Gaza, rehén de la estrategia: el cálculo político tras el alivio mínimo del bloqueo israelí
La última jugada del primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, no es fruto de un cambio de conciencia ni de un reconocimiento del sufrimiento que asola la Franja de Gaza. La reciente decisión de permitir la entrada de una “cantidad básica” de comida tras más de dos meses de bloqueo total no es más que un movimiento táctico orientado a blindar el respaldo internacional —principalmente el de Estados Unidos— y asegurar que la maquinaria militar israelí pueda seguir avanzando sin interrupciones hacia el objetivo declarado: la ocupación completa del territorio palestino.
Lo que Netanyahu ha dejado entrever en sus propias palabras, a través de un vídeo difundido por su oficina, es revelador. El mandatario ha reconocido que “las imágenes de niños hambrientos” están generando inquietud en las cancillerías occidentales y que esa percepción pública amenaza con erosionar el respaldo exterior a la campaña militar en curso. “No podemos permitirnos fotos de hambruna”, ha admitido sin tapujos. No es el hambre lo que perturba, sino su visibilidad.
El lenguaje de esta estrategia es cínico, calculador y profundamente revelador del orden de prioridades del Gobierno israelí: permitir algo de ayuda humanitaria, no para aliviar el sufrimiento de más de dos millones de civiles, sino para evitar una crisis de relaciones públicas que debilite la coalición internacional que hasta ahora ha sostenido la ofensiva. La ayuda no se concibe como un deber humanitario, sino como una herramienta instrumental para “ganar la guerra” sin perder aliados.
Netanyahu ha camuflado esta rectificación mínima con un discurso belicista: “Vamos a tomar el control de toda Gaza”, afirmó, subrayando que la asistencia humanitaria es una condición operativa para continuar la llamada “Operación Carros de Gedeón”. Esta operación, que en pocos días ha provocado la muerte de cientos de personas y nuevos desplazamientos masivos, representa una escalada que se apoya sobre una población extenuada, hambrienta y sin recursos básicos.
La apertura del cerco no es total ni siquiera transparente. No se ha especificado qué cantidad de comida se permitirá entrar, cuándo ni por qué vías. Tampoco se ha mencionado la entrada de agua potable, medicinas o combustible, imprescindibles para la mera supervivencia en un enclave devastado. Esta indefinición no es casual: Israel sigue gestionando la ayuda como un instrumento de control, no como un compromiso con la legalidad internacional o los principios humanitarios.
Además, el Gobierno israelí ha advertido que evitará a toda costa que la ayuda llegue a manos de Hamás. Esta narrativa —sostenida sin pruebas verificables y contradecida por Naciones Unidas y numerosas ONG— ha servido de justificación recurrente para mantener un bloqueo que ha provocado ya la muerte por desnutrición de al menos 57 niños, según la Organización Mundial de la Salud. Las cifras de víctimas totales superan los 53.000 muertos palestinos desde el inicio de la guerra, un balance que convierte cualquier apelación a la proporcionalidad en una burla cruel.
A este drama se añade ahora una nueva fase de militarización de la ayuda. El plan israelí-estadounidense para crear “centros de distribución” bajo control militar y privado —operados incluso por mercenarios— constituye una violación flagrante de los principios de neutralidad e imparcialidad que rigen la asistencia humanitaria. En lugar de canales independientes, se impone una arquitectura logística subordinada a una operación de guerra, en la que la población civil será utilizada como moneda de cambio o rehén de una estrategia militar.
Mientras tanto, en los márgenes del conflicto, 171.000 toneladas de ayuda humanitaria siguen esperando en el lado egipcio de la frontera, bloqueadas por decisión israelí. Suficientes para alimentar a Gaza durante meses, esa ayuda se convierte en un testimonio silente del fracaso político, de la instrumentalización de la miseria y de la absoluta impunidad con la que Netanyahu gestiona una crisis que ha dejado de ser solo un conflicto regional para convertirse en un escándalo moral de alcance global.
La comunidad internacional, con Estados Unidos a la cabeza, se enfrenta ahora a una encrucijada: seguir respaldando una estrategia que utiliza el hambre como herramienta de presión o asumir su responsabilidad ante una catástrofe humanitaria que ya no se puede maquillar. La decisión de Netanyahu no es un gesto de alivio, sino la confirmación de que, en su hoja de ruta, los derechos humanos no son más que una variable subordinada a la lógica del poder y la guerra. @mundiario