China busca acercarse a una UE cautelosa: ¿nueva fase en las relaciones?
En plena reconfiguración del comercio global, la Unión Europea ha intensificado sus contactos con regiones y países tan diversos como India, México, Indonesia o el bloque Mercosur. Sin embargo, una gran ausente en este nuevo mapa de relaciones económicas salta a la vista: China.
La omisión no es casual. El gigante asiático, que en 2024 movió un volumen comercial con la UE superior a los 731.000 millones de euros, permanece en una posición ambigua. Ni dentro, ni fuera. El Acuerdo Integral de Inversiones firmado en 2020 sigue sin ratificarse, y las tensiones comerciales, especialmente en torno a sectores clave como los vehículos eléctricos, continúan marcando una agenda sin avances significativos.
Mientras tanto, Pekín insiste en estrechar lazos. El propio presidente Xi Jinping, durante la reciente visita del presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, instó a la UE a “resistirse a la intimidación unilateral” y a salvaguardar la globalización económica. Un mensaje claro a Bruselas y, en segundo plano, a Washington. China quiere que Europa actúe con autonomía estratégica, más allá de la influencia estadounidense.
Un dilema europeo: entre la oportunidad económica y la rivalidad estratégica
La Comisión Europea mantiene, no obstante, una postura prudente. La guerra arancelaria desatada por Estados Unidos ha alterado el equilibrio y agudizado los dilemas europeos. David McAllister, presidente de la Comisión de Asuntos Exteriores del Parlamento Europeo, resume el enfoque actual: “Cooperar cuando sea posible, competir cuando sea necesario y confrontar cuando sea preciso”.
Los datos respaldan la urgencia de una reevaluación. La balanza comercial con China acumula un déficit de más de 300.000 millones de euros a favor del país asiático. Además, persisten barreras estructurales para las empresas europeas en territorio chino, lo que ha llevado a la UE a adoptar contramedidas en sectores como el de la fibra de carbono, el eritritol o el dióxido de titanio.
Aun así, la Cumbre UE-China prevista para julio, que coincidirá con el 50º aniversario del inicio de relaciones diplomáticas, se perfila como un momento clave. La presidenta de la Comisión, Ursula von der Leyen, ha adelantado la necesidad de actuar “más allá de bloques y tabúes”.
El contexto geoeconómico también ha impactado en el sector privado. Firmas como BMW, Inter Ikea o Airbus mantienen importantes intereses en China. Durante el reciente Foro de Desarrollo celebrado en Pekín, varias multinacionales europeas insistieron en la importancia de preservar las cadenas globales de suministro. “Estamos aquí desde hace 60 años y planeamos estar otros 60”, declaraba Jon Abrahamsson Ring, CEO de Inter Ikea Group.
Sin embargo, este posicionamiento choca con las advertencias de Washington. El secretario del Tesoro de EE. UU., Scott Bessent, ha criticado abiertamente el acercamiento de algunos países europeos a China, en particular España, calificándolo de “cortarse la propia garganta”.
El factor geopolítico: Ucrania como línea roja
Las relaciones UE-China no se entienden sin el contexto de la guerra en Ucrania. Para la alta representante de Política Exterior, Kaja Kallas, “China es el facilitador clave de la guerra de Rusia”. Esta percepción complica aún más cualquier intento de acercamiento estructural. Estados miembros del este europeo, profundamente alineados con la OTAN, ven con recelo cualquier relajación en la narrativa oficial sobre Pekín como “rival sistémico”.
En este terreno movedizo, la UE se debate entre mantener sus principios y garantizar su competitividad. El investigador Ignacio García Bercero, del think tank Bruegel, propone una salida: “La UE debe exigir moderación a China en sus exportaciones y, a cambio, responder con medidas proporcionales y alineadas con la OMC”.
¿Es posible una nueva era en las relaciones UE-China?
Jeffrey Sachs, economista estadounidense con larga trayectoria en Asia, lo tiene claro: “Estados Unidos no se va a acercar a Europa. Esto no va a pasar. Europa debe ser inteligente y actuar con independencia”. Sus palabras, pronunciadas en el corazón del poder chino, resuenan en un momento de redefinición global.
A corto plazo, Bruselas exige gestos concretos de Pekín: reequilibrio comercial, más acceso para sus empresas, respeto a las reglas del juego. A medio, quiere garantías de que China no usará Europa como vía de escape al cerco estadounidense. Y a largo, el desafío es aún mayor: reescribir las bases de una relación que se mueve entre la conveniencia y el conflicto, entre la cooperación y la contención. @mundiario