Armenia y Azerbaiyán ensayan la paz bajo el padrinazgo de Trump en el Cáucaso

Nikol Pashinián, primer ministro de Armenia en el Foro de Davos. / @NikolPashinyan

La llegada a suelo armenio de un tren con gasolina procedente de Bakú, el primer intercambio comercial directo desde la disolución de la Unión Soviética y tres décadas de guerra, supone la escenificación del acuerdo auspiciado por EE UU.

Un convoy ferroviario con más de 1.200 toneladas de gasolina de 95 octanos cruzó el 18 de diciembre una frontera que llevaba cerrada más de tres décadas. El hecho, en apariencia técnico y limitado, tiene una carga política notable: es el primer intercambio comercial directo entre Armenia y Azerbaiyán desde el colapso de la Unión Soviética y una de las primeras materializaciones del acuerdo de paz firmado en agosto bajo el auspicio del presidente estadounidense Donald Trump.

El envío no supone aún una reapertura plena de fronteras ni la normalización diplomática entre dos Estados marcados por guerras recurrentes en torno a la soberanía sobre el Nagorno Karabaj. Pero sí funciona como una señal cuidadosamente calculada de distensión. Tras la victoria militar de Bakú en 2023 y el éxodo de la población armenia del enclave, el simple tránsito de mercancías se convierte en un termómetro de la voluntad política de pasar del alto el fuego a la convivencia pragmática.

Trump presentó el acuerdo como “histórico” y lo vinculó a un ambicioso proyecto de infraestructuras —la Ruta Trump para la Paz y la Prosperidad Internacional— destinado a conectar Azerbaiyán con su exclave de Najicheván a través del sur de Armenia. Carreteras, ferrocarriles, oleoductos y telecomunicaciones administrados por empresas estadounidenses durante décadas dibujan un horizonte económico que solo es viable si Ereván y Bakú sostienen una mínima cooperación. En ese contexto, los intercambios comerciales iniciales funcionan como una escenificación de credibilidad ante Washington.

Sin embargo, la normalización avanza con cautela. Las fronteras terrestres entre ambos países siguen cerradas y los trenes circulan por rutas indirectas vía Georgia. No hay embajadas reabiertas ni garantías políticas sólidas. De hecho, tanto el trigo ruso y kazajo que ha llegado a Armenia atravesando Azerbaiyán como la gasolina enviada desde Bakú pueden interpretarse más como gestos simbólicos que como un cambio estructural del comercio regional.

El comercio, la vía a la paz de Trump

En Armenia, el escepticismo acompaña a la narrativa oficial. El Gobierno del primer ministro Nikol Pashinián ha defendido que la paz ha creado las “condiciones políticas” para estos intercambios, pero parte de la población cuestiona el origen real del combustible importado.

Aun así, los incentivos económicos pesan. Armenia carece de salida al mar, depende en más de un 60 % del combustible ruso y ha visto caer su autosuficiencia alimentaria tras perder Nagorno Karabaj. La apertura, incluso parcial, de rutas comerciales ofrece una válvula de escape a esa dependencia y una oportunidad para diversificar suministros. Azerbaiyán, por su parte, gana margen de maniobra regional y refuerza su papel como nodo logístico entre Europa y Asia Central.

Desde una perspectiva más amplia, estos intercambios modestos revelan la lógica que subyace al acuerdo impulsado por Trump: convertir la interdependencia económica en un ancla para la estabilidad política. No es una fórmula nueva, pero en el Cáucaso sur —una región atravesada por intereses rusos, turcos, iraníes y ahora estadounidenses— adquiere una relevancia estratégica particular.

La paz, de momento, viaja en vagones de gasolina y trigo, no en tratados definitivos. Son pasos pequeños, reversibles y rodeados de desconfianza, pero también los primeros en más de treinta años. Si se consolidan o quedan en un gesto coyuntural dependerá de algo más que de la voluntad de Bakú y Ereván: del equilibrio geopolítico regional y de si el impulso estadounidense logra traducirse en beneficios tangibles para sociedades cansadas de la guerra. @mundiario