militar chino y el mensaje del presidente norteamericano se retroalimentan: Pekín busca proyectar fuerza y liderazgo global, mientras Trump encuentra en esa puesta en escena la excusa perfecta para reforzar la narrativa del enemigo externo.
En el trasfondo, late un debate de mayor calado: ¿hasta qué punto China actúa como socio neutral o como arquitecto de un bloque alternativo? Pekín insiste en su neutralidad en la guerra de Ucrania, pero su aproximación económica y diplomática a Rusia apunta en otra dirección. El propio Xi sabe que mostrarse del lado de Putin y Kim en público multiplica las suspicacias en Washington y en Bruselas. Y quizá ese sea precisamente el objetivo: reforzar la percepción de que China ya no necesita disimular, porque es capaz de construir su propio tablero de alianzas.
El Kremlin, por su parte, ha optado por la negación, minimizando las palabras de Trump como un exceso retórico o incluso una broma. Pero la imagen del trío Xi-Putin-Kim en Tiananmén pesa más que cualquier desmentido. En política internacional, la percepción importa tanto como los hechos. Y la percepción proyectada es la de un frente alternativo, cohesionado al menos en la escenografía, frente al liderazgo de Estados Unidos.
Lo que emerge de este episodio es un patrón cada vez más visible: el recurso a la memoria histórica, al victimismo y a la denuncia de conspiraciones se ha convertido en un arma política tanto en Pekín como en Washington. Xi evoca la resistencia contra Japón para reforzar el nacionalismo chino. Trump recuerda la sangre derramada por sus soldados para reclamar lealtad y subrayar la ingratitud del adversario. Ambos manipulan la historia para cimentar su posición en un presente marcado por la rivalidad estratégica.
En última instancia, lo ocurrido no es un mero cruce de declaraciones. Es el síntoma de una dinámica en la que cada gesto, cada desfile, cada foto de familia adquiere un valor desproporcionado. Xi aprovecha la conmemoración para exhibir músculo junto a sus aliados más incómodos. Trump convierte esa imagen en prueba de una conspiración global contra Estados Unidos. La escena revela la fragilidad del actual equilibrio internacional: basta una imagen en Pekín y un mensaje en Truth para tensar, una vez más, la narrativa de un mundo dividido entre bloques.
La pregunta es si esta teatralización de la confrontación desembocará en un conflicto real o seguirá siendo, por ahora, una batalla de símbolos y relatos. Lo único seguro es que tanto Xi como Trump saben que en la política internacional del siglo XXI la percepción es poder, y cada uno está dispuesto a moldearla en su favor. @mundiario