Manolo Parada: homenaje a una vida buena, generosa e imprescindible
Recuerdo ahora la vez en la que Manuel Seoane Parada nos soltó a dos o tres amigos aquello de “no niegues el bien a quienes lo necesitan, si en tu mano está hacerlo”. Yo me había quedado en el dicho popular de “haz bien y no mires a quién” y él nos aclaró que se trataba de un proverbio bíblico que venía a significar lo mismo. Manolo Parada lo practicaba hasta su máxima expresión: hacía bien y no miraba a quién. Era un hombre bueno y generoso. Amante de su mujer, Pepita, que parecía más parte de su cuerpo que de su familia, y de sus hijos. Profundamente religioso incluso en los momentos más duros, cuando ese Dios al que siempre tenía muy presente lo ponía a prueba. Y lo puso en demasiadas ocasiones. Mientras otros lo maldecíamos, él siempre tenía una palabra de consuelo que le permitiera buscar el lado positivo de una acción que solo tenía aristas negativas. Ser supernumerario del Opus supongo que marca, aunque ni siquiera sus correligionarios fueron justos con él. Pero todo lo perdonaba.
Manolo Parada fue el principal pilar sobre el que se levantó el Banco de Alimentos de Santiago, aunque él siempre quiso permanecer en un segundo lugar, alejado de los focos. Como decisiva fue su aportación para consolidar el Colegio Mayor La Estila en la capital gallega, también sin ser cara visible. Tanto en un lado como en el otro él trabajaba y aportaba mientras otros se encargaban de las relaciones públicas.
Pero este hombre bueno y generoso era conocido por su vinculación laboral en el viejo El Correo Gallego, al que dedicó 54 años de su vida. Allí hizo de todo, escalando peldaños a base de esfuerzo, dedicación y profesionalidad, pasando de aprendiz de cajista a jefe de distribución en la época dorada del rotativo compostelano cuando, tras el acuerdo con El Mundo, había que distribuir 40.000 ejemplares de cada uno de los dos periódicos. Manolo Parada era algo más. Era una de esas personas imprescindibles (sí, que hay personas imprescindibles) capaz de solucionar los problemas que se planteaban en esa compleja cadena de producción que es un periódico: ya fuera en los talleres, la redacción o la administración. Fueron 25 años juntos en la misma empresa en los que no había día que no se pronunciara aquello de “avisar a Manolo Parada”. Y Manolo aparecía para hacer bien sin mirar a quién.
Estoy convencido de que, cuando se tomó la decisión de que debía jubilarse (¡bien que se lo merecía tras 54 años trabajando!), aquel periódico empezó su cuesta abajo. Manolo tenía vocación, contactos, talento, profesionalidad y muchas ganas de seguir remando a pesar de su edad. Estaba en plena forma. Era imprescindible a pesar de que los focos jamás se fijaron en él. Todo se saldó con un simple pie de foto de cinco o seis líneas en el periódico que había ayudado a hacer grande, tras la cariñosa despedida que le dedicaron sus compañeros. Ni un reproche, solo agradecimiento salió de sus labios. Él era bueno y generoso.
Lo que vino después aún fue peor. Ese Dios al que tanto defendía se empeñó en truncarle los años que debían de ser de júbilo, si jubilación parte de esa raíz. Demasiados problemas físicos que la covid multiplicó y que lo situaron a las puertas del más allá. Se recuperó a medias, pero nunca perdió ni su fe ni su voluntad de seguir siendo útil. Nunca lo dijo, pero en su interior debió pensar algún día que ese Dios no había sido injusto, ya que él también permitió que crucificaran a su hijo. Ahora, eso espero, deberá hacerle un lugar a su lado; pocas personas habrá que lo merecieran tanto. Bueno, generoso e imprescindible.
Descansa en paz, Manolo, que brindaremos por ti. No tengas duda. @mundiario