El efecto Trump: un lastre para los aliados ideológicos y un impulso para los críticos

Pierre Poilievre, líder del Partido Conservador de Canadá y Peter Dutton, líder del Partido Liberal de Australia. / Mundiario
La influencia del presidente de EE UU comienza a pasar factura electoral a las figuras que emulan sus políticas en otras democracias occidentales, como en Australia y Canadá, donde se eligieron líderes que contrarrestan al republicano.

La reciente reelección del primer ministro australiano Anthony Albanese, con una mayoría histórica para el Partido Laborista, y la consolidación del liderazgo centrista de Mark Carney en Canadá, confirman una tendencia que se extiende más allá de las urnas nacionales: el “efecto Trump” ya no arrastra, sino que hunde. Lo que alguna vez fue una fórmula electoralmente rentable —basada en la mano dura, el nacionalismo económico y una retórica divisiva— hoy parece despertar más rechazo que adhesiones, incluso en países cultural y políticamente afines a EE UU.

En Australia, Peter Dutton, líder de la coalición conservadora, fue derrotado de forma contundente tras una campaña que replicaba muchas de las fórmulas del trumpismo. El paralelismo con el presidente Donald Trump era evidente: eslóganes reciclados (“Pongamos a Australia de nuevo en marcha”), propuestas radicales como la eliminación del teletrabajo o la reducción masiva de inmigración, y ataques constantes a los medios críticos. Dutton no solo perdió la elección, sino también su escaño parlamentario, lo que equivale a una desautorización directa de su agenda y estilo.

Lo mismo ocurrió con Pierre Poilievre en Canadá, otro líder conservador que apostó por endurecer su discurso migratorio y penal, con referencias ideológicas calcadas al trumpismo. Los votantes, sin embargo, le dieron la espalda y prefirieron opciones moderadas en pleno contexto internacional marcado por las guerras comerciales y los desplantes diplomáticos del propio Trump.

La coincidencia temporal entre el inicio de la nueva ofensiva arancelaria de Trump y el cambio en las encuestas tanto en Australia como en Canadá es significativa. Mucho antes de las elecciones, tanto Dutton como Poilievre se perfilaban como claros favoritos para ganar en sus respectivos países ante el desgaste político de los oficialistas. Sin embargo, en abril, cuando Trump anunció nuevos aranceles y volvió a cargar contra aliados como la Unión Europea y Canadá, la confianza internacional en Estados Unidos como socio fiable comenzó a erosionarse. Un sondeo del Instituto Lowy en Australia mostró que el 64 % de los australianos desconfía ahora de la responsabilidad global de EE UU, el nivel más alto en más de veinte años.

Esa desconfianza se trasladó a las urnas. Los votantes australianos, especialmente los jóvenes afectados por la crisis de la vivienda y el alto coste de vida, rechazaron la propuesta conservadora de endurecer políticas sociales y recortar el sector público al estilo de Trump. Pero lo que más pesó fue la percepción de que seguir la línea del trumpismo en política exterior podría aislar a Australia en un mundo cada vez más volátil.

La imagen de Trump, cada vez más errática y centrada en gestos autoritarios y aislacionistas, no solo genera rechazo fuera de EE UU, sino que también arrastra hacia abajo a quienes deciden alinearse con su ideología. El miedo a las consecuencias tangibles e inmediatas de un Gobierno afín a ese modelo: caos institucional, aranceles descontrolados, agresividad diplomática y desprecio por los valores democráticos compartidos con los aliados.

Mientras tanto, los líderes moderados aprovechan el vacío de confianza dejado por la derecha populista. Anthony Albanese, con un estilo sobrio y un discurso centrado en problemas locales, representa este perfil de líder pragmático y estable, que tiene menos oportunidades de plegarse a las directrices de la Casa Blanca y adoptará medidas para contrarrestarlas en consecuencia.

La línea divisoria no es tanto entre izquierda y derecha, sino entre autoritarismo populista y moderación democrática. Y lo que estos procesos electorales muestran es que la mayoría de las sociedades occidentales, incluso en contextos económicos adversos, prefieren la segunda opción. @mundiario