El armisticio económico entre Pekín y Washington supone un alivio pero no una solución

Scott Bessent, secretario del Tesoro de los Estados Unidos. / RR SS.
El acuerdo provisional alcanzado en Ginebra entre Washington y Pekín supone un alivio temporal en una guerra comercial que ha costado miles de millones y desestabilizado mercados globales.

Durante más de un lustro, las relaciones comerciales entre China y Estados Unidos han oscilado entre la tensión crónica y los paréntesis estratégicos. Esta vez, el paréntesis dura noventa días. La tregua sellada en Ginebra es significativa por su simbolismo más que por su profundidad: ambos países han acordado rebajar sustancialmente sus aranceles mutuos, pero siguen sin abordar de fondo los desencuentros estructurales que convirtieron el comercio bilateral en un campo de batalla político.

La decisión de Washington de reducir los gravámenes a productos chinos del 145% al 30% supone una marcha atrás notable en la escalada arancelaria iniciada por la administración Trump, quien justificó en su momento el endurecimiento de tarifas como respuesta a la deslocalización industrial y a las prácticas comerciales de Pekín, especialmente en lo relativo al robo de propiedad intelectual y a las subvenciones estatales. Por su parte, China ha rebajado los aranceles a productos estadounidenses del 125% al 10%, una muestra de reciprocidad matizada pero también estratégica, en un momento en que su economía atraviesa una desaceleración visible.

Este nuevo acuerdo llega cuando las presiones internas y externas se acumulan sobre ambos gobiernos. En Estados Unidos, los efectos colaterales de la guerra comercial han tensionado las cadenas de suministro, encarecido productos básicos e irritado a una parte del sector empresarial tradicionalmente aliado con los republicanos. En China, las exportaciones han caído y el impacto acumulado de las sanciones estadounidenses se deja sentir en sectores clave como el tecnológico o el automotriz. La tregua parece, por tanto, más un gesto de necesidad que una muestra de voluntad duradera.

Aunque el presidente Trump ha intentado vender el acuerdo como una victoria estratégica, el contenido real del pacto sugiere un compromiso de mínimos. En su comparecencia tras la firma, el mandatario dejó claro que los aranceles sobre productos clave —como el acero, el aluminio y los automóviles— se mantienen intactos, y se reservó el derecho a imponer nuevos gravámenes sobre el sector farmacéutico. Lejos de un deshielo pleno, el pacto parece una maniobra para ganar tiempo, quizás con la vista puesta en la campaña electoral que ya asoma en el horizonte estadounidense.

Más allá de las cifras arancelarias, el texto conjunto firmado por ambas partes incluye un compromiso vago de seguimiento mediante un mecanismo bilateral de diálogo económico. Esta promesa recuerda a iniciativas anteriores que nunca llegaron a consolidarse. La experiencia de 2018, cuando se firmó un acuerdo que acabó en papel mojado, invita al escepticismo. Como entonces, las diferencias de fondo —sobre subsidios estatales, competencia leal o acceso al mercado— siguen sin resolverse.

La foto de la tregua, tomada en la embajada estadounidense en Ginebra, contrasta con el tono beligerante que ambos países han adoptado en los últimos meses. El vicepresidente chino, He Lifeng, y el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, han intentado presentar el encuentro como un avance "sincero y constructivo". Pero tras la cordialidad diplomática se esconde una tensión larvada que ni noventa días ni unas cuantas concesiones pueden disipar.

De hecho, los mercados han reaccionado con alivio pero no con entusiasmo. El recuerdo de treguas anteriores que desembocaron en nuevas hostilidades pesa como una losa sobre cualquier intento de estabilización. Las declaraciones de Trump, que aún habla de "desconexión parcial" con China y lanza advertencias veladas, no contribuyen precisamente a generar confianza.

En el fondo, esta breve tregua plantea más interrogantes que certezas. ¿Qué ocurrirá cuando expire el plazo de 90 días? ¿Es este el primer paso hacia una nueva arquitectura comercial entre las dos grandes potencias o simplemente un respiro táctico en una guerra prolongada? ¿Están Trump y Xi dispuestos a retomar un diálogo realista, o solo intentan rebajar la presión a corto plazo sin renunciar a sus postulados de fondo?

Lo acordado en Ginebra parece un pacto por conveniencia, no una reconciliación estratégica. Y como ocurre con todo alto el fuego precario, su éxito dependerá no tanto de la firma como del cumplimiento, y no tanto del alivio momentáneo como de la voluntad de resolver lo que realmente divide a los colosos del comercio mundial. La cuenta atrás ha comenzado. @mundiario