Francia protesta, Macron resiste: el pulso entre la calle y el poder
Francia es un país donde la protesta forma parte del ADN político, pero lo que está ocurriendo va más allá de la habitual confrontación social. Tres huelgas generales en un mes no son únicamente un síntoma de malestar laboral: revelan una fractura más profunda entre la sociedad y el poder. A pesar de que la convocatoria de este jueves tuvo un seguimiento más limitado que las anteriores —menos funcionarios pararon, menos calles se llenaron—, la persistencia en la movilización indica que la crisis es estructural.
La figura de Sébastien Lecornu, recién nombrado primer ministro, ha llegado sin oxígeno político. No ha tenido tiempo ni de presentar su equipo ni de poner sobre la mesa unos presupuestos claros, pero ya se enfrenta a un escenario envenenado: protestas masivas, sindicatos en guardia y una oposición que huele sangre. Macron, en apenas un año, ha cambiado de primer ministro en tres ocasiones, lo que refleja la falta de estabilidad de un Ejecutivo que no consigue articular mayorías ni legitimar su agenda en la calle.
La resistencia social se alimenta de varios factores acumulados. El primero, la herida aún abierta de la reforma de las pensiones, aprobada en 2023 contra viento y marea, que retrasó la edad de jubilación a los 64 años y simbolizó para muchos la desconexión entre el poder y el pueblo. El segundo, el paquete de recortes presupuestarios que planea el nuevo Gobierno y que, pese a las filtraciones sobre rebajas de impuestos para las rentas bajas o exoneraciones fiscales para horas extra, se percibe como una continuación de la política de austeridad. Y el tercero, la propia figura de Emmanuel Macron, convertido en el verdadero blanco de la ira ciudadana. Ni Lecornu, ni Bayrou antes, son el problema a ojos de los manifestantes: lo es un presidente que gobierna en solitario, sin apenas espacio para la izquierda y sin voluntad de recomponer un contrato social roto.
La protesta francesa tiene también una lectura geopolítica. Mientras buena parte de Europa observa con inquietud el auge de los populismos y el desgaste de los gobiernos tradicionales, Francia se ha convertido en un laboratorio de la tensión entre la calle y las instituciones. La derecha radical de Marine Le Pen aguarda su turno con paciencia estratégica, mientras la izquierda reclama la derogación de las pensiones y amenaza con censurar al nuevo Ejecutivo. Macron, atrapado entre dos fuegos, apenas encuentra margen para maniobrar.
La frase de Sophie Binet, secretaria general de la CGT, resume bien la encrucijada: “No se puede gobernar un país contra el propio país”. La advertencia va más allá de un lema sindical: plantea la posibilidad de que la crisis social desemboque en una crisis de régimen. Si la movilización se mantiene y las concesiones del Gobierno no logran calmar a la calle, el riesgo de un colapso político aumenta.
El calendario aprieta: Lecornu debe presentar sus presupuestos antes del 13 de octubre, negociar con unos socialistas envalentonados y enfrentar la amenaza de censura en el Parlamento. El tiempo de gracia, si es que alguna vez lo tuvo, se ha esfumado. Su Gobierno nace en medio de la tormenta y sin un horizonte claro.
La paradoja francesa es que, aunque las cifras de asistencia bajen y los paros sean menores, el malestar no se diluye. Francia sigue en la calle, Macron sigue aislado, y el país continúa atrapado en un ciclo de protestas que pone a prueba la solidez de la Quinta República. En otras palabras: el verdadero debate ya no es si habrá más manifestaciones, sino cuánto aguante le queda a un presidente que gobierna cada vez más solo frente a un país cada vez más movilizado. @mundiario