El bipartidismo en EE UU se atrinchera: el cierre del Gobierno augura un pulso prolongado
El cierre del Gobierno de Estados Unidos cumple dos semanas sin señales de avance. Lo que comenzó como una pugna legislativa por los fondos federales se ha convertido en una demostración de fuerza política entre republicanos y demócratas. Tras una octava votación fallida en el Senado, ambos partidos, conscientes del coste electoral, parecen dispuestos a resistir. La confrontación refleja no solo un desacuerdo puntual, sino una estrategia calculada para influir en la narrativa pública y reforzar la identidad de cada bloque.
Para los republicanos, liderados por el presidente de la Cámara de Representantes, Mike Johnson, la posición es clara: los demócratas deben aprobar el proyecto de ley provisional que ya pasó por la Cámara Baja. Solo después, argumentan, podrá debatirse sobre las prioridades de gasto o los subsidios sanitarios. La negativa demócrata a desvincular ambos temas, según los conservadores, equivale a mantener “rehén” al Gobierno.
Del otro lado, los demócratas ven una oportunidad para reabrir un debate clave: el mantenimiento de los subsidios del Obamacare, cuya expiración amenaza con disparar los costes del seguro médico para millones de estadounidenses. El liderazgo demócrata, encabezado por el líder de la minoría en el Senado, Chuck Schumer, considera que el cierre puede servir para “resetear la narrativa política” y unificar a un partido que todavía digiere la derrota electoral de 2024.
La apuesta, sin embargo, no está exenta de riesgo. Aunque los sondeos de Reuters/Ipsos muestran que la mayoría de los ciudadanos culpa principalmente al presidente Donald Trump y a los republicanos por la parálisis, un creciente porcentaje también responsabiliza a ambas formaciones por igual, un reflejo del hartazgo ciudadano con el sistema político.
Una desconfianza institucionalizada
El ambiente en el Capitolio es de desconfianza mutua. Legisladores moderados, como la senadora republicana Lisa Murkowski (Alaska), han reconocido que el deterioro de las relaciones entre partidos hace casi imposible encontrar un punto de encuentro. Los demócratas, por su parte, acusan a la Oficina de Presupuesto de la Casa Blanca de maniobrar para revertir fondos previamente aprobados por el Congreso y despedir a cientos de funcionarios.
Esa fractura institucional ha consolidado una lógica de confrontación permanente: la crisis presupuestaria se convierte en un pulso ideológico, donde el objetivo no es negociar para encontrar una solución, sino resistir y atribuir culpas.
El cierre del Gobierno —ya el quinto más largo de la historia de EE UU— amenaza con extenderse y repercutir en la economía y los servicios públicos. Miles de trabajadores federales han sido enviados a casa sin sueldo, y agencias clave operan al mínimo. Sin embargo, la batalla no es solo económica: es simbólica. Para los republicanos, ceder sería admitir debilidad ante una administración demócrata a la que acusan de despilfarro. Para los demócratas, aceptar un presupuesto sin garantías sanitarias supondría renunciar a uno de los pilares de su discurso social.
Ambos bandos creen tener razones políticas para resistir. Johnson ha advertido de que el país podría estar “ante uno de los cierres más prolongados de la historia”, mientras Schumer acusa al Ejecutivo de priorizar intereses políticos exteriores —como el reciente rescate financiero a Argentina— antes que el bienestar interno.
Un tablero sin incentivos para el consenso
El estancamiento responde también a la lógica electoral que domina el Congreso. Con las elecciones legislativas preparadas para 2026, tanto republicanos como demócratas buscan consolidar su base más fiel. Los primeros aspiran a capitalizar el descontento por el gasto público; los segundos, a mantener viva la bandera del acceso sanitario y la justicia social frente a la política de recortes del Ejecutivo.
El resultado es un callejón sin salida institucional, donde cada votación fallida —ya van ocho en el Senado— profundiza la sensación de impotencia política. Ningún senador ha cambiado su posición desde el inicio de la crisis, una muestra de que la disciplina partidaria ha sustituido cualquier margen de negociación.
Aunque es probable que las presiones económicas y sociales acaben forzando algún tipo de compromiso, los analistas coinciden en que el bipartidismo estadounidense atraviesa una de sus fases más volátiles en décadas. Lo que antes era un sistema de equilibrios funcionales entre conservadores y progresistas se ha transformado en una pugna permanente por la hegemonía narrativa.@mundiario