Ayuda a Ucrania a cambio de minerales: un acuerdo polémico que pone en jaque la soberanía de Kiev
El memorándum de entendimiento entre EE UU y Ucrania sobre la explotación de minerales estratégicos parece, en la superficie, una oportunidad para reconstruir un país devastado por la guerra. Pero en el fondo, lo que se cuece es un intento, por parte del presidente estadounidense Donald Trump, de convertir la ayuda internacional en un instrumento de presión comercial.
El pacto, aún por definir completamente, abre la puerta a que Washington reciba parte de los beneficios por la explotación de litio, grafito y otros minerales que supuestamente abundan en Ucrania. Sin embargo, el contenido técnico del acuerdo no es menos relevante que la lógica política que lo sustenta. La exigencia de Trump de recibir 500.000 millones de dólares en tierras raras como “compensación” por la ayuda militar estadounidense desde 2022, se asemeja más a un chantaje que a una colaboración entre aliados.
Este tipo de diplomacia transaccional no es nueva en la retórica trumpista. Ya en su primer mandato, condicionó la ayuda exterior a beneficios personales o geoestratégicos, tal como ocurrió en el célebre escándalo del “quid pro quo” con el propio presidente Volodímir Zelenski en 2019. Ahora, en su regreso a la Casa Blanca, la historia parece repetirse, pero con un cariz aún más preocupante: se comercializa la defensa de un país asediado como si fuera un acuerdo de compraventa.
Lo más irónico es que ni siquiera se sabe con certeza si esos minerales existen en cantidad suficiente. Según el Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS), no hay datos actualizados ni confirmaciones científicas sobre la presencia de tierras raras en suelo ucraniano. Las supuestas reservas provienen de estudios soviéticos de hace más de 60 años. En realidad, lo que abunda es la especulación. Trump ha solicitado algo que no está comprobado que exista, y Ucrania —en una actitud diplomáticamente hábil pero geopolíticamente frágil— ha aceptado seguir negociando sobre humo.
La lógica detrás del acuerdo de minerales
El valor económico de las tierras raras tampoco sustenta la exigencia trumpista. En 2023, la producción mundial generó apenas 3.000 millones de dólares, una cifra insignificante si se la compara con los 500.000 millones que el mandatario estadounidense pretende obtener. Para alcanzar esa cifra, haría falta explotar toda la producción global durante más de 160 años. Ni siquiera China, que controla el 69 % del mercado, podría cumplir semejante demanda.
Más allá de las cifras, el acuerdo representa una peligrosa erosión de la soberanía ucraniana. El primer texto preliminar que descarriló en la reunión a cara de perro entre Trump y Zelenski en la Casa Blanca, según fuentes cercanas a la negociación, no incluía cláusulas que garanticen el control ucraniano sobre sus propios recursos. La estructura propuesta establecía que los ingresos obtenidos se usarían para la reconstrucción solo después de que Estados Unidos haya recibido su parte. En otras palabras, se le impone a Ucrania una hipoteca geológica a futuro.
Este modelo, además, tiene serias limitaciones estructurales. La mayoría de las empresas mineras capaces de emprender proyectos de esta envergadura no son estadounidenses. Australia, Reino Unido, Suiza o Brasil lideran el sector. Y el capital de Wall Street muestra escaso interés en invertir en minería en un país en guerra, con infraestructuras destruidas y regiones parcialmente bajo ocupación rusa.
La soberanía de Ucrania
A eso hay que sumarle el gran elefante en la habitación: más de la mitad de los recursos minerales ucranianos están en territorios controlados por Rusia. Paradójicamente, Trump ha expresado reiteradamente su disposición a aceptar que Vladímir Putin mantenga esas zonas bajo su dominio. ¿Cómo entonces justificar la explotación de recursos en una Ucrania que, bajo su visión, ya no sería íntegramente ucraniana?
Zelenski, por su parte, se ha mostrado reacio a aceptar condiciones que comprometan la soberanía del país. En febrero, en la tensa reunión con Trump en el Despacho Oval el acuerdo se fue a pique. El presidente ucraniano advirtió entonces que no está dispuesto a “hipotecar el futuro de diez generaciones”. Sin embargo, la presión es creciente. Washington sigue siendo un importante proveedor de armamento y ayuda financiera, y Kiev necesita esos recursos con urgencia para resistir en el frente.
Ucrania ha mejorado notablemente su sistema institucional y lucha contra la corrupción, uno de los factores que espantó a inversores como Chevron hace una década. Pero esa credibilidad puede evaporarse si el país acepta condiciones leoninas que lo conviertan en un proveedor subordinado de materias primas. @mundiario