Los leones de las Cortes o el mito de Hipómenes y Atalanta

Leones del Congreso. / RR SS.
Los primeros leones que presidieron el Congreso fueron encargados a Ponciano Ponzano, escultor de renombre y muy del gusto de la Reina Isabel II.

Quién no ha quedado fascinado al contemplar a estos majestuosos e impresionantes leones que, ferozmente, custodian las Cortes Generales. Sin embargo, estos no son los primigenios leones, antes que ellos hubo otras dos parejas de felinos defendiendo el hemiciclo.

En el año 1843, en el antiguo solar del convento del Espíritu Santo, Isabel II coloca la primera piedra de lo que se conocerá como el Palacio de las Cortes. La escalinata del Congreso se remata con un par de farolas, quedando el conjunto bastante simple. A petición de los parlamentarios, se decide colocar un par de leones, animal noble y símbolo de la monarquía, para así dotar a la escalinata de un aspecto más solemne. La Comisión de Gobierno Interior será la encargada de llevar a cabo el proyecto.

Los primeros leones que presidieron el Congreso fueron encargados a Ponciano Ponzano, escultor de renombre y muy del gusto de la Reina Isabel II, pero en tan sólo un año desde su colocación nos quedamos sin ellos. El motivo es que fueron realizados en yeso y pintados con betún de judea para imitar el bronce. Las esculturas debían ser algo provisional, puestos ahí para la inauguración y posteriormente reemplazados por otros de un material más noble, pero nunca fueron retirados hasta su total deterioro.

Después del estrepitoso desastre, se apuesta por un material más duradero, así llegan los leones percusores de los actuales, los llamados “leones de piedra blanca de Colmenar”. Su autor fue José Bellver.

Curiosamente esta pareja de leones no llegaron a colocarse nunca por el rechazo que causaron desde el primer momento. Con su aspecto infantil y aniñado no cumplían las premisas del encargo especificándose en el proyecto que debían ser imponentes y sobrecogedores. Para los madrileños parecían “perros rabiosos” y los bautizaron con el apodo de “Benavides y Malospelos”, personajes de un cuento de crítica política de Leopoldo Alas Clarin. Tanta mofa causaron que incluso acuñaron un término que ha llegado a nuestros días “perra gorda y perra chica” y que aplicaron a dos monedas que acababan de surgir, de cinco y diez céntimos, con un león grabado en el reverso. Esta pareja de leones fue trasladada a Valencia, donde siguen en la actualidad, y ubicados en los Jardines de Monforte.

Ahora sí, como dice el dicho a la tercera va la vencida, y se volvió a apostar por Ponciano Ponzano que esta vez hizo los leones con otro material, nada más y nada menos que con el bronce de los cañones fundidos del enemigo derrotado en la Batalla de Wad-Ras. La fundición se llevó a cabo en la Real Fábrica de Artillería de Sevilla en 1865, como así consta en su base. Estos leones sí gustaron y recibieron innumerables alabanzas. Tan gallardos y valerosos resultaban que se les apodó Daóiz (el de la derecha) y Velarde (el de la izquierda), los nombres de los capitanes y héroes del levantamiento del 2 de mayo de 1808.

En agosto de 2012 Canal Historia revela que uno de los leones del Congreso de los Diputados de Madrid carece de testículos y se ofrece a colocárselos, ofrecimiento rechazado por el Ministerio de Cultura, al considerar que no era buena idea hacer añadidos a una pieza escultórica de más de un siglo de antigüedad. No obstante, este hecho ya fue conocido en 1985, año en que los leones son restaurados. Al bajarlos de sus pedestales y colocarse en el interior de las Cortes, los parlamentarios quedan sorprendidos al descubrir que a uno de ellos le falta el saco escrotal.

Es posible que su autor, quien los dotó de una impronta más que notablemente fiera y masculina, hubiese olvidado añadirle a uno de ellos ese "pequeño detalle", o quizás Ponzano quiso representar algo más que dos leones. Para llegar a conocer la razón de la falta de testículos, se debe seguir una serie de pistas.

La primera la encontramos en el peso de las esculturas, uno pesa 2668 kg mientras que el otro, el que no tiene atributos masculinos, pesa 2219 kg. Está diferencia haría pensar que el autor hizo mal sus cálculos a la hora de distribuir el bronce entre ambos o ¿quizás quiso representar a animales de morfología distinta?

Otra pista la hallamos en el hecho de que los leones no se miran, dándose ambos la espalda, lo que nos lleva a la última pista que la encontramos a pocos metros del Congreso, en otra pareja de leones, que tampoco se miran y que se encuentran uncidos al carro de la diosa Cibeles. Esta fuente parece que sirvió de inspiración al autor de los leones de las Cortes y lo que realmente representó fue el mito de Hipómenes y Atalanta.

Atalanta significa "la de alados pasos". Abandonada, por su padre, al nacer en el monte Partenio. Sobrevive al ser amamantada por una osa y posteriormente encontrada por unos cazadores que se ocuparan de su crianza. La niña crece como una fémina indómita, consagrada a Artemisa y notable cazadora.

Al igual que la diosa a la que sirve, desea mantenerse virgen. Rechaza toda propuesta de matrimonio e impone una dura prueba a cuántos pretendientes osan acercársele: anuncio que sólo se casaría con aquel que logre ganarla en una carrera pedestre; por el contrario, si ella alcanzaba la victoria, entonces daría muerte a su rival. A pesar de que la joven concedía ventaja a sus oponentes al comienzo de la competición, sus atléticas habilidades la hacían invencible.

Hipómenes, descendiente de Poseidón, quedó enamorado de Atalanta y quiso competir contra ella. Para derrotarla pidió ayuda a la diosa Afrodita que, ante los ruegos del enamorado muchacho, cede y le entrega tres manzanas de oro procedentes del Jardín de las Hespérides, aconsejándole que cada vez que Atalanta vaya a alcanzarle deje caer una de las preciosas frutas, a cambio le pide que si gana la carrera queme incienso en honor a ella. Comienza la carrera y el joven actúa según los consejos de la diosa, así, Atalanta seducida por la belleza de las manzanas, se detiene a recogerlas cada vez que Hipómenes le arroja una, resultando ser el ganador de la carrera. Ante la emoción de haber ganada la mano de su amada Atalanta, olvida quemar el incienso prometido a Afrodita que ofendida tomará venganza contra él.

Afrodita, diosa de la lujuria, provoca un deseo irrefrenable en ambos jóvenes amantes que tendrán su primer encuentro sexual en un templo dedicado a la diosa Cibeles. Al enterarse esta última de que su santuario ha quedado mancillado, entra en cólera y castiga metamorfoseando en leones a los dos jóvenes amantes, quedando estos atados a su carro para siempre, y obligándoles a que cada uno hacia un lado sin posibilidad ninguna de volver a cruzarse una mirada. @mundiario