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El lenguaje discursivo de Mariano Rajoy y del PP contiene una peculiar poética afectiva

Marcus Daniel Cabada | 26 de enero de 2018

Ilustración de Mariano Rajoy. / Raúl Arias
Ilustración de Mariano Rajoy. / Raúl Arias

El silencio hablado de legislar se compone de síntesis discursivas: algunas más rebatibles; otras, como el reciente “no nos metamos en eso” del presidente del Gobierno, más que inoportunas para la democracia. “¡Metámonos, aunque a ellos les inoportune!”.

Existe cierta mística, o sístole de purificación, en la senda de la palabra con fin político. En la índole de su trascurso, el proceso es mecánico: cuando el labio se revela, inconsciente ante la fricción del sonido, se sabe hacedor de un método de persuasión de ética hablada para la condición humana. Rajoy, por ejemplo, se emplea enfervorizado y optimista en su labor con el lenguaje. Cuando lo deshilvanaba —por poner un caso— en una rueda de prensa de finales del 2013, optó por agradecer sistemáticamente la “comprensión, sentido común, coraje y responsabilidad” de los españoles contra las afrentas de la crisis. Podemos observar que, suscrita en materia de arbitrio y a instancias de un tiempo de cólera aún hoy momificado, las palabras resuenan entre alegorías caramelizadas: “Tan dura, larga y difícil”, decía, que “sólo bastaba la paciencia” ante las contiendas de austeridad.

Toda una serie de núcleos temáticos épico-medievales de enaltecimiento de esa batalla. Es decir: un lenguaje bélico en términos políticos, de persuasión contra una realidad que, más allá de los desajustes económicos, había dejado tras de sí una rémora no simpática de desahucios, hambruna, paro, recortes en educación, sanidad y cultura, malversación de prensa o corrupción.

Otras veces, los símbolos son más explícitos. A finales de 2017, por ejemplo, Rajoy transfiguró rabioso de la entraña que vivíamos “los mejores años de nuestra historia”

Pero daba igual: el hecho no fue extraño si consideramos que la palabra, ya desde edades tempranas, tiende a las cortinas de persuasión incluso contra la verdad, cuya morfología debe ser interpretable como un instrumento ético para retraer a escala humana las realidades comprendidas y, por consiguiente, para contrarrestar la falsedad y la apariencia. (Incluso en poesía, donde la palabra no pocas veces es un apócrifo, hay un frasco de verdad traslúcida adaptada a la voz engañosa que frasea).

Otras veces, los símbolos son más explícitos. A finales de 2017, por ejemplo, Rajoy transfiguró rabioso de la entraña que vivíamos “los mejores años de nuestra historia”. Tampoco ahí la voz le sonaba impostada, es más, refulgía cierta cadencia de veracidad: fluida y resonante, aplaudida y jaleada con el candor que sólo reparten los que, en efecto, se lo creen de veras. La cita, que incluso alarmó de cierto desprecio a cualquier tiempo pasado que —como oró Manrique— seguro fue mejor, procuró ser otro pasto mullido de frivolidad y autocomplacencia. Pero también entonces dio igual: no era necesaria la revelación de otra verdad, o la matización de su esencia, porque de ellas no vive el engaño.

Podríamos resumir el análisis de la cita y de las cinco fases concluyendo que, para el PP, la equidad salarial es: no direccionable, intrascendente, inoportuna, inhallable y nefasta

Sin embargo, esta semana, en un programa radiofónico, Rajoy soslayó de su labio un previsible —y no por ello más leve— relato de ese desasosiego retórico: ante una cuestión acerca de la igualdad de salarios, se zafó con un nimio y sempiterno “no nos metamos en eso”. Agravando el desplante, añadió: “Demos pasos en la buena dirección, que normalmente es como se resuelven mejor los problemas”.

Según la correlación que nos está permitida comprender, podemos discernir varias interpretaciones: 1) que, tal y como dio a entender, en la equidad de salarios entre hombres y mujeres no existe camino transitable; 2) que no compete en las responsabilidades del Gobierno suscribir los problemas generales —con esto digo: los de todos—; 3) que no hay reparo en explayarse sobre aquello que circundan las verdades falseadas, pero sí cuando del diálogo no hay ovación premeditada a la gestión del legislativo; 4) que no se presenta maquinaria pesada para ejercer el cambio en materia de DD.HH., comprendiéndose como tal la única fuerza precisa: la voluntad de requerirlo, y 5) que, más allá de las significaciones, “eso” adquiere aquí un carácter harto peyorativo.

Podríamos resumir el análisis de la cita y de las cinco fases concluyendo que, para el PP, la equidad salarial es: no direccionable, intrascendente, inoportuna, inhallable y nefasta. Toda una terminología oscura que parecemos transigir en aumento, o pasarla por alto con lo ya sabido: que “nada podemos hacer”, o que “estamos condenados” por espanto.

Como toda palabra vacua, el lenguaje sin fin sólido no es más que un adorno barroco que, aun brillante, no sirve: se acumula en el olvido

Por ende, como si se tratara de la literatura en movimiento de Aristóteles, la retórica del PP no es retórica en sí, sino un estímulo falseado que, puesto en acción, se nos presenta por verosímilmente compilado, pero en costuras más que evidentes: aquellas que no precisan de vastos símbolos ni de complacencias sensibles porque, en su trasfondo, se erigen de plasticidades de aparente beneficencia, donde no sirve el cuerpo de la idea, sino su color, forma, sabor o la orientación de su ilusión perfecta.

No es necesaria la cultura ni el sentimiento; no se precisan las explicaciones abundantes sino las redundancias hasta la extenuación; no hay verdad sino simulación de ésta. Y como toda palabra vacua, el lenguaje sin fin sólido no es más que un adorno barroco que, aun brillante, no sirve: se acumula en el olvido.

El silencio hablado de legislar se compone de tales síntesis discursivas: algunas más rebatibles; otras, como el reciente “no nos metamos en eso”, más que inoportunas para la democracia

Que un Gobierno se edifique silencioso a costa de la evasión permanente de lo que calla suscita que quizá haya en su filosofía cierta discriminación callada: la de suscribir sólo la palabra a la realidad que les complazca, a expensas de que el engaño se expanda por los soportes de una sociedad a la que, una vez revelada la cura, no le quedará más que rendir cuentas a la sombra alargada de su absurdo: no poder hablar por haber callado hondamente, no poder retornar por haber transigido en demasía.

El silencio hablado de legislar se compone de tales síntesis discursivas: algunas más rebatibles; otras, como el reciente “no nos metamos en eso”, más que inoportunas para la democracia. Sin embargo, aun refulgiéndose de silencio, existe en ello cierto premio: el aprendizaje que algún día ya no nos llevará sólo a preguntarnos —como seguro lo hacemos ahora— “¿en qué debemos meternos?”, sino al fin ulterior de la exclamación: “¡Metámonos, aunque a ellos les inoportune!”. Entonces España sí será un verdadero éxito, no disfrazado de apariencia o de quimera. Tan pura, incolora y translúcida. Aun provocando la ruina de muchos, cosa que tampoco parece desmerecer. @mundiario

 

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