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A punto del ataque de nervios, prosigue una historia interminable en Cataluña

Manuel Menor Currás | 06 de noviembre de 2017

Una diputada de Podemos retira una bandera española de la bancada del PP –vacía– en el Parlamentio de Cataluña. / Twitter
Una diputada de Podemos retira una bandera española de la bancada del PP –vacía– en el Parlamentio de Cataluña. / Twitter

Entretanto, múltiples  problemas sociales corren riesgo de pudrirse. La olvidadiza Educación madrileña, propone unos presupuestos expansivos para la red privada del sistema y gravosos para la pública.

Dentro de España, el momento de las relaciones territoriales internas se parece cada vez más a una montaña rusa, con episodios de aceleración cardíaca intensa y otros en que apenas da tiempo para recuperar el aliento.

Historias interminables

Por ahora, no va a ser fácil saber qué haya pasado en este mes último, aunque  parezca haberlo vivido. Menos lo saben, todavía, los metidos de lleno en el fragor de las discusiones, sin distancia suficiente para distinguir entre humillados y ofendidos. Los que han sido adoctrinados en la tautología de que la historia es la historia y la política es la política, tienen una gran ocasión para reconsiderar si realmente están en lo cierto: pueden huir de la realidad, pero difícilmente encontrarán sentido a lo que está pasando delante de sus ojos. Por otro lado, los tentados a creer que todo estaba atado y bien atado, por la legislación constitucional en este caso, como si la judialización de los problemas fuera suficiente para que desaparecieran, pronto se encontrarán con un “sin buscar”; es decir, que la realidad es complicada y a menudo no tiene libro de instrucciones para arreglar sus desperfectos. Y también puede que los impulsados por el heroísmo patriótico acaben descubriendo algo semejante, aunque de momento, la progresión creciente de la historicidad les urja a ser sujetos participantes. Las contrapuestas versiones de estos perfiles, a que las redes sociales dan cobertura instantánea, todavía están en progresión: ¡Ojalá no se lastime nadie!

Los quiebros de los acontecimientos de estos últimos días ya trasladan la intensidad de las expectativas al día 22 de diciembre. Después de las elecciones del día anterior, es muy probable que casi todo siga como en la casilla de salida, antes de que empezara este excitado octubre de 2017. Es lo más probable, pese a la pérdida de sinergias que detectan algunas encuestas oportunistas.  Este entreacto ya tiene de sobra  con lo que da de sí el Código penal acerca de la subversión y la sedición. Sus reglamentos subsiguientes, encarcelamientos y  extradiciones nos descubrirán –como en las mejores novelas negras- lo utilizables que son como  artilugios –legales- estratégicos.  Pero el dinosaurio de los problemas que la dejadez, la incuria o el mal acomodo que hayan tenido  los problemas subyacente seguirá ahí, acechando nuestro ataque de nervios o que decidamos atender a sus requerimientos en un plano estrictamente político.  Democráticamente hablando, no parece que el artículo 155 a que se ha recurrido en esta ocasión, pueda volver a ser solución para el caso de que las combinaciones postelectorales del día 22-D  cuadren mejor a las esperanzas de los “soberanistas” que a las de los “unionistas”. Quiere decirse que, el camino que resta a los planteamientos frentistas entre unos y otros es de corto recorrido y más pronto que tarde habrá que volver a la mesa del diálogo y la transacción, al empleo de las palabras justas para atender los problemas que existan. Cuanto más se alargue esta espiral de desencuentros, más se enconarán las posiciones y más difícil lograr la paz social. El problema se enquistará porque sólo habíamos puesto una tirita a una enfermedad de envergadura.

¿Continuará?

Mientras lo de Cataluña va al ritmo de una serie televisiva, en vivo y en directo, pese al afán de algunos de contarnos cada episodio casi al segundo, no se sabe bien hacia dónde seguirá la trama. Pero a poco que se le preste atención, se creerá que hubiera un guionista omnisciente que sabe bien a dónde conducirlo todo y que no perdamos el final. Tenemos para rato en este inédito y correoso show, donde las apariencias cuentan más que lo que importa y donde cada noche aparece siempre, como en los TBOs de nuestra infancia, el consabido “continuará”. Secuestrada nuestra atención, no será fácil poner en su sitio la relevancia que tengan problemas pendientes de la vida más cotidiana, tanto en Cataluña como en el resto de España. De la confluencia combinada de ambos capítulos sí que puede resultar un gran nudo argumental de muy incierto desenlace.

