El planeta de los autores: crónica anunciada y no escuchada
Hay modas peores, sin duda. Hubo una época en que lo que se llevaba era coleccionar sellos, hacer macramé o aprender esperanto para impresionar en tertulias con incierto futuro amoroso. Pero ahora lo que da prestigio no es hablar ni callar, sino publicar. En estos días todo el mundo escribe un libro. El panadero de la esquina ha sacado unas memorias tituladas “Migas de mi vida”; el cuñado del ministro anuncia en redes una trilogía erótica con un yeti ilustrado; y hasta los adolescentes, que ya no leen ni los menús del restaurante, se autoproclaman narradores “transmedia” con tres capítulos y una autoedición digital.
Lo sorprendente no es la abundancia de autores, sino la escandalosa escasez de lectores. Pareciera que la humanidad hubiera decidido partirse en dos: los que escriben y los que fingen haber leído a los que escriben. Si seguimos a este ritmo, en un par de generaciones la especie humana estará compuesta únicamente por gente con un libro propio, dedicándose a no leerse entre sí. Asistimos, pues, al triunfo del narcisismo impreso. Una imprenta en cada ego.
La democratización digital prometía dar voz a todos. La realidad es que ha dado volumen. Lo que antes era el murmullo de una minoría de escritores apasionados, hoy es una cacofonía global de prólogos y dedicatorias. El sueño ilustrado de la cultura universal ha degenerado en una red de autopromoción donde cada autor es su propio crítico, agente y público. Nadie corrige a nadie: solo se felicitan con emojis.
En tiempos del papel costaba —económica y moralmente— publicar. Había filtros, editores con mal humor, correctores que fumaban con desesperación ante las faltas de ortografía. Hoy ya no. Las plataformas se abren de par en par: subes un PDF y un par de selfies y te alistan en el panteón literario de los 3,99 euros. La autoedición es la nueva lotería: todos juegan, pocos leen el boleto.
Por supuesto, las editoriales tradicionales tampoco se libran. Algunas han descubierto que no necesitan buscar talento, solo seguidores. Si un influencer con trescientos mil fans promete contar su “viaje interior hacia la autoestima”, el contrato llega antes que el borrador. La literatura se vende por kilo de visibilidad. Escribir bien importa menos que producir ruido.
Y ahí llega la inteligencia artificial, la gran democratizadora final. Hasta hace poco el mayor desafío consistía en juntar sujeto y predicado sin que uno asesinara al otro. Ahora basta dictar unas indicaciones para obtener novelas enteras. Relatos, poemas, biografías inventadas: todo al instante, sin desvelo ni inspiración. El escritor humano —esa criatura que agonizaba frente al folio en blanco— ha sido degradado a community manager de su propia impostura.
Los viejos románticos del oficio aún se indignan. Dicen que la IA mata el alma literaria, como si la mayoría de los autores de hoy la hubieran tenido. Más bien parece que la inteligencia artificial ha llegado para igualar el nivel del mercado: si todos escriben como máquinas, ¿por qué no delegar en una que además escribe más rápido?
El resultado es un paisaje desolador donde las librerías parecen cementerios de lanzamientos. Montañas de ejemplares se acumulan aguardando compradores imaginarios. Las presentaciones de libros se han convertido en actos de performance emocional: un grupo de familiares, algún curioso despistado y el inevitable moderador que no ha pasado de la sinopsis en la contraportada. Todos aplauden, nadie pregunta. Una celebración vacía, aunque llena de fotos para subir a Stories.
El lector, una especie en vías de extinción, vaga confundido entre títulos idénticos, portadas generadas por algoritmos y sinopsis escritas con gerundios bélicos (“descubriendo mientras huye, amando mientras muere”). Busca algo de profundidad y encuentra un océano de mediocridad tan extenso como superficial. Leer se ha vuelto deporte de riesgo: nunca sabes si al abrir el libro estás cayendo en una trampa semántica.
Las librerías independientes sobreviven gracias al merchandising y al café, no a las letras. Algunas ya anuncian “clubes de lectura rápida” donde los asistentes no leen, sino que comentan la reseña de Amazon. La conversación cultural se ha vuelto un eco remoto, sustituido por tendencias, reseñas automáticas y microvideos de tres segundos explicando el sentido de la existencia mediante un filtro de gatito.
Conviene reconocer que el problema no es solo cuantitativo. La ironía del siglo XXI es que, en medio de tanta supuesta creatividad libre, se escribe menos que nunca sobre las cosas verdaderas. Hay infinitos textos, pero pocas ideas. Se recicla todo: las tramas, los tópicos, las metáforas; incluso los errores ortográficos parecen de herencia colectiva. Cada autor se proclama “único” y, sin embargo, todos suenan igual, como clones del mismo suspiro pretencioso.
La literatura era —se suponía— un modo de entender la experiencia humana. Hoy es un branding personal. Antes se escribía para testimoniar el mundo; ahora, para conseguir notoriedad. Donde antes había drama existencial, hoy hay “identidad de marca literaria”. Y como en todo mercado saturado, el ruido ahoga a los verdaderos.
La IA, lejos de corregir el desastre, lo acelera. No porque escriba mejor o peor, sino porque no se cansa. Multiplica lo mediocre con eficiencia de hormiguero. Produce novelas de salón, poemas de autoayuda, ensayos de falsedad algorítmica. Y el lector, al enfrentarse a semejante torrente de contenido, pierde el sentido del gusto. Todo empieza a parecer “correcto”, y lo correcto es el nivel más bajo de lo soportable.
Quizá dentro de unas décadas los historiadores literarios hablen de esta época como del Gran Diluvio de Manuscritos. Dirán que fue una catástrofe estética donde millones de libros compitieron por la atención de una audiencia inexistente. Cada autor dejó su testimonio, pero nadie lo leyó. Las bibliotecas, saturadas, almacenaron datos y no literatura. Y entre todos, el arte de escribir —esa vieja alquimia entre la palabra y el silencio— se disolvió en la nube.
Sin embargo, algo resistirá. Siempre habrá algún lector furtivo, un viejo con ojeras que aún recuerde el placer de subrayar una frase verdadera. Tal vez alguno encuentre, entre toneladas de ruido digital, un libro que respire. Pero serán reliquias —esas raras ocasiones en que la palabra, milagrosamente, sigue teniendo alma—.
Mientras tanto, las redes seguirán llenas de “autores”, los algoritmos seguirán produciendo frases de sobremesa y las editoriales, convertidas en fábricas de humo, seguirán adornando su mediocridad con campañas de lanzamiento. Nadie se detendrá a pensar que la sobreabundancia de escritores es, paradójicamente, una señal de que escribir ya no importa.
La ironía final es que la verdadera inteligencia —la humana— se ha rendido con gusto. Porque escribir de verdad exige tiempo, ambigüedad, duda: todo aquello que el mundo actual detesta. Resulta mucho más cómodo simular talento que perseguirlo. Así que el negocio florece: cada ego tiene su libro, cada libro su olvido instantáneo.
Y cuando la Inteligencia Artificial acabe perfeccionando la novela rentable, cuando genere automáticamente los “best sellers” del futuro, los humanos podrán dedicarse a lo que mejor saben: felicitarla en redes. Ya lo están ensayando. Como buenos literatos de la era moderna, posarán sonrientes frente a su creación, con un ejemplar recién impreso, y debajo escribirán:
“Gracias a la IA, por ayudarme a cumplir mi sueño de ser escritor”.
Y la literatura —esa pobre anciana que hace siglos fue arte— se revolverá en su tumba pixelada, preguntándose quién la mató. @mundiario