Tensión máxima en el golfo Pérsico tras el aviso de Irán sobre el estrecho de Ormuz

Estrecho de Ormuz. / RR SS
La escalada entre Irán, Estados Unidos e Israel ya no se limita a los bombardeos: ahora amenaza el corazón del comercio energético global. Teherán quiere imponer peajes y control militar en Ormuz, mientras crecen los ataques cerca de infraestructuras nucleares clave.

El estrecho de Ormuz es una franja de mar aparentemente pequeña, pero decisiva. Por allí circula una parte esencial del petróleo y gas que alimenta la economía global. Es, en términos simples, una arteria del sistema energético mundial. Cuando esa arteria se bloquea o se encarece, el impacto llega a todos los bolsillos, desde Europa hasta Asia.

Irán lo sabe y por eso ha decidido elevar el tono. Según declaraciones del portavoz de la Presidencia del Parlamento iraní, Abbas Goudarzi, el estrecho “nunca volverá a tener el estatus que tenía antes”. No es solo una frase. El Parlamento ha iniciado procedimientos para imponer un coste de navegación a los barcos que crucen la zona, pagadero en riales, y además Teherán sostiene que ningún país debería transitar sin su permiso.

El mensaje es claro. Irán quiere convertir la geografía en poder político. Si el conflicto se intensifica, Ormuz pasa de ser una vía internacional a convertirse en una moneda de cambio.

Ataques y riesgo nuclear en una región inflamable

Este giro no llega en el vacío. Se produce en medio de una ofensiva militar iniciada el 28 de febrero por Estados Unidos e Israel, según la versión iraní. Teherán asegura que su política ya no será ceder, sino resistir, y acompaña esa narrativa con hechos militares.

Las Fuerzas Armadas iraníes han afirmado haber derribado dos aeronaves estadounidenses, un A10 cerca del estrecho y un caza F35. Este tipo de anuncios siempre debe leerse con cautela porque la guerra también se libra en el terreno de la propaganda. Pero incluso si los detalles no se confirman, lo relevante es el escenario que dibujan: una escalada real, con capacidad de desbordarse.

Más preocupante aún es la denuncia de nuevos ataques cerca de la central nuclear de Bushehr, donde habría muerto un trabajador de seguridad. Aunque Irán afirma que no se han dañado las partes principales de la planta, el simple hecho de bombardear instalaciones nucleares o sus inmediaciones roza una línea roja internacional. No hace falta una explosión masiva para provocar pánico, basta con la posibilidad de un accidente radiactivo en una región densamente conectada por mar y comercio.

El precio lo pagan los de siempre

La pregunta clave es por qué Irán juega esta carta ahora. La respuesta está en el equilibrio de fuerzas. Cuando un país se siente acorralado militar y económicamente, busca un punto donde el adversario también sea vulnerable. Y Ormuz lo es para todo el mundo.

Pero el drama es que la factura no la pagarán ni los líderes militares ni los despachos diplomáticos. La pagarán las familias cuando suba la energía, la pagarán los transportistas cuando se encarezcan los combustibles y la pagarán los países pobres cuando el mercado global vuelva a temblar.

La comunidad internacional debería entender que la seguridad marítima no se protege con bombardeos ni con amenazas de bloqueo, sino con diplomacia real y con mecanismos multilaterales creíbles. Si Ormuz se convierte en un peaje de guerra, el mundo entero se quedará atrapado en esa misma tormenta. Y cuando el mar se llena de minas políticas, el naufragio suele ser colectivo. @mundiario