Groenlandia ofrece más colaboración a EE UU para desactivar la reclamación de anexión de Trump

Vivian Motzfeldt, ministra de Exteriores de Groenlandia y Lars Løkke Rasmussen, ministro de Exteriores de Dinamarca. / DKambUSA
Tras la reunión de máximo nivel para decidir el destino de la isla ártica, Washington mantiene intacta su aspiración de controlar el territorio, mientras Copenhague y Nuuk reiteran una línea roja compartida: cooperación en seguridad, sí; cesión de soberanía, no.

El encuentro de alto nivel en la Casa Blanca, considerado clave para encauzar una de las mayores fricciones transatlánticas de los últimos años, ha confirmado lo que ya se intuía antes de que comenzara: las posiciones sobre Groenlandia siguen firmemente ancladas. Ni EE UU ha moderado su pretensión de hacerse con la isla, ni Dinamarca ni el Ejecutivo groenlandés han mostrado la menor disposición a discutir un cambio de soberanía.

Así lo resumió con claridad el ministro de Exteriores danés, Lars Løkke Rasmussen, al término de una reunión de hora y media con el vicepresidente estadounidense, JD Vance, y el secretario de Estado, Marco Rubio, en la que también participó la ministra de Exteriores de Groenlandia, Vivian Motzfeldt. “Nuestras posturas siguen siendo diferentes”, afirmó, en una formulación diplomática que encierra un desacuerdo de fondo difícil de disimular.

El mensaje de Nuuk fue aún más explícito. “Colaborar sí, pero no queremos pertenecer a Estados Unidos”, reiteró Motzfeldt, subrayando el consenso existente entre el Gobierno autónomo groenlandés y Copenhague. Ambos aceptan reforzar la cooperación militar y estratégica con Washington, pero consideran innegociable el derecho de autodeterminación del pueblo groenlandés y la integridad territorial del Reino de Dinamarca.

EE UU, por su parte, mantiene un discurso maximalista. El presidente Donald Trump volvió a insistir, incluso horas antes de la reunión, en que la anexión de Groenlandia es “inaceptable” de no producirse y apeló directamente a la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) para presionar a Dinamarca. En su argumentario, la isla es una pieza imprescindible para la seguridad nacional estadounidense, para el control del Ártico y para el despliegue de la futura “Cúpula Dorada”, el ambicioso escudo antimisiles que su Administración quiere tener operativo antes de 2028.

Copenhague anunció el refuerzo de su presencia militar en la zona

Sin embargo, desde la óptica europea, este planteamiento ignora una realidad ya existente: Washington dispone desde hace décadas de un acceso militar privilegiado a Groenlandia gracias al tratado de defensa de 1951. Washington cuenta con la base espacial de Pituffik y tiene derecho a ampliar su presencia militar en cualquier momento, sin necesidad de alterar la soberanía del territorio ni los equilibrios internos de la OTAN.

Dinamarca, consciente de la sensibilidad estratégica del Ártico en un contexto de deshielo, competencia geopolítica y rutas emergentes, ha intentado responder con hechos. Justo antes de la reunión, Copenhague anunció el refuerzo de su presencia militar en la zona y la ampliación de maniobras conjuntas con la OTAN, una señal clara de que comparte la preocupación por la seguridad, pero no el diagnóstico de amenaza inmediata formulado por Trump sobre una supuesta presión naval china o rusa.

Ese punto fue uno de los más controvertidos del encuentro. Rasmussen cuestionó abiertamente la narrativa estadounidense al recordar que los servicios de inteligencia daneses no han detectado buques de guerra chinos en aguas cercanas a Groenlandia desde hace aproximadamente una década. La discrepancia no es menor: mientras Washington construye su argumento sobre una amenaza inminente, Copenhague y Nuuk lo perciben como una exageración que justifica una reivindicación política mucho más amplia.

Un grupo de trabajo de alto nivel

El resultado práctico de la reunión fue la creación de un grupo de trabajo de alto nivel para seguir explorando vías de cooperación en materia de seguridad. Es un gesto que evita una ruptura abierta, pero que no disimula el estancamiento. Para Dinamarca y Groenlandia, el diálogo solo es viable si se respetan líneas rojas claras; para EE UU, la discusión sigue girando en torno a la propiedad del territorio, una premisa que los europeos consideran inasumible.

El choque va más allá de Groenlandia. Afecta al equilibrio interno de la OTAN y a la confianza entre aliados. No es habitual que un país miembro presione públicamente a otro para que renuncie a parte de su territorio, ni que lo haga con un lenguaje que roza la amenaza. De ahí que Bruselas haya salido al paso recordando que “Groenlandia pertenece a su gente” y que cualquier decisión compete únicamente a Dinamarca y al propio territorio autónomo.

La reunión en la Casa Blanca, lejos de aclarar el futuro de Groenlandia, ha servido para constatar un punto muerto. Washington no ha movido ficha; Copenhague y Nuuk tampoco. En ese equilibrio tenso, la isla ártica se consolida como símbolo de una nueva etapa en las relaciones transatlánticas: más áspera, más estratégica y con menos consensos automáticos que en el pasado. @mundiario