Con ritmo y oficio, el genio de Asturias aprovechó el caos para lograr su mejor carrera del año
Fernando Alonso no corre con el coche más rápido ni el más estable, pero cuando los astros se alinean —o los rivales se estrellan—, ahí está él, sacando petróleo. En el GP de Canadá volvió a demostrar que su gen competitivo no entiende de edad ni de excusas: terminó séptimo, pero con aroma a podio moral.
El asturiano exprimió al máximo el AMR25 en una carrera compleja, marcada por estrategias divididas y neumáticos caprichosos. Apostó por dos paradas y atacó con todo en cada stint, sin mirar el retrovisor. Su mensaje por radio, directo como siempre, dejó claro que estaba ahí para correr, no para conservar.
La caída de Lando Norris fue el giro de guion que Alonso necesitaba. Sin alardes ni milagros, aprovechó el hueco como solo un veterano puede hacerlo. “Primero de los mortales”, se definió en unas declaraciones publicadas por Car and Driver. Porque sí, entre los Red Bull, Ferrari y McLaren, hay un mundo… y luego está Fernando, resistiendo como un samurái en tierra hostil.
Su resultado en Montreal no es solo una anécdota en la clasificación; es un aviso. Cuando el coche acompaña mínimamente, Alonso sigue siendo un depredador táctico, un piloto que ve las carreras con dos curvas de antelación. No es suerte: es instinto, es talento, es Alonso.
Mientras otros miran al futuro, supuestamente Lance Stroll por edad, él sigue ganando presente. No hace falta estar en el podio para dejar huella. Ciertamente, la victoria se la llevó George Russell y todas las miradas se centraron en la aberración de Lando Norris, pero la séptima plaza de Alonso sabe a gloria porque está construida con experiencia, agresividad controlada y un oficio que muy pocos conservan a su edad. El 14 no necesita épica: la lleva puesta. @mundiario