Un año sin Asad: Al Sharaa promete reconstruir Siria mientras el viejo poder se diluye en el exilio

Ahmed al Sharaa, presidente interino de Siria. / @SyPresidency
En el primer aniversario de la caída del régimen de Bachar al Asad, Damasco celebra el fin de medio siglo de dinastía autoritaria, pero sigue atrapada entre la reconstrucción prometida y la pesada herencia de la guerra.

Doce meses después de la ofensiva rebelde que derribó al régimen de Bachar el Asad, Siria conmemoró este lunes el llamado “día de la liberación” con marchas, actos religiosos y celebraciones en buena parte del país. La imagen más potente se produjo en la mezquita de los Omeyas, en Damasco, donde el exyhihadista y ahora presidente interino Ahmed al Sharaa prometió reconstruir Siria “de norte a sur y de este a oeste” y apeló a la unidad nacional para consolidar la estabilidad y la soberanía.

El mensaje buscó combinar épica, reconciliación y pragmatismo. Vestido con uniforme militar, Al Sharaa encarnó la paradoja central del nuevo poder: un liderazgo surgido de la guerra que ahora intenta proyectarse como arquitecto de la paz y de la reconstrucción institucional.

La caída de Asad fue tan rápida como inesperada. La ofensiva lanzada desde el noroeste en noviembre de 2024 provocó el colapso del ejército sirio en ciudades clave como Alepo, Hama y Homs, abriendo el camino hacia Damasco. Un año después, el reto ya no es militar, sino político, económico y social.

Tras 14 años de guerra civil, Siria sigue profundamente dañada: infraestructuras destruidas, una economía estancada, millones de desplazados y una sociedad fragmentada. El Banco Mundial estima que la reconstrucción requerirá más de 200.000 millones de dólares, una cifra que subraya la distancia entre las promesas oficiales y la realidad sobre el terreno.

Reconstrucción, justicia y límites reales

Al Sharaa ha insistido en priorizar a los sectores más vulnerables y en restablecer la justicia. Sin embargo, organizaciones como Amnistía Internacional y la Red Siria de Derechos Humanos recuerdan que las heridas del pasado siguen abiertas: más de 200.000 civiles muertos y al menos 160.000 desaparecidos durante el régimen de Asad.

Aunque el nuevo Gobierno ha creado comisiones para abordar la justicia transicional, los avances han sido limitados, en gran parte por falta de recursos y por la complejidad política del momento. La demanda de verdad y reparación convive con el temor a que una justicia acelerada reavive tensiones sectarias.

Las imágenes de júbilo en Damasco, Alepo o Idlib contrastaron con el ambiente más tenso en el este y el sur del país. En el noreste, controlado por fuerzas kurdas, se restringieron las celebraciones por motivos de seguridad, pese a un memorando firmado con Damasco para integrar a estas fuerzas en el aparato estatal.

En el sur, particularmente en Sueida, los grupos drusos han reforzado estructuras de autogobierno, reflejo de la desconfianza persistente hacia el nuevo poder central. Estas fisuras muestran que la unidad proclamada sigue siendo un objetivo más que una realidad.

En el plano exterior, Al Sharaa ha impulsado una ofensiva diplomática que le ha permitido normalizar relaciones con países árabes y occidentales que durante años aislaron a Damasco. Incluso ha visitado al presidente Donald Trump en la Casa Blanca, un gesto impensable bajo Asad. Sin embargo, la estabilidad interna sigue amenazada por brotes de violencia sectaria, tensiones con fuerzas kurdas y la desconfianza de Israel, que mantiene operaciones militares en el sur del país.

A ello se suma un problema silencioso pero letal: las minas terrestres. Desde la caída del régimen, cientos de personas —incluidos muchos niños— han muerto o resultado heridas, un recordatorio de que la guerra aún deja víctimas incluso después de su final formal.

Asad en Moscú: del poder absoluto al aislamiento vigilado

Mientras Siria intenta rehacerse, Bachár el Asad vive un exilio tan discreto como simbólico. Tras huir a Moscú en diciembre de 2024, recibió asilo político bajo condiciones estrictas: retirada total de la vida política y silencio mediático. Según investigaciones periodísticas como la del diario alemán Die Zeit, el exmandatario reside ahora en un complejo residencial de lujo, con vigilancia permanente y libertad de movimiento limitada.

Lejos de los palacios presidenciales, su día a día transcurre en apartamentos protegidos, con visitas ocasionales a centros comerciales y “muchas”... largas horas dedicadas a videojuegos en línea, un detalle que ha captado la atención pública por su contraste con la devastación que dejó tras sí. La imagen del antiguo dictador convertido en un exgobernante aislado y vigilado resume, en cierto modo, el brusco final de una dinastía de cinco décadas.

El primer aniversario sin Asad no marca un cierre definitivo, sino un punto intermedio. Siria ha dejado atrás un régimen autoritario, pero no ha salido aún del ciclo de fragilidad. Las promesas de reconstrucción de Ahmed al Sharaa expresan una aspiración compartida por millones de sirios, mientras la realidad diaria recuerda que el camino será largo, costoso y políticamente delicado.

Un año después, el país avanza entre el deseo de normalidad y el peso de un pasado reciente que aún condiciona cada decisión. La caída de Asad fue el final de una era; la construcción de una Siria estable sigue siendo, por ahora, un proceso abierto. @mundiario