Los boomers son más pesimistas con la crisis de la vivienda que la Generación Z

Construcción de viviendas. / RR. SS.
Aunque poseen más inmuebles, los mayores de 60 años ven con más desesperanza el acceso a la vivienda que los jóvenes.

La crisis de la vivienda no solo ha reventado los bolsillos: también ha fracturado la percepción generacional sobre el futuro. En un país donde más del 80% de los mayores de 65 años tiene al menos una propiedad, sorprende que justamente ellos —los boomers y la generación silenciosa— sean los más pesimistas con respecto a la posibilidad de comprar una casa. ¿Cómo se explica esta aparente contradicción? ¿Por qué quienes ya lo tienen todo son los que más negros ven los nubarrones?

Los jóvenes, por el contrario, encaran un panorama que raya lo imposible. No tienen apenas propiedades, acumulan precariedad y, sin embargo, muestran una resiliencia casi desconcertante: el 21,7% de los encuestados de la Generación Z asegura que en su entorno ha aumentado el número de personas con capacidad para adquirir vivienda, frente al exiguo 5,6% entre los mayores de 60 años. La brecha no es solo económica: es emocional, es simbólica y es profundamente cultural.

Lo que se está erosionando no es únicamente el derecho a una vivienda digna, sino la confianza misma en la movilidad social. Los mayores, formados en un país que creció bajo la promesa del ladrillo y la propiedad como sinónimo de estabilidad, sienten ahora que ese modelo se ha roto. La vivienda, que fue símbolo de seguridad durante décadas, se ha convertido en un callejón sin salida. Y eso, para ellos, no solo es una crisis: es una traición histórica.

Es cierto que los datos son demoledores. Comprar una casa en España es hoy más caro que en plena burbuja: 2.086 euros el metro cuadrado, con una subida del 12,3% solo en el primer trimestre de 2024. Mientras tanto, el alquiler devora más del 40% del salario medio en muchas ciudades. Pero si bien los jóvenes viven esa dificultad en carne propia, son los mayores quienes la interpretan como un signo inequívoco de declive nacional. Porque para los boomers, la vivienda no era un objetivo: era el punto de partida.

El pesimismo de los boomers: herencia y desilusión

El resultado es un malestar transversal pero con grados de intensidad distintos. Los jóvenes están desilusionados; los mayores, desengañados. Esa diferencia es clave. La Generación Z —menos contaminada por los recuerdos de épocas de bonanza— percibe la precariedad como una constante, no como una anomalía. En cambio, los mayores comparan. Y esa comparación les devora.

Según la encuesta Termómetro 5D elaborada por 40dB. Para CincoDías y El País, la percepción más negativa en todas las dimensiones económicas la concentra la vivienda: 31 puntos sobre 100. Es decir, un pesimismo casi estructural. Pero esa cifra esconde algo más complejo: una pérdida de fe. Lo que angustia a los mayores no es no poder comprar, sino que el país entero parece haber renunciado a que las nuevas generaciones lo consigan.

Optimismo joven: ingenuidad o resiliencia

¿Significa esto que los jóvenes son ingenuos? No necesariamente. Su optimismo es relativo y a menudo forzado: una actitud de supervivencia más que una verdadera esperanza. Cuando el 41,5% de ellos admite que ve menos personas capaces de comprarse una casa que hace seis meses, lo que aflora no es cinismo, sino una adaptación psicológica al entorno. No se permiten caer del todo, porque no pueden.

La resiliencia, en este contexto, es casi una estrategia de defensa. Si no pueden acceder a una vivienda, reformulan sus prioridades. Se mudan al extranjero, comparten piso hasta los 40 o se resignan a alquilar de por vida. Para muchos mayores, esto no es entendible. Pero para los jóvenes, es simplemente la realidad.

La paradoja generacional en la crisis de la vivienda no es, en el fondo, tan paradójica. Mientras los datos muestran que los mayores acumulan la mayoría de los inmuebles, su visión está marcada por una herencia emocional que ahora se derrumba. Los jóvenes, en cambio, nacieron sobre los escombros de ese mismo modelo, y han aprendido a vivir entre sus ruinas sin mirar demasiado atrás. @mundiario