La reapertura del paso de Rafah: un alivio limitado para Gaza bajo estricta supervisión internacional
La reapertura del paso de Rafah, el único punto de conexión de Gaza con el exterior que no depende directamente de Israel, representa uno de los gestos más significativos —aunque también más limitados— del actual alto el fuego. Cerrado desde mayo de 2024 tras la ocupación israelí del lado palestino, el cruce ha vuelto a operar de manera experimental, permitiendo el tránsito diario de un número reducido de personas, bajo una estricta arquitectura de control político, militar y tecnológico.
En su primer día de funcionamiento, apenas unas 50 personas pudieron entrar a Gaza desde Egipto y un número similar salir del enclave. Entre ellas, solo cinco pacientes con necesidades médicas urgentes, acompañados por dos familiares cada uno. El resto de los movimientos, tanto de salida como de retorno, siguen canalizándose por cruces bajo control israelí, lo que refuerza la idea de que Rafah, por ahora, funciona más como un gesto político que como una vía humanitaria efectiva.
Desde el punto de vista operativo, la reapertura está lejos de significar una normalización del tránsito. Israel mantiene la última palabra sobre quién puede cruzar. Egipto remite los listados de personas a los servicios de seguridad israelíes, que aprueban o rechazan los nombres antes de cada jornada. Además, la supervisión se realiza a distancia mediante sistemas informáticos y reconocimiento facial, mientras que la misión de asistencia fronteriza de la Unión Europea (EUBAM) actúa como intermediaria técnica entre El Cairo y Tel Aviv, con una presencia palestina meramente testimonial.
El diseño del sistema revela hasta qué punto el control del movimiento de personas sigue siendo una herramienta central en la gestión del conflicto. Aunque el cruce se enmarca en el acuerdo de alto el fuego mediado por Estados Unidos, Israel solo ha aceptado una “circulación limitada de personas”, siempre condicionada a autorizaciones de seguridad. No se permite, por ahora, la entrada de ayuda humanitaria por Rafah, ni el acceso de periodistas extranjeros a la Franja, pese a que el veto informativo se mantiene desde octubre de 2023.
Desde la perspectiva humanitaria, la reapertura tiene un impacto claramente insuficiente. Naciones Unidas estima que alrededor de 20.000 palestinos necesitan salir de Gaza para recibir tratamiento médico que no está disponible en el enclave. Con las cuotas actuales —con estimaciones de a 150 salidas y 50 entradas diarias, según fuentes de seguridad egipcias—, el proceso podría prolongarse más de un año solo para los casos sanitarios más urgentes. Egipto, consciente de esta presión, ha activado planes de emergencia en el norte del Sinaí, reforzando ambulancias y preparando hospitales para recibir a los pacientes evacuados.
La dimensión política del paso de Rafah también genera tensiones regionales. Egipto ha insistido en que el cruce no puede convertirse en una vía para vaciar Gaza de población, una preocupación compartida ante la posibilidad de que Israel autorice más salidas que retornos. Según estimaciones de la ONU, hasta 100.000 palestinos abandonaron la Franja durante la guerra, y la repatriación de los desplazados, al ritmo actual, podría alargarse durante años.
Todo ello ocurre en un contexto frágil, marcado por episodios de violencia incluso durante la tregua. La muerte de un niño palestino de tres años en un ataque israelí en Jan Yunis subraya la volatilidad de la situación y la dificultad de traducir el alto el fuego en una mejora sustancial de la seguridad sobre el terreno. Desde el inicio de la ofensiva, las cifras de víctimas en Gaza superan las 71.700, según el Ministerio de Salud del enclave.
En términos estratégicos, la reapertura de Rafah encaja como una pieza clave en la transición hacia la segunda fase del alto el fuego. Esta etapa contempla un nuevo esquema de gobernanza para Gaza, el despliegue de una fuerza de seguridad internacional, el desarme de Hamás y el inicio de la reconstrucción. Sin embargo, el funcionamiento actual del cruce anticipa las dificultades de ese proceso: una administración fragmentada, un control de seguridad altamente centralizado por Israel y una intervención internacional más técnica que política.
Así, Rafah reabre, pero no recupera su antiguo papel como válvula vital para Gaza. El paso funciona, de momento, como un corredor estrecho, cuidadosamente vigilado, que ofrece alivios puntuales sin alterar el equilibrio de poder ni el régimen de bloqueo que sigue condicionando la vida en la Franja. El alcance real de esta reapertura dependerá menos de los anuncios formales que de si las restricciones actuales se relajan o se consolidan como el nuevo estándar del posconflicto. @mundiario