Kamala Harris intenta reescribir su derrota y allanar el camino hacia 2028

Kamala Harris, exvicepresidenta de EE UU. / @kamalaharris.
El énfasis en Palestina, en las críticas a Netanyahu y en la denuncia del respaldo irrestricto de Trump al primer ministro israelí, no es casual. Harris busca marcar distancias con Biden.

Kamala Harris se presentó en Nueva York con el aura de quien no se resigna a quedar como nota a pie de página en la historia reciente de Estados Unidos. Su libro no es únicamente una crónica de la campaña más corta de la era contemporánea —107 días de vértigo tras la retirada de Joe Biden—, sino un manifiesto político en el que se mide con Trump, con su propio partido y, en cierto modo, consigo misma. La candidata derrotada se niega a aceptar que su fracaso se debiera a falta de liderazgo o carisma, y prefiere situar el foco en un factor externo: el tiempo. Apenas tres meses, dice, no fueron suficientes para demostrar a los votantes que era una alternativa real frente al republicano.

Ese argumento, sin embargo, parece demasiado cómodo. Las campañas electorales en Estados Unidos no solo se juegan en los debates o en los mítines de última hora, sino en la construcción de confianza a lo largo de años. Harris, que había sido vicepresidenta durante cuatro, no era una figura desconocida. Más bien al contrario: su problema residía en que no había logrado conectar con el votante medio, ni tampoco convencer a las élites demócratas de que podía ser la heredera natural de Biden.

La gira de presentación de 107 Days ha estado marcada por protestas propalestinas, un recordatorio incómodo de las contradicciones en su trayectoria. Harris, que como vicepresidenta se alineó con la política exterior de Biden, intenta ahora desmarcarse subrayando el “sufrimiento inimaginable” de los palestinos y responsabilizando a Trump de haber dado a Netanyahu un “cheque en blanco”. Su discurso, cargado de empatía, choca con la percepción de quienes la señalan como corresponsable del respaldo estadounidense a Israel en los momentos más duros del conflicto de Gaza.

Más allá de Oriente Medio, Harris busca proyectar un tono combativo frente a Trump. Lo define como un líder sin ideología, movido únicamente por la codicia, y lo compara con regímenes autoritarios. Pero, curiosamente, evita nombrarlo de forma directa: lo llama “ese señor” o “el tipo de la Casa Blanca”. Esta estrategia, que combina la ridiculización con la demonización, refleja una dificultad persistente en el Partido Demócrata: enfrentarse a Trump sin reforzar su centralidad en el debate público.

Lo más significativo, quizá, no está en lo que Harris dice de Trump, sino en lo que revela sobre su partido. Reclama a los demócratas abandonar el “complejo del mesías”, esa idea de que una sola figura puede salvarlos, y pide “combatir el fuego con fuego”. La crítica apunta tanto a la desmovilización de las bases como a la desconexión de las élites, pero deja en el aire una pregunta inevitable: ¿se incluye ella misma entre las “estrellas” capaces de dar el paso?

La exvicepresidenta no descarta presentarse en 2028, y su libro puede interpretarse como un ensayo general para esa cita. Sin embargo, su narrativa está plagada de contradicciones: se reconoce imprudente por no haber frenado a tiempo la candidatura de Biden, pero a la vez se deslinda de las decisiones que la lastraron; se muestra combativa en los escenarios, pero evita una autocrítica profunda sobre sus errores estratégicos. El riesgo es claro: parecer más pendiente de justificar el pasado que de ofrecer un futuro convincente.

107 Days se inserta en la tradición de las memorias políticas estadounidenses: prosa funcional, anécdotas seleccionadas, confidencias a medio camino entre la sinceridad y la estrategia. Pero, en el fondo, el libro es algo más: un test para medir si Kamala Harris todavía tiene capital político. Las reacciones airadas de potenciales rivales demócratas muestran que sí: su figura incomoda, divide y, al menos de momento, mantiene cierta capacidad de movilización.

La incógnita es si ese capital es suficiente para resistir la erosión del tiempo y, sobre todo, para responder a la pregunta que sobrevuela la política estadounidense: ¿quién puede suceder a Trump en 2028? Harris se ofrece como candidata posible, pero aún no logra despejar las dudas que la acompañaron en 2024. Su libro es tanto una defensa como un aviso: no se considera acabada. Y en la política estadounidense, donde las segundas oportunidades no son raras, eso puede ser más importante de lo que parece. @mundiario