EE UU prueba un misil balístico intercontinental mientras Putin evalúa reanudar ensayos nucleares
El lanzamiento de un misil balístico intercontinental (ICBM) Minuteman III por parte de Estados Unidos ha coincidido con un movimiento estratégico de signo opuesto desde Moscú: la orden del presidente Vladímir Putin de evaluar la posible reanudación de los ensayos nucleares rusos. Ambos hechos, aunque enmarcados oficialmente en procedimientos “rutinarios” o “preventivos”, dibujan un escenario de creciente incertidumbre en el equilibrio nuclear mundial.
El Pentágono confirmó que la prueba del misil, efectuada desde la base espacial de Vandenberg, California, no incluía carga nuclear y había sido programada con antelación. Según el comunicado oficial, el objetivo era comprobar la fiabilidad y precisión de los sistemas ICBM, considerados “un pilar de la defensa nacional estadounidense”.
La comandante del escuadrón responsable, la teniente coronel Karrie Wray, subrayó que no se trató solo de un lanzamiento, sino de una “evaluación exhaustiva” para validar la operatividad del sistema. El proyectil recorrió más de 6.700 kilómetros hasta su destino en el atolón Kwajalein, en las Islas Marshall, demostrando la capacidad de alcance intercontinental de este tipo de misiles.
El ensayo se produce pocos días después de que el presidente Donald Trump insinuara la posibilidad de que Estados Unidos retome sus pruebas nucleares por primera vez desde 1992. Sus declaraciones, formuladas antes de una reunión con el presidente chino Xi Jinping en Corea del Sur, provocaron inquietud tanto en Washington como en las capitales de Rusia y China.
Aunque Estados Unidos mantiene una moratoria autoimpuesta desde hace más de tres décadas, el anuncio de Trump fue interpretado como una posible ruptura del consenso internacional. El secretario de Energía, Chris Wright, aclaró posteriormente que las pruebas ordenadas por la Casa Blanca se limitarán a los sistemas de lanzamiento y transporte, sin incluir explosiones nucleares.
Wright precisó que se trata de verificar la geometría y la integridad técnica de los componentes de las armas, excluyendo cualquier detonación real. Este matiz no ha impedido, sin embargo, que la comunidad internacional observe con cautela los pasos de Washington.
Moscú reacciona y pone su estrategia bajo revisión
En paralelo, el Kremlin celebró una reunión extraordinaria del Consejo de Seguridad ruso en la que Putin pidió a su Gobierno un informe sobre la posible reanudación de los ensayos nucleares. El mandatario aseguró que Moscú seguirá fiel a su política de no realizar pruebas mientras otras potencias mantengan su compromiso, pero ordenó a los ministerios de Defensa y Exteriores y a los servicios de inteligencia analizar las “intenciones reales” de Estados Unidos.
Según medios rusos, el ministro de Defensa Andréi Beloúsov afirmó que Rusia debería “prepararse para pruebas nucleares a gran escala” en respuesta a las acciones estadounidenses, y advirtió de la posibilidad de que Washington despliegue misiles en Europa y en el Asia-Pacífico con tiempos de vuelo de apenas minutos hacia el corazón de Rusia.
El portavoz presidencial, Dmitri Peskov, matizó posteriormente que no se trata aún de una orden formal para iniciar preparativos, sino de una instrucción para “evaluar la viabilidad” de hacerlo. Sin embargo, la sola consideración de tal posibilidad envía un mensaje estratégico de firmeza.
El paralelismo entre el ensayo estadounidense y la reacción rusa refleja la erosión progresiva del sistema de control de armas heredado de la Guerra Fría. Desde la suspensión del tratado INF (sobre misiles de medio alcance) y las tensiones en torno al nuevo START, las dos mayores potencias nucleares del planeta parecen alejarse de la lógica de la contención institucional.
Putin ha reiterado que Moscú solo respondería “en igualdad de condiciones” si Washington rompe la moratoria. Trump, por su parte, ha afirmado que Estados Unidos es “la principal potencia nuclear del mundo” y ha insinuado la posibilidad de trabajar en un plan de desnuclearización conjunto con Rusia y China, aunque sin ofrecer detalles concretos.
El misil Minuteman III, operativo desde la década de 1970, representa tanto un símbolo de la continuidad tecnológica estadounidense como una pieza clave en su estrategia de disuasión. Pese a su antigüedad, sigue desplegado en unos 400 silos en cinco estados y se encuentra en proceso de ser reemplazado por el nuevo modelo Sentinel.
Las pruebas regulares de este tipo de sistemas permiten garantizar la eficacia del arsenal, pero también sirven como demostración visible de poder ante rivales estratégicos. En este contexto, su lanzamiento adquiere inevitablemente una lectura política.
Aunque ambas partes sostienen que no buscan una escalada, los gestos técnicos y diplomáticos se interpretan como señales de posicionamiento en una etapa de competencia renovada. Tanto Washington como Moscú parecen querer demostrar que conservan plena capacidad de respuesta, incluso mientras mantienen el discurso formal de la disuasión y el equilibrio. @mundiario