Irene de Grecia, testigo de un siglo convulso: exilio, música y compromiso

La reina Sofía, el rey Felipe VI, la princesa Leonor, la princesa Irene de Grecia y la reina Letizia. / RR SS.
Hermana menor de la reina Sofía y del rey Constantino, vivió entre dos países y dos épocas: la Grecia convulsa del siglo XX y la España que la acogió desde los años ochenta. Su vida, lejos de las convenciones, fue una mezcla de resiliencia, discreción y vocación de servicio.

La biografía de Irene de Grecia es, en esencia, una travesía por los vaivenes políticos y familiares que definieron a la realeza europea del siglo pasado. Nacida en 1942 en Ciudad del Cabo, durante el exilio de la familia real helena en plena Segunda Guerra Mundial, su infancia se construyó entre mudanzas constantes —hasta veintidós residencias diferentes en cinco años— y un entorno afectivo sólido pese a la inestabilidad. Su nombre, elegido por significar “paz” en griego, anticipaba quizá la serenidad que marcaría su carácter en la adultez.

Cuando tenía apenas cuatro años, el retorno de la monarquía a Grecia permitió a los tres hermanos —Sofía, Constantino e Irene— descubrir por primera vez su país. La vida en la corte ateniense trajo disciplina, formación exhaustiva y obligaciones protocolarias para los tres. La reina Federica imprimió una educación estricta pero cosmopolita: estudios en Grecia, música y arqueología para Irene y, posteriormente, bachillerato internacional en Salem (Alemania). La propia reina Sofía recordaría años después cómo su hermana pequeña imitaba todo lo que ella hacía, lo que llevó a que en casa le llamaran “copy cat”.

A pesar de las exigencias de la representación oficial, Irene mantuvo siempre un vínculo estrechísimo con sus hermanos, un lazo que se vio alterado cuando Sofía contrajo matrimonio con el entonces príncipe Juan Carlos de España. Aquel enlace no solo transformó la vida de la futura reina consorte, sino también la de Irene, que perdía a su compañera inseparable y, al mismo tiempo, veía abrirse un nuevo escenario personal. En esos años, la joven princesa cumplió con un papel institucional relevante y llegó a ser dama de honor en la boda del siglo celebrada en Atenas en 1962.

Pero el destino de la monarquía griega comenzó a torcerse tras la muerte del rey Pablo en 1964. Su hermano Constantino, demasiado joven para el desafío político que le esperaba, quedó al frente de una institución debilitada. Apenas tres años después, el golpe de los coroneles precipitó la salida de la familia real del país. Irene recordó siempre aquella madrugada de 1967 como una huida angustiosa, sin equipaje ni despedidas, rumbo a Italia. A partir de ese momento, el exilio se convirtió en la norma.

Roma fue durante un tiempo la base de operaciones, mientras que Constantino y su familia encontraban refugio en Londres. Irene y la reina Federica alternaron temporadas italianas con viajes frecuentes a la India, país que les ofreció un refugio espiritual y, al mismo tiempo, distancia política. Entre meditaciones, estudios de filosofía oriental y labores solidarias, Irene encontró un espacio personal lejos de las rigideces monárquicas.

Su vida tomó un nuevo rumbo a partir de los años ochenta, cuando la reina Federica falleció durante una estancia en Madrid. La princesa decidió quedarse en España, donde fue acogida en el Palacio de la Zarzuela. Aquello que nació como una estancia temporal terminó convirtiéndose en su hogar definitivo durante más de cuatro décadas. La convivencia con la reina Sofía reforzó un vínculo familiar indestructible y dio forma a una rutina discreta y alejada del boato.

En España, Irene volcó su actividad en proyectos humanitarios y culturales. Fundó la organización Mundo en Armonía, centrada en la ayuda a comunidades vulnerables en Asia, África y Europa. Su sensibilidad artística —especialmente hacia la música— se mantuvo intacta: había estudiado piano con la prestigiosa Gina Bachauer y actuado incluso en el Teatro Real. Sin embargo, su prioridad fue siempre el servicio a los demás. Sus sobrinos, tanto españoles como griegos, le decían cariñosamente “Pecu”, abreviatura de “peculiar”, una alusión a su carácter singular, excéntrico para algunos, entrañable para todos.

En 1981, Irene vivió uno de los episodios más tensos de la historia reciente española: el intento de golpe de Estado del 23-F. Estaba en la Zarzuela junto a la reina Sofía y recordaría años más tarde cómo ambas pasaron la noche en vela, reviviendo los ecos de los tanques que habían marcado su salida de Grecia.

Con los años, la princesa mantuvo una presencia constante en los eventos familiares, tanto en España como en Grecia. Nunca formó su propia familia, pero sí fue un pilar afectivo para la de sus hermanos. Admiraba profundamente a la reina Sofía, de quien destacaba la disciplina, la serenidad y su capacidad de trabajo.

La muerte del rey Constantino en 2023 supuso un duro golpe emocional, seguido poco después por la detección del deterioro cognitivo que ella misma comenzó a sufrir. En su última etapa, la reina Sofía se volcó en sus cuidados, fiel al pacto emocional que siempre mantuvieron: acompañarse hasta el final.

Irene de Grecia murió en Madrid en la intimidad de la Zarzuela, lejos de cámaras y ceremonias. Su despedida pone fin a una trayectoria que nunca se ajustó al molde tradicional de la realeza. Fue princesa sin corte, música sin escenario fijo, viajera forzada y voluntaria, y mujer libre en una institución que rara vez concede esa libertad. Su legado perdura en su labor humanitaria, en su serenidad contagiosa y en la huella luminosa que dejó en quienes la conocieron. @mundiario