En la medida en que los asuntos educativos trasponen, imitan o reflejan la sociedad de cada momento, sus dinámicas –“políticas”- expresan aprecio o desprecio, cuidado o dejación, diálogo o indiferencia y desdén. Cada día, en cada centro educativo, se está expresando ese flujo de decisiones por el que buena parte de lo que hay o no hay, de bueno o carencial, es el resultado de una serie de actitudes primigenias que los políticos a quienes hayamos votado han traducido en recursos., medios y preparación del profesorado que, al final de una cadena de voluntades y protocolos, atiende a nuestros hijos e hijas.. Hay dos momentos principales en esa secuencia de decisiones primera. Uno muy significativo –tan “histórico” como el que más y con datos poco propensos a la opinión subjetiva- se produce al generar la normativa relevante del sistema educativo. La LOMCE es lo último que tenemos en el recorrido legislativo de estos 40 años. Mal asunto cuando, comparada con leyes anteriores, además de cerrazón para atender a problemas graves de estructura, no sólo se opone sistemáticamente a las leyes generadas por otro partido, sino que muestra una especial inclinación a llevarnos  a los tiempos anteriores a 1978, cuando se redactó el artículo 27 de la Constitución. Que ante cualquier reivindicación razonable se responda que lo que hay que hacer es cumplir la Constitución –lo que no se pone en cuestión-, no deja de ser una tomadura de pelo para quienes hayan detectado un problema que pretenden arreglar democráticamente. Tampoco se entiende por qué ya vayan once leyes del mismo calibre –orgánico- no han solucionado, y que todo siga a la espera de una nueva ley de similar cariz.  Si todo hubiera sido tan bello y magníficamente elitista como indica el que esta LOMCE se haya querido vender en 2013 como  la ley de “la mejora” fetén,  es ininteligible que, apenas cuatro años más tarde, se esté clamando por un “Pacto Social y Político en Educación”. Algo, mucho o poco, según se mire, no va bien  -democráticamente hablando- en el funcionamiento de lo acordado en 1978.

Bajando al 3,7% del PIB

El otro momento clave –con periodicidad “histórica” más cuantificable todavía- en que se traduce el valor que se concede a la educación democrática desde las instancias del Estado, es el de los presupuestos anuales, donde se reflejan las opciones de recursos disponibles. Actualmente, después de las transferencias a las Comunidades autonómicas, los PGE comparten con los de estas las propuestas de inversiones y recursos  en que queda constancia, cada año, de si hay mejoras reales o  postergación.  Los recortes de 10.000 millones a Educación en estos años últimos, y que este que entra vaya a bajar respecto al PIB  hasta un 3, 7%, es decisión del Gobierno de Rajoy ante Bruselas a causa de los déficits a que nos ha conducido esta “crisis” inacabada. Pero lo que, por ejemplo,  proyecta la Comunidad de Madrid, permite observar cómo se puede inducir un determinado aprecio o desprecio continuados, lo que en este caso y para el año próximo significa, una vez más, aprecio por una de las redes del sistema, el de la enseñanza privada, y  menosprecio por la pública. La serie histórica de presupuestos de la Comunidad madrileña muestra, con pequeñas variaciones, cómo haya sido esta inclinación de fervores desde que Esperanza Aguirre encontró respaldo en las urnas: el crecimiento de los colegios privados ha sido paralelo al de las atenciones que se les han propiciado desde esta Administración política. Que esto continúe con Cifuentes, a pesar de múltiples escándalos recientes en asuntos como  como contratos a interinos, insultos al profesorado, construcciones desatendidas o postergadas, corrupta cesión de espacios públicos a entidades privadas, o desplazamientos forzados de alumnos fuera de sus barrios, es perfectamente observable todavía por cuantos reclaman “calidad educativa en abstracto, sin mentar desigualdades legalmente instituidas desde antes de 1978. Lógico que, desde otras instancias como los sindicatos de profesores, o desde Plataformas como Marea Verde, esta reiteración –histórica- de los desequilibrios que vienen de aquel entonces predemocrático,  suscite, junto al rechazo, el cansancio de tener que recurrir, una vez más, a las manifestaciones y posibles huelgas como única forma en que les hagan caso.

Pobres dos pobres

Se volverá a oír aquel nunca mais, como ha sucedido en Galicia después de la horrible semana de incendios.  Y se reiterarán los avisos que, desde el estallido del 15M de 2011, se vienen produciendo a raíz de recortes, externalizaciones y privatizaciones de prestaciones sociales, y de medidas adoptadas –legalmente- para flexibilizar el trabajo. Vamos hacia diciembre, pero la lotería y el turrón de este año no distraerán a muchos de  prestar atención a los problemas que la cuestión catalana ha relegado a segundo plano. La Subcomisión parlamentaria para hablar del territorio, y la revisión de  la Constitución de 1978 ya miran con lupa los artículos 166-169 de su Título X.. No será fácil ni lo uno ni lo otro.  Pero tampoco se sostendrá que, en nombre de lo ya legislado y a contrapelo de las exigencias democráticas, quienes más lo necesitan vean que sus asuntos se pudren y que solo les quede, como único consuelo, suscitar la compasión.

 

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