Europa bajo presión: entre la amenaza rusa y el desencuentro con Estados Unidos
Europa atraviesa uno de los momentos más delicados desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Durante décadas, el proyecto de integración europea se construyó sobre una combinación de prosperidad económica, cesión voluntaria de soberanía y una arquitectura de seguridad garantizada, en última instancia, por Estados Unidos. Ese equilibrio se ha roto. Primero, por la agresión rusa contra Ucrania, que devolvió la guerra convencional al corazón del continente. Ahora, por una constatación aún más inquietante: la alianza transatlántica ya no es un pilar incuestionable y puede convertirse, incluso, en un factor de inestabilidad.
La invasión de Ucrania por parte de Rusia despertó a una Europa que había confundido interdependencia con seguridad. El gas barato, los vínculos comerciales y la retórica del diálogo no evitaron que el Kremlin recurriera a la fuerza para redibujar fronteras. Desde entonces, la Unión Europea ha avanzado, no sin dificultades, en sanciones, apoyo militar a Kiev y refuerzo de sus capacidades defensivas. También ha empezado a hablar de rearme, autonomía estratégica y, en algunos países, del retorno del servicio militar obligatorio. Todo ello refleja un cambio profundo de mentalidad.
Sin embargo, cuando Europa empezaba a asumir el coste político, económico y social de esa nueva etapa, se abrió un segundo frente inesperado. La publicación de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, bajo la presidencia de Donald Trump, ha supuesto un auténtico shock. El documento no solo describe a Europa como un espacio en decadencia, sino que plantea abiertamente la conveniencia de “cultivar la resistencia” frente a su trayectoria actual, alentando fuerzas políticas hostiles al proyecto comunitario. Es un giro radical en la relación transatlántica, que deja atrás la idea de socios estratégicos para introducir una lógica de competencia ideológica y geopolítica.
Algunos analistas sostienen que se trata, en gran medida, de retórica. Y no les falta razón al señalar que, pese a todo, continúan los intercambios económicos, la cooperación militar en el seno de la OTAN y el apoyo estadounidense —aunque más condicionado— a Ucrania. Pero minimizar el alcance político de este cambio sería un error. Las palabras importan, especialmente cuando legitiman estrategias de división interna y refuerzan a quienes dentro de la UE cuestionan abiertamente sus fundamentos democráticos y supranacionales.
Debilitar a la UE, el objetivo ruso
La ofensiva contra Europa no procede solo de Washington. Rusia lleva años desplegando una guerra híbrida sostenida contra el continente: ciberataques, sabotajes, desinformación, interferencias electorales y presión energética. Su objetivo es claro: debilitar a la Unión Europea como actor político y evitar que su modelo de prosperidad y libertades se extienda hacia el este. Ucrania simboliza ese temor del Kremlin a una alternativa que pone en cuestión su propio sistema autoritario.
A este tablero se suma China, cuya relación con Europa es menos abiertamente hostil pero no menos estratégica. La dependencia europea de suministros clave —desde tierras raras hasta componentes esenciales para la transición verde— y la presión de productos industriales baratos plantean un reto existencial a la base productiva del continente. Si la UE no acelera en innovación, política industrial y defensa de su mercado interior, corre el riesgo de quedar atrapada entre la irrelevancia tecnológica y la subordinación económica.
El asedio, además, tiene una dimensión interna. En varios Estados miembros han ganado peso fuerzas políticas que ven en Bruselas un obstáculo y no una garantía. Gobiernos y partidos que coquetean con el discurso del Kremlin o con el universo ideológico del trumpismo actúan como caballos de Troya dentro de las instituciones comunitarias. Utilizan el malestar social, amplificado por las redes sociales, para erosionar consensos básicos sobre migración, Estado de derecho o solidaridad europea. La estrategia del divide y vencerás, tan antigua como eficaz, vuelve a desplegarse con nuevos instrumentos.
Inercia institucional
Ante este panorama, la reacción europea ha sido desigual. Hay conciencia del peligro, pero también una inercia institucional que ralentiza las decisiones. La Unión ha demostrado capacidad para responder a crisis —la pandemia, el fondo de recuperación, el apoyo a Ucrania—, pero sigue adoleciendo de debilidades estructurales: una política exterior lastrada por el derecho de veto, una defensa fragmentada y una dependencia excesiva de actores externos en ámbitos clave.
La pregunta de fondo es si Europa está dispuesta a asumir las consecuencias de tomarse en serio a sí misma. Avanzar hacia una mayor integración en seguridad y defensa, desarrollar de forma efectiva la cláusula de ayuda mutua prevista en los tratados y completar el mercado interior son pasos inevitables si quiere preservar su autonomía. También lo es la ampliación hacia los países candidatos, incluida Ucrania, para cerrar la zona gris en la que prosperan las ambiciones rusas.
Dilema democrático
Pero más integración no garantiza, por sí sola, el éxito. El dilema democrático es evidente. El auge de fuerzas euroescépticas plantea el riesgo de que los propios mecanismos de la UE sean utilizados para vaciarla desde dentro. Reformar sin romper, avanzar sin excluir y proteger el proyecto sin traicionar sus valores es un equilibrio complejo, pero imprescindible.
Europa no es una potencia militar clásica ni aspira a serlo. Su fuerza reside en otra parte: en la combinación de democracia, Estado de derecho, bienestar y cooperación entre naciones. Precisamente por eso se ha convertido en un enemigo a batir para quienes defienden un mundo de esferas de influencia, liderazgos fuertes y leyes del más fuerte. Que tantos actores se empeñen en debilitarla es, paradójicamente, la mejor prueba de su relevancia en el mundo.
Los próximos años serán decisivos. Entre una Europa más integrada, capaz de defenderse y actuar, y una Europa fragmentada, subordinada a intereses ajenos, no hay término medio. La Unión Europea se enfrenta a una elección histórica que no solo concierne a sus líderes, sino a sus ciudadanos. De su respuesta dependerá si el actual asedio desemboca en una refundación o en un lento proceso de descomposición. @mundiario