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Litio para las horas oscuras en Hotel Útero, un diario de Begoña Callejón

Manuel García Pérez | 03 de agosto de 2019

Hotel Útero, de Begoña Callejón./ Esdrújula
Hotel Útero, de Begoña Callejón./ Esdrújula
"Mi madre me enseñó que la mejor forma de pasar por la vida sin hacer mucho caso a todo era evitando los recuerdos", escribe la autora en Hotel Útero.

El libro de Begoña Callejón admite la enfermedad y el miedo a vivir como formas de rebeldía.

Un libro necesario. Una forma de insurrección. La obra de Begoña Callejón, publicada por Esdrújula Ediciones, es una confesión severa del hecho de vivir la adolescencia y su posterior madurez como una evasión de espejismos.

¿Qué espejismos? Los espejismos que procura esa felicidad fingida y consumista, sobre la que tanto escribe Lipovetsky, y que residen en el armazón de la adolescencia; aparente y presuntamente entendida como una etapa de dicha y descubrimiento que, en Hotel Útero, salta por los aires, pues las cicatrices, la bulimia y una continua desazón por entender la existencia misma como un lastre severo se convierten en una simbología recurrente: "Sobre mi cabello rubio me pondré una corona de espinas. Me llamaré Deshabitada. Necesito recordar cada espina que recorrí a través de aquellos pasillos. La casa. La casa. La maldita y puta casa" (pág. 31).

El talento de Callejón radica en su capacidad para no ocultarse, para sincerarse desde la violencia y la corrosiva utilización de un lenguaje donde la belleza arraiga en el puro expresionismo, en una persistente latencia de dolor y desengaño que su personaje asume ante un mundo, un cuerpo, un progreso personal que le defraudan continuamente.

Y, sin embargo, como ya he dejado por escrito, hay belleza, hay acústica, hay un uso salmódico de la sintaxis en la que cada capítulo, cada habitación de ese hotel, es un adentramiento en la necesidad de desaparecer a través de formas hábiles o a través de la pesadilla: "Mi útero desapareció. Cosida. Herida. Los insectos cantan junto a mi vientre. Mi amiga Dorothy había desaparecido. Ya no engendraré, niños muertos acompañan mi cuerpo vacío" (pág. 33).

El monstruo está fuera y está dentro, en la propia fisiología. Y esa herencia de Sexton o Plath, que se comprueba en la prosa, contradice la desnaturalización de Foucault. Callejón es consciente de las limitaciones de su cuerpo, de su voluntad, se sus ganas de vivir, y, sin embargo, lo hace sin victimismo: "Una colección de gusanos de seda nos espera. Siento dolor. Más nolotil. Más nolotil. Ya estoy encorvada en mis ensoñaciones" (pág. 45).

La escritura deja que ella y su personaje sobrevivan, que acepten esa dominante fuerza impúdica y feroz que arrasan con cualquiera. La desmitificación de la maternidad, la concepción de la vida como un sueño persistente que se agota lentamente, la zozobra de presentir los efectos de la enfermedad, los estigmas sobre la piel o la incomprensión social ante esas transformaciones reducen su existencia al litio, al antidepresivo, a lo químico: "Tomaba y tomo 15 pastillas diarias. De todos los colores. De todas las formas. Muchas veces te preguntan" (pág. 57).

Y, sin embargo, esa sinceridad es ejemplar, pura; es un rasgo humano que nuestra sociedad niega a validar, una sociedad que prefiere el tabú a la confesión, porque la religión que gobierna lo común no es la moral, sino el miedo a uno mismo, a ser otra persona, a ser aquello que se aleja de todos y de todo: "¿Te han atado alguna vez a la cama? Ocultas el lenguaje de los vivos cuando quieres rascarte una pierna y no puedes. Cuando sabes que la llave va en el bolsillo y no puedes hacer nada" (pág. 56).

Enhorabuena, Begoña, por tu libro. @mundiario

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