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Maquiavelo se instala en Cataluña

Fernando Cueto | 22 de septiembre de 2017

Carles Puigdemont, en el Palau de la Generalitat de Cataluña. / RR SS
Carles Puigdemont, en el Palau de la Generalitat de Cataluña. / RR SS

Mientras para Aristóteles la política es el arte de cambiar las cosas, para Maquiavelo es el arte de engañar. Precisamente lo que se ha instalado en esta contienda.
 

Imposible amanecer estos días sin que nos salten noticias sobre el enfrentamiento que está ocurriendo en Cataluña. Las nuevas se suceden como un grifo que gotea lenta pero incansablemente, alimentando la hoguera del odio, de la sinrazón; abriendo una caja apilada en el desván cuyo interior descubre algo podrido, hediondo. Las declaraciones de los distintos personajes políticos de las filas nacionalistas y de algunas otras formaciones que simpatizan con su causa están obteniendo el esperado resultado trazado por el plan de Puigdemont y su corte de complacientes porque no podía ser de otro modo. Las mentiras, por desgracia, casi siempre son más fáciles de asumir que la verdad. Y hoy la batalla no viene armada con argumentos, sino que se enarbolan consignas estudiadas para levantar a las masas porque ya se sabe que el que engaña siempre encontrará a quien se deje engañar. Las palabras del diputado Gabriel Rufián exigiendo al presidente del gobierno que saque “sus sucias manos de Cataluña” o las de Pablo Iglesias calificando de presos polacos a los detenidos por orden de un juez no buscan otra cosa que provocar al contrario y de paso aumentar un victimismo tan ficticio como interesado. Por fortuna, desde las filas del gobierno se está imponiendo la cordura y la respuesta, al menos por ahora, está siendo guiada por la prudencia, como debe ser. 

En Cataluña se ha perdido definitivamente la razón, entendida como la facultad que permite discurrir el entendimiento, con alevosía y premeditación

En Cataluña se ha perdido definitivamente la razón, entendida como la facultad que permite discurrir el entendimiento, con alevosía y premeditación. Los independentistas han decidido pegarse aunque el otro no lo desea, echando por tierra aquello de que dos no pelean si uno no quiere, y desatendiendo los consejos de regresar a la legalidad para seguir debatiendo. Con esto, al gobierno de España no le queda otra que cumplir con la Constitución, con todo lo que eso conlleva, lo que inevitablemente la acarrea golpes en forma de críticas, la mayoría perversas. Pero, ¿cómo dialogar con quien sólo está dispuesto a aceptar sus posiciones? ¿Con quien sólo acepta su concepto de democracia como válida? ¿Cómo llegar a acuerdos con quien intimida a sus adversarios?  Puigdemont, apoyado por personajes tan siniestros como Assange, no tiene intención alguna de llegar a un consenso, sino de convertirse en un nuevo Companys y que eso le lleve al altar de los mártires de la causa catalana. Y sus socios de la CUP, aún menos. Lo de pegar pasquines con las fotos de alcaldes y concejales partidarios de cumplir la legalidad democrática es de una bajeza moral tan aplastante que no admite replica. 
Ha llegado el momento de que los demócratas silenciosos alcen su voz para acallar tantas mentiras y situar el debate entre lo que realmente es, legalidad vs ilegalidad. Es necesario que los catalanes discrepantes salgan del confort de su anonimato y se pronuncien para evitar que este despropósito se enquiste de manera permanente. Para fortalecer la democracia con más democracia, para decir no en mi nombre e impedir así el triunfo de las tesis de Maquiavelo. Por el bien de todos.

 

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