Sin fútbol ni alma en el Estadio de San Mamés
Lo de San Mamés fue una final europea sin pulso, sin magia y con más errores que aciertos. El Tottenham levantó la Europa League, sí, pero lo hizo sin necesidad de mostrar fútbol de altos quilates y aprovechando un autogol grotesco de Luke Shaw para firmar el título más descafeinado que se recuerda en la competición. Más que una final, fue un trámite.
Lo del Manchester United roza lo patético. Un gigante del fútbol europeo que suma su segunda derrota consecutiva en una final de esta competición y que, bajo el mando de Rúben Amorim, sigue en construcción… o directamente en ruinas. Ni Bruno Fernandes, ni Casemiro, ni Garnacho —quien solo vio acción en la segunda parte cuando Amorim se dignó a utilizarlo—, todos desaparecidos cuando más se les necesitaba.
La ocasión más clara del partido fue una cantada de Vicario, salvada en la línea por Van de Ven con un gesto acrobático que queda como único destello de calidad del encuentro. Todo lo demás fue miedo, especulación y balones colgados al área sin sentido. Una final de nervios pero sin fútbol, que no pasará a los anales por su belleza ni por su emoción.
El Tottenham, eso sí, encuentra un bálsamo inesperado en una temporada caótica. Ange Postecoglou, discutido y casi defenestrado durante el año, se saca una Europa League de la chistera que quizá le salve el cargo. El milagro de los Spurs refleja esta temporada surrealista del fútbol inglés, donde ganar un título parece más cosa de azar que de constancia.
San Mamés merecía más. Bilbao, su gente y el entorno histórico de La Catedral esperaban una noche de gloria europea con goles, épica y emoción. En su lugar, se encontraron con una batalla torpe, con sabor a Premier en horas bajas y aroma de final sin alma. El fútbol, esta vez, se quedó fuera del estadio. Dentro solo hubo resultado. @mundiario


