La sede del Filmin amanece con pintadas tras el boicot por un documental del procés

La sede vandalizada de Filmin, este martes. / RR. SS.
Las pintadas han llegado después de una campaña de boicot a través de las redes sociales por la inclusión en el catálogo de Filmin del documental Ícaro: la ciudad en llamas.

La fachada de Filmin en Barcelona apareció este martes con un mensaje inequívoco: “Filmin: colaboracionistas con la represión española”. No fue solo un acto vandálico. Fue la materialización física de un conflicto que llevaba días incubándose en redes sociales y que ha terminado por trasladar al espacio urbano una guerra cultural latente en Cataluña desde 2017. La distribución de un documental sobre los altercados del procés, con testimonios de agentes de la Policía Nacional, ha convertido a la plataforma audiovisual en el último blanco de una batalla política que se libra también en el terreno simbólico.

El episodio tiene todos los ingredientes de la polémica contemporánea: redes sociales, boicot organizado, señalamiento público y un debate de fondo sobre los límites de la libertad cultural. Filmin, una plataforma históricamente asociada al cine independiente y al apoyo a la cultura catalana, se ha visto de pronto encajada en un relato que la acusa de traición ideológica. Las pintadas, firmadas por el colectivo independentista de extrema derecha Nosaltres Sols!, no son solo una protesta: son una advertencia.

El documental en cuestión, Ícaro: la ciudad en llamas, se estrenó en el catálogo el pasado 9 de enero. Lejos de pasar desapercibido entre los más de 13.000 títulos de la plataforma, se convirtió rápidamente en objeto de críticas y llamadas a darse de baja. El motivo no fue tanto su calidad cinematográfica como su enfoque: dar voz a policías nacionales desplegados en Barcelona durante los disturbios posteriores a la sentencia del procés en 2019.

Jaume Ripoll, cofundador y director editorial de Filmin, reconoció que no visionó el documental antes de su inclusión y que, de haberlo hecho, probablemente no lo habría incorporado al catálogo. Aun así, según explica al diario EL PAÍS, la empresa se ha negado a retirarlo antes de que expire el contrato el 31 de enero, defendiendo una idea incómoda pero central: programar una película no equivale a asumir su discurso.

Cuando la cultura se convierte en campo de batalla

Lo ocurrido con Filmin no es un caso aislado, sino un síntoma. En una sociedad polarizada, la cultura deja de ser un espacio de reflexión para convertirse en trinchera. El documental no solo narra unos hechos; reactiva una herida que sigue abierta para una parte de la sociedad catalana. En ese contexto, cualquier mirada que no encaje en un relato hegemónico es percibida como una provocación.

La reacción contra Filmin revela hasta qué punto el consumo cultural se ha cargado de significado político. Darse de baja de una plataforma ya no es solo una decisión económica: es un gesto identitario.

El dilema de las plataformas: ¿curar o censurar?

Filmin ha construido su prestigio sobre la diversidad de miradas y el riesgo editorial. Pero este episodio expone el dilema al que se enfrentan las plataformas culturales: ¿hasta dónde llega la responsabilidad de filtrar contenidos? ¿Debe una empresa anticipar la reacción política a cada obra que programa?

La compañía ha insistido en que no censura por orientación ideológica, una afirmación que choca con la presión social creciente para “tomar partido”. El problema es que, en el clima actual, la neutralidad se interpreta como complicidad.

El boicot como nueva forma de presión política

Las pintadas y el boicot digital forman parte de una misma lógica: señalar, desgastar y forzar rectificaciones. Nosaltres Sols! no solo reivindicó la acción, sino que advirtió de futuras consecuencias. Es una estrategia conocida, donde la intimidación simbólica busca disciplinar a actores culturales que se salen del marco aceptado.

Filmin, de momento, descarta denunciar y minimiza el impacto económico. Pero el mensaje ya ha sido enviado: nadie está completamente al margen del conflicto.

Paradójicamente, Filmin ha sido durante años uno de los grandes escaparates del audiovisual catalán. Sus producciones originales, festivales y apoyo al cine de autor la han convertido en una referencia del sector. Que ahora sea acusada de “colaboracionista” evidencia la radicalización del debate y la fragilidad del consenso cultural. @mundiario