Israel ataca a Hamás en Qatar y tensiona la diplomacia internacional
La decisión del Gobierno de Benjamin Netanyahu de atacar presuntos objetivos de Hamás en territorio catarí marca un salto cualitativo en el desarrollo de la guerra. No hablamos ya de la habitual escalada en Gaza ni de los golpes quirúrgicos en Líbano o Siria: Israel ha golpeado en un país que, hasta ahora, era considerado mediador imprescindible en las negociaciones entre las partes. Con este gesto, el Ejecutivo israelí asume un riesgo mayúsculo, tanto en el plano de la legalidad internacional como en el terreno de la política regional.
Desde Doha, las autoridades cataríes han calificado la operación de “flagrante violación” del derecho internacional y han anunciado una investigación al más alto nivel. Más allá del lenguaje diplomático, el mensaje es claro: Israel ha cruzado una línea que toca la soberanía de un Estado aliado de Washington y, a la vez, anfitrión de la principal delegación política de Hamás en el exterior. La pregunta ahora es si Qatar seguirá siendo un actor central en la búsqueda de treguas o si el bombardeo dinamita cualquier posibilidad de mediación futura.
Netanyahu, por su parte, ha salido al paso asumiendo “la responsabilidad total” del ataque y subrayando que se trató de una operación independiente. Una afirmación que, en realidad, revela más dudas que certezas. ¿Realmente actuó Israel sin coordinación con Estados Unidos? ¿O se trata de un mensaje calculado para proteger a Washington de la incomodidad de haber sido, como apuntan algunos medios, informado antes del ataque? El silencio estadounidense sobre el incidente es, en sí mismo, significativo.
Mientras tanto, sobre el terreno, la guerra sigue intensificándose. El ejército israelí ha ordenado el desalojo de Ciudad de Gaza, un paso más en una estrategia de desplazamiento masivo que organismos internacionales califican como humanitariamente insostenible. El veto del Gobierno español a la entrada de dos ministros ultranacionalistas israelíes, Itamar Ben Gvir y Bezalel Smotrich, añade otro capítulo a la creciente fractura diplomática entre la UE y Tel Aviv.
El trasfondo es evidente: Israel ha decidido perseguir a los líderes de Hamás allá donde se encuentren, siguiendo la lógica de una guerra global contra la organización. Pero con cada movimiento de esta naturaleza, lo que se erosiona no es solo la legitimidad internacional del Estado hebreo, sino también la viabilidad de cualquier negociación futura. Atacar en Qatar, como antes en Siria o Líbano, puede enviar un mensaje de fuerza hacia dentro, pero multiplica los enemigos en el tablero internacional.
A corto plazo, Netanyahu podrá exhibir que cumple su promesa de “ir a por los responsables del 7 de octubre dondequiera que se oculten”. A medio plazo, sin embargo, la pregunta es otra: ¿puede Israel librar una guerra sin fronteras sin perder definitivamente el apoyo de sus aliados y sin dejar a la diplomacia sin margen de maniobra? El ataque en Doha es un aviso: el conflicto palestino-israelí ya no está confinado a Gaza. Ahora, sus ondas de choque se sienten en toda la región y, cada vez más, en la política internacional. @mundiario