J.D. Vance justifica la ofensiva como cirugía nuclear: Irán no lo ve igual
Resulta casi grotesco —o al menos cínico— el esfuerzo del Gobierno estadounidense por presentar el bombardeo masivo de instalaciones nucleares iraníes como algo ajeno a una declaración de guerra. El vicepresidente J.D. Vance afirma tajantemente: “No estamos en guerra con Irán. Estamos en guerra con su programa nuclear”. La distinción no solo es dudosa desde el punto de vista jurídico, sino que pone de relieve el doble lenguaje con el que la Casa Blanca de Donald Trump pretende justificar una ofensiva militar de envergadura sin asumir las implicaciones políticas, diplomáticas ni éticas que ello conlleva.
El problema no reside únicamente en las palabras, sino en sus consecuencias. Lo que el Pentágono llama “objetivo quirúrgico” ha reventado las instalaciones nucleares de Fordow, Natanz e Isfahán, zonas consideradas clave en el programa atómico iraní. Según el secretario de Defensa, Pete Hegseth, “las ambiciones nucleares de Irán han quedado pulverizadas”. Pero Teherán no opina lo mismo. Ali Shamkhani, asesor del líder supremo, asegura que el uranio enriquecido continúa intacto, y esa afirmación puede ser mucho más que una respuesta propagandística: puede reflejar una verdad técnica que relativiza el impacto real de los bombardeos y pone en entredicho la supuesta eficacia militar del ataque.
Y mientras los escombros aún humean, las réplicas diplomáticas y estratégicas comienzan a sacudir el tablero internacional. Irán amenaza con cerrar el estrecho de Ormuz, paso estratégico por el que transita una cuarta parte del petróleo y gas que abastece al planeta. Aunque la decisión aún no ha sido confirmada por el Consejo Supremo de Seguridad Nacional iraní, su mera posibilidad ha generado una inquietud global inmediata: cualquier alteración en Ormuz equivale a tensar los mercados energéticos y provocar una reacción en cadena en las economías dependientes del crudo.
Las palabras del ministro de Exteriores iraní, Abbas Araghchi, tampoco dejan lugar a dudas: no habrá retorno a la diplomacia hasta que cesen los ataques y se dé una respuesta contundente a la agresión. En otras palabras, la ventana de diálogo que aún se mantenía abierta, aunque tenue, está a punto de cerrarse del todo. El bombardeo estadounidense no solo destruye instalaciones físicas, sino que dinamita la arquitectura diplomática ya erosionada desde la ruptura del acuerdo nuclear (JCPOA) por parte de Trump en 2018.
Desde Washington se insiste en que no habrá tropas sobre el terreno, como si la ausencia de botas estadounidenses en suelo iraní fuera garantía de paz o prueba de moderación. Pero en la era de la guerra aérea y del intervencionismo tecnificado, esa afirmación carece de valor real. Las bombas han caído, y eso basta para alterar el equilibrio regional, empujar a Irán hacia un endurecimiento de sus posiciones, y dar combustible a las fuerzas más radicales dentro del país persa que llevan años denunciando el “imperialismo occidental”.
Al insistir en que Estados Unidos no busca un cambio de régimen ni perjudicar a la población civil, la Casa Blanca pretende construir un relato casi humanitario de su acción. Sin embargo, las guerras modernas ya no requieren ocupaciones ni invasiones para ser devastadoras. Basta una escalada calibrada, como la que estamos presenciando, para desestabilizar regiones enteras.
El problema no es solo lo que Estados Unidos dice, sino lo que realmente está haciendo: actuar unilateralmente, sin mandato de Naciones Unidas, sin un consenso internacional, y sin una estrategia clara más allá de la lógica del castigo. Con ello, no solo pone en riesgo a sus aliados en la región, sino que multiplica la posibilidad de que la confrontación escale hasta puntos de no retorno.
Mientras tanto, Europa observa con inquietud, Rusia denuncia una violación flagrante del derecho internacional, y China advierte sobre las consecuencias globales de agravar el conflicto. Y aun así, desde Washington insisten en que no hay guerra. Pero los hechos contradicen ese discurso: una ofensiva aérea masiva, la amenaza de cierre de una arteria energética global, la ruptura de toda posibilidad de negociación a corto plazo. Si eso no es guerra, entonces estamos ante una redefinición alarmante del término.
La pregunta que queda es: ¿a qué precio se libra esta “guerra semántica”? Porque las bombas caen igual, aunque las palabras intenten suavizarlas. @mundiario