Vivienda cara y beneficios elevados en un mercado cada vez más desigual
El mercado inmobiliario se ha convertido en uno de los espejos más nítidos de las tensiones económicas actuales. Mientras el precio de la vivienda supera los máximos de la anterior burbuja y los alquileres encadenan casi cuatro años de subidas, los márgenes empresariales del sector alcanzan cifras nunca vistas. Que una actividad registre una rentabilidad cercana al 33% no es solo un dato técnico. Es una señal de cómo se está repartiendo la riqueza generada en un bien esencial como la vivienda.
Conviene explicar qué significa exactamente ese margen. No se trata del beneficio final, sino de lo que queda tras cubrir costes básicos como salarios o suministros, antes de impuestos y otros pagos. Aun así, cuando de cada 100 euros ingresados más de 30 se convierten en excedente bruto, resulta legítimo preguntarse por qué sucede y quién asume el coste. En este caso, la respuesta apunta a un mercado con fuerte demanda, poca oferta y un modelo de negocio con bajos costes variables. La vivienda se revaloriza casi por inercia y ese incremento de valor no procede de un mayor esfuerzo productivo, sino del contexto.
Bancos y energía en la misma ola
El fenómeno no se limita al ladrillo. La banca y el sector energético también han vuelto a situar sus márgenes en niveles elevados. En el caso de las entidades financieras, el giro de la política monetaria del Banco Central Europeo desde 2022 explica buena parte del resultado. Subir el precio del dinero encareció hipotecas y préstamos, pero la remuneración del ahorro no creció al mismo ritmo. Ese desfase, unido a un mayor volumen de actividad, disparó los ingresos.
Aquí aparece una clave que suele generar dudas. ¿Es ilegítimo que estos sectores ganen dinero? No necesariamente. El problema surge cuando el beneficio extraordinario se apoya más en la coyuntura que en la innovación o en la mejora del servicio, y cuando sus efectos se trasladan al conjunto de la sociedad en forma de facturas más altas o acceso más difícil a bienes básicos. La energía, por ejemplo, mostró cómo una crisis puede convertirse en palanca de rentabilidad si no existen contrapesos suficientes.
El reparto de la tarta y sus consecuencias
El telón de fondo de estos récords es el reparto del valor añadido. Durante la pandemia, las medidas de protección sostuvieron los salarios mientras los beneficios caían. Con la inflación, la situación se invirtió. Las empresas trasladaron el aumento de costes a los precios con mayor rapidez que la subida de los sueldos, y el peso del trabajo en la tarta se redujo. Aunque la brecha se estrechó tras el pico inflacionario, la recuperación salarial se ha frenado antes de volver a los niveles previos.
La economía funciona como una balanza. Si un lado acumula demasiado peso durante demasiado tiempo, el sistema pierde estabilidad. El debate no debería centrarse solo en cifras récord, sino en cómo se corrigen los desequilibrios. Políticas de vivienda que aumenten la oferta asequible, una regulación financiera que incentive un reparto más justo y una negociación salarial acorde con la productividad son piezas de un mismo puzle. Ignorarlas equivale a aceptar que el crecimiento avance dejando a demasiados atrás, una estrategia que acaba pasando factura al conjunto de la sociedad. @mundiario