La isla del padre, de Fernando Marías, una biografía que compite con el duelo

Porque el tributo al padre es tomar conciencia de que escritura y existencia van de la mano, y Fernando Marías ha encontrado en esa condición la clave de todo creador; la formulación de todas las incertidumbres.
La isla del padre, de Fernando Marías./ Cadena Ser
La isla del padre, de Fernando Marías./ Cadena Ser

A Espido Freire

Es la isla la que finalmente te ve y no al contrario.

Lo que Fernando Marías propone en estas memorias a partir de la muerte de su padre es ese tributo que muchos creadores rinden a su progenitor como una forma de competir con el duelo. Se busca en el padre las promesas incumplidas, los fracasos acumulados, la madurez de una existencia que carece del vitalismo que la juventud preludiaba,. El padre como pre-texto de la decadencia que significa la longevidad y como pretexto para confesar que el idealismo, si bien es necesario para mantenerse a flote, siempre es rebasado por la carnadura de los desengaños.

En La isla del padre, publicada por Seix Barral, Fernando Marías habla de las aspiraciones de su padre, de ese sueño cumplido de ser marino, de la enfermedad, de la anagnórisis que representa la agonía del progenitor, pues, en ese instante, el hijo descubre su propia mortalidad. Ese carácter fragmentario y anárquico de los capítulos reproduce el propio flujo de los recuerdos que tratan de aprehender la épica de una figura que, para el autor, pese a su fragilidad y sus vicios, se convierte en un referente inspirador. Porque el tributo al padre es tomar conciencia de que escritura y existencia van de la mano, que Marías ha encontrado en la figura paterna la condición clave de todo creador y que no es otra que la formulación de incertidumbres. Incertidumbres que, paradójicamente, nutren la carencia de la que fue objeto el autor al no comprender que lo efímero es inherente al ímpetu y al vigor de cualquier héroe: los escenarios de guerra, la aventura en alta mar, las largas ausencias, el oprobio que supone recordar con la sinceridad que se puede cada una de esas acciones, a sabiendas de que ya nada podrá ser restituido para que ocurra de otra manera.

Demasiado hace la escritura para mediar entre el estímulo de la vivencia y su representación semántica, tangible para un lector que experimenta lo mismo, porque esa biografía que escribe Marías usurpa la de otros padres, como también hace Marcos Giralt Torrente en Tiempo de vida o el escritor turco, Orhan Pamuk, en La maleta de mi padre: "Los libros tienen vida propia. Y mientras su autor, ese privilegiado cómplice, los escribe luchan todo el tiempo por sus derechos y por su esencia, igual que antes de empezar se han debatido consigo mismos decidiendo si quieren ser escritos o no" (pág. 49). En ese trance que supone reconstruir la vida del padre, Marías también descubre que ahí radica uno de los orígenes de este ejercicio: el exorcismo de sus demonios.

Lo confesional aparece aquí para declarar que la escritura comprende la fragilidad del que recuerda, relega sus vicios a un segundo plano y cierra heridas que se amparaban demasiado en el yo, en una egolatría que vence al conversar con el pasado. Allí, sus ancestros lo miran de arriba a abajo y no hay temor a que sea descubierto como un ser susceptible al dolor de las ausencias y también de los excesos: "Ser aventurero puede ser mortal, un riesgo extra añadido de forma voluntaria al destino de muerte ineludible que de por sí implica estar vivo. (...) Lo fui y lo soy, aquí me estoy viendo en el espejo: ese ínfimo, anónimo y algo destartalado navegante de los barrios céntricos de Madrid (...), resignado a una serenidad que he logrado alcanzar tras decenas de travesías de muerte sobre el asfalto. Fui emboscado por la tentación autodestructiva, las incertidumbres del caminante solitario, la miseria, los espejos del fracaso, el riesgo diario del derrumbamienro moral, la desesperanza o la sed de fuego en la que casi me exterminé" (págs. 103-104). 

El padre es inmortal en el hijo y el hijo empieza a ser mortal cuando el padre muere: "Permanecí un rato parado en la Gran vía, junto a la plaza de España, antes de subir por la calle Princesa camino de la facultad. Solo otra vez, después de aquella, volví a agarrar la mano de mi padre. Fue treinta y cinco años después, en su lecho de muerte" (pág. 167). Después de la lectura, queda esa sensación de orfandad en la que nos quedamos todos a los que hemos perdido a nuestro padre (yo lo perdí cuando aún había cumplido sus cincuenta y seis años), una sensación de orfandad en el que la escritura intenta cerrar aquello que nunca se dijo, porque la autoridad del padre está confinada a la austeridad de los sentimientos, a un poder hasta el punto omnímodo en el que cualquier atisbo de ternura está vetado.

Y entonces la escritura se inviste de sinceridad y compromiso, y del reconocimiento, en el caso de Fernando Marías, de un padre que exploró islas, que escribió sobre ellas, que trazó mapas sobre su ubicación y sus contornos; una metáfora crucial para convertir al hijo en Telémaco y al padre en un Odiseo que trama su propio destino, en ocasiones, al margen de los suyos. Por eso, las islas nos ven antes a nosotros. La realidad del padre determina la escritura del hijo, una escritura que no cierra heridas. Ni puertas, sino que se abre al esplendor y al ocaso que supone el ejercicio de crear sin voluntad de cambiar nada: "Inicio el descenso./ Sin prisa, sin miedo./ Contar es cerrar./ Excepto cuando contar es abrir" (pág. 278).

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