El BCE proclama un cambio de ciclo, pero la eurozona sigue en vilo

La presidenta del BCE, Christine Lagarde. / RR SS.
El Banco Central Europeo ha decidido dejar en pausa los tipos de interés en el 2%, proclamando así un cambio de ciclo tras años de ajustes bruscos.

El mensaje lanzado desde Fráncfort es claro: el BCE cree haber completado la parte dura del trabajo y entra en una fase de gestión más fina. Christine Lagarde ha presentado la decisión como una confirmación de que “el proceso desinflacionario ha terminado”, una frase que pretende transmitir control pero que, en realidad, abre más preguntas que respuestas. Porque si la inflación ya está en el 2,1%, ¿qué sentido tiene mantener los tipos tan altos cuando la economía europea sigue moviéndose a cámara lenta?

La institución parece atrapada en un dilema permanente. Por un lado, presume de cifras que invitan al optimismo: el desempleo se mantiene en mínimos históricos, la firma del pacto comercial entre Bruselas y Washington ha despejado la amenaza de una guerra arancelaria y las previsiones de crecimiento se revisan al alza, hasta el 1,2%. Pero, al mismo tiempo, el BCE sabe que un paso en falso puede reavivar la desconfianza de los mercados o encender una espiral inflacionista si los salarios siguen repuntando.

La pausa en los tipos no es, por tanto, una victoria definitiva, sino una tregua en un escenario plagado de incógnitas. El caso de Francia es especialmente delicado: la segunda economía de la eurozona arrastra un déficit descontrolado y una inestabilidad política que preocupa a los inversores. Lagarde evita señalar directamente a París, consciente de lo explosivo que resultaría, pero el aviso es evidente: si los líderes nacionales no hacen su parte, poco podrá hacer la política monetaria.

Otro frente abierto es el inmobiliario. El euríbor, muy sensible a las decisiones del BCE, podría estancarse o incluso repuntar, lo que afectaría directamente a millones de hipotecados en países como España. Esa presión social añade una dimensión política que Fráncfort no puede ignorar: un largo periodo de tipos altos puede calmar los precios, pero también erosionar el poder adquisitivo de las familias y frenar el consumo.

En el fondo, el BCE se enfrenta a un reto de credibilidad. Tras una etapa marcada por subidas y bajadas contundentes, ahora debe convencer a los mercados de que su nueva estrategia, más gradual y menos predecible, es la adecuada. De ahí que Lagarde insista en que cada reunión será “decisión a decisión”, sin comprometerse con una hoja de ruta clara. Una forma de ganar tiempo, pero también un síntoma de que no hay certezas sólidas.

Quizá la mayor paradoja es que, tras años de crisis encadenadas, la eurozona parece más estable de lo que muchos anticipaban. Y sin embargo, la sensación que transmite el BCE es de inquietud, como si cualquier chispa —una escalada en Rusia, un tropiezo en Francia o un nuevo sobresalto político en Estados Unidos— pudiera desbaratar el frágil equilibrio alcanzado.

La decisión de mantener los tipos en el 2% no debe leerse como el final del camino, sino como el comienzo de una etapa de vigilancia constante. El BCE ha pasado de bombero a vigilante de incendios, consciente de que el más mínimo descuido puede reavivar las llamas. La cuestión es si esa prudencia bastará para sostener la confianza de los europeos o si, como tantas veces, acabará llegando demasiado tarde. @mundiario