Paloma Valencia, la apuesta del uribismo por el centro para unas diluidas primarias de la derecha

Paola Holguín, senadora y Paloma Valencia, candidata presidencial del Centro Democrático en Colombia. / @PaolaHolguin
La designación de la candidata presidencial del Centro Democrático en Colombia confirma un giro estratégico del partido de Uribe hacia posiciones más moderadas para seducir al centro político para desbancar a la izquierda.

La elección de la senadora Paloma Valencia como candidata presidencial del Centro Democrático (CD) marca el cierre de uno de los procesos internos más largos, traumáticos y políticamente costosos del uribismo desde su fundación. Tras un año de encuestas, dimisiones, expulsiones y el impacto del asesinato del senador y precandidato Miguel Uribe Turbay, el partido del expresidente Álvaro Uribe Vélez se decanta por una figura que representa, dentro de la derecha colombiana, una apuesta clara por la moderación.

Valencia no solo es la primera mujer en portar la bandera presidencial del CD, sino también la opción menos radical entre las aspirantes finales. Frente al discurso confrontacional de María Fernanda Cabal o al perfil ideológico más duro de Paola Holguín, la senadora caucana encarna una derecha que busca ampliar su base electoral hacia el centro, sin renunciar a los ejes tradicionales del uribismo: seguridad, defensa de la propiedad privada y crítica al “estatismo” del Gobierno de Gustavo Petro.

El primer discurso de Valencia como candidata oficial fue revelador. Sin abandonar los marcos clásicos de la derecha, introdujo temas habitualmente asociados a agendas progresistas, como el medio ambiente, los sistemas de cuidado y la desigualdad. El mensaje parece diseñado para conectar con votantes urbanos y sectores desencantados con la polarización, más que para entusiasmar a las bases ideológicas más duras.

Esta estrategia no es nueva. Uribe ya había optado en el pasado por perfiles similares, como Iván Duque u Óscar Iván Zuluaga, con la intención de hacer del Centro Democrático una fuerza competitiva más allá de su núcleo militante. Valencia se inscribe en esa lógica: menos estridencia, más institucionalidad y un tono que busca desmarcarse del discurso de choque que hoy capitalizan figuras externas al partido.

El enigma de la consulta interpartidista

Pese al cierre formal del proceso, las tensiones dentro del CD no desaparecen. La solicitud de Cabal de hacer públicas las encuestas y auditorías que dieron la victoria a Valencia evidenció desconfianzas persistentes sobre los mecanismos de democracia interna. Aunque el partido terminó divulgando los resultados, el episodio volvió a instalar la percepción de que las decisiones clave siguen orbitando alrededor de Uribe, incluso cuando se respaldan en mediciones técnicas.

Estas fricciones reflejan un debate de fondo: el lugar que ocupan las corrientes más radicales dentro del uribismo y su grado de influencia en la definición estratégica del partido. Cabal, que se asume sin ambages como “líder de derecha”, ha construido un capital político propio conectado con redes internacionales ultraconservadoras, pero ese mismo perfil parece chocar con la idea de “centro democrático” que Uribe insiste en proyectar.

Más allá de la candidatura, el gran dilema del uribismo sigue siendo la consulta de las derechas. La idea inicial de una gran interpartidista que fuera “desde Abelardo hasta Fajardo” se ha ido desdibujando. El portazo del abogado penalista Abelardo de la Espriella —hoy el aspirante mejor posicionado en ese espectro— y la negativa del exalcalde centrista Sergio Fajardo dejaron a la consulta sin sus figuras más competitivas.

En ese contexto, la candidatura de Valencia llega a un escenario fragmentado, donde la consulta ya no garantiza unidad, sino que amenaza con profundizar la dispersión. El propio Uribe ha empezado a plantear alternativas como una encuesta, consciente de que una interpartidista sin los punteros podría debilitar más que fortalecer al sector. Medirse con porcentajes bajos puede ser más costoso que lanzarse directamente a primera vuelta, incluso si eso implica competir en un campo saturado.

Una apuesta con riesgos evidentes

Desde el punto de vista estratégico, la nominación de Paloma Valencia envía una señal de que el uribismo prioriza la reconquista del centro antes que la consolidación de un bloque duro de derechas. Esto abre la puerta a eventuales acercamientos con figuras de centro o centroderecha tradicional, pero también deja flancos abiertos frente a candidatos outsiders que capitalizan el descontento con la política tradicional.

El reto inmediato de Valencia será doble. Por un lado, deberá crecer en intención de voto desde niveles hoy marginales. Pero también tendrá que navegar un tablero en el que la derecha no logra unificarse y donde la izquierda, más cohesionada tras la victoria de Iván Cepeda en las primarias del Pacto Histórico y una eventual interpartidista progresista también el 8 de marzo (día de las elecciones parlamentarias), parece tener asegurado un cupo en la segunda vuelta.

En ese equilibrio precario se mueve hoy el uribismo: moderar el discurso para ampliar el electorado, sin perder identidad; apostar por la unidad, sin un mecanismo claro para alcanzarla @mundiario