Los hutíes amenazan el mar Rojo y elevan el riesgo de una nueva crisis energética mundial

Paso marítimo conecta el mar Rojo con el océano Índico. / IA
Mientras el estrecho de Ormuz sigue tensionado, Bab el-Mandeb vuelve a situarse en el centro del tablero energético mundial. El reciente misil hutí contra Israel reabre el temor a ataques que podrían encarecer el transporte marítimo y presionar el precio del petróleo.

El mercado mundial del petróleo vive en una cuerda floja. Cuando el estrecho de Ormuz se convierte en un problema por tensiones con Irán, cualquier otro punto vulnerable del mapa pasa a ser una amenaza directa para la economía global. Y en esa lista hay un nombre que muchos ciudadanos desconocen, pero que puede acabar influyendo en su factura de la luz, en el precio del transporte y en el coste de la cesta de la compra: el estrecho de Bab el-Mandeb.

Este paso marítimo conecta el mar Rojo con el océano Índico y separa África de la península arábiga. Dicho de forma simple, es una puerta estrecha por la que circula una parte decisiva del comercio internacional. Si esa puerta se bloquea, el mundo entero lo nota.

Un estrecho pequeño con impacto gigante

En los últimos años, los hutíes de Yemen ya demostraron que no hace falta una gran armada para paralizar una ruta marítima. Basta con drones, misiles y ataques puntuales para que las navieras asuman que el riesgo es demasiado alto. El resultado es inmediato: desvíos, rutas más largas y costes disparados.

De hecho, los ataques iniciados a finales de 2023 redujeron el tráfico por la zona de forma drástica. Muchos buques tuvieron que rodear África por el cabo de Buena Esperanza, añadiendo miles de kilómetros y hasta dos semanas de viaje. Es como si, en una ciudad, cerrasen de golpe el puente principal y todos los coches tuvieran que dar un rodeo interminable.

Ahora, la tensión vuelve a subir después de que los hutíes hayan reconocido el lanzamiento de un misil contra Israel. Aunque no se han confirmado ataques recientes contra mercantes desde la tregua de Gaza de 2025, organismos marítimos internacionales advierten que la capacidad y la intención siguen ahí.

Arabia Saudí busca una salida y puede perderla

Arabia Saudí ha intentado amortiguar el impacto del cierre o bloqueo de Ormuz aumentando exportaciones por el puerto de Yanbu, en el mar Rojo, alimentado por el oleoducto Este-Oeste. Esta vía se ha convertido en un salvavidas parcial para enviar crudo hacia Europa por Suez o hacia Asia por Bab el-Mandeb.

Pero ese salvavidas tiene grietas. Si el mar Rojo se vuelve intransitable, el petróleo saudí pierde su ruta alternativa. El mundo, entonces, quedaría atrapado entre dos cuellos de botella: Ormuz y Bab el-Mandeb. Dos compuertas cerrándose a la vez.

Las consecuencias serían previsibles: subida del precio del crudo, aumento de los costes logísticos, presión inflacionaria y una nueva sacudida económica global, especialmente en Europa, más dependiente del suministro exterior.

El problema real es la fragilidad del sistema

La cuestión de fondo es incómoda: el sistema energético mundial está construido como una autopista con muy pocas salidas. Dependemos de rutas marítimas estrechas, vulnerables y fácilmente alterables por conflictos regionales.

Y aquí llega la reflexión inevitable, después de entender el contexto. No estamos ante un simple choque militar, sino ante una advertencia estructural. La energía sigue siendo un arma política y económica, y mientras la transición energética avance con lentitud, el mundo seguirá pagando el precio de cada misil lanzado en un estrecho lejano.

Europa debería leer esta crisis como una señal clara. Menos dependencia de combustibles fósiles, más inversión en renovables, almacenamiento y redes, y una política industrial capaz de reducir vulnerabilidades. Porque si el petróleo es la sangre del sistema actual, estos estrechos son arterias demasiado fáciles de cortar. Y cuando se cortan, la economía entra en shock. @mundiario