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Javier Gilabert, agua dormida en los labios

Pedro Luis Ibañez | 11 de diciembre de 2019

Portada. En los estantes, de Javier Gilabert. Esdrújula Ediciones. 2019.
Portada. En los estantes, de Javier Gilabert. Esdrújula Ediciones. 2019.

Con En los estantes, el autor granadino nos llueve de prístina luminosidad. La respiración lírica acompaña al lector, que transita insuflado por un aliento renovador.

Reverberación de lo extinto. En la palabra poética la asignación vital deviene tanto de de su concepción íntima como de su extroversión pública. Ese merecimiento sostiene un tiempo propio que armoniza y equilibra el vértigo de esta instantaneidad abrumadora, que pende de ese otro tiempo, donde la aceleración constituye un apremio desventurado en el albor del siglo XXI. Así las cosas, el mandamiento de Antonio Gamoneda, “La poesía es un asunto que se resuelve en soledad”, entronca con ese decir lírico, que es fuente de acontecimiento y conocimiento, y que, sin embargo, contiene la necesidad de afianzar su postulado, por más que este abunde en los horizontes abisales del ser humano, proclamando una próxima y última oportunidad de redención, una vez más. Las rubáiyátas de Horacio Martín apostillan la inclemencia de la sonoridad más atronadora, “En el amor no existe / lo verdadero sin lo irreparable”. Félix Grande nos demuda con la clarividencia más compasiva. Aquella que revierte en el cauce invisible de nuestra frágil humanidad. Y es ahí donde la poesía alcanza el vuelo de la transparencia y nos infiere la herida luminosa.

En los estantes

Las páginas de una obra poética, editada por Esdrújula Ediciones, 2019 y prólogo de Antonio Praena, son diferentes a las de cualquier otro género literario. La aproximación a ese otro rictus en la palabra y su quehacer en lo frondoso, acentúa la disposición a recrear un tiempo nuevo. La expectativa se ciñe a consolidar un baluarte de reflexión emotiva para la resistencia. Es un designio que no especula. Sencillamente antepone su levedad como entrega generosa. Sin esperar nada a cambio salvo que nuestros labios musiten el oráculo en sus versos y nos dispongamos a celebrar el silencio. En esta obra poética la claridad nos habita en ese amanecer del pensamiento construido con afán benefactor. En su título hay una declaración de intenciones, definida por la composición en un combativo ejercicio de introspección meditada. El lenguaje poético se enciende ambicionando esa clarividencia que logra desentrañar, finalmente, el asomo a la vida en el pormenor. Toda una existencia alineada en los anaqueles, que solo la lectura interior diferencia para seleccionar los títulos de nuestra biografía. Así, el perseverante ejercicio de atender al eco hollado en lo esencial. Sin estridencias. Apuntalando cada metro de galería con laboriosa convicción.

En la conspiración.

Dividida en tres tiempos, el apunte de su dedicatoria nos reclama para el ritual de los afectos con la evocación paternal póstuma. Mudanza, La estantería y Los libros tienen como pórtico de iniciación  los versos de Javier Egea, José Ángel Valente y Claudio Rodríguez respectivamente, que antes lo fuera con Juan Carlos Friebe en la apertura a ese centro geográfico de misterio que comparten la vivencia y la escritura. Y que el autor, a modo de epitafio, inscribe en el frontispicio de su arquitectura poética, “Duermen todos mis libros, / aves de un árbol seco, / fronda de negro y blanco, / ramas y dientes, ojos, / huesos y raíz. / Cuando llegue el momento me posaré a su lado”. La senda que se abre ante los ojos del lector se adentra en ese acontecer del alma y su zozobra con el tacto desnudo de desagravio o reproche. La pulsión vital se encarama a los muros de lo banal, para avistar ese otro horizonte donde el agua duerme en los labios del poeta. A la espera de proclamar rumorosamente el adviento en la creencia laica que renace para redimirnos: todo comienza en el vacío como la estantería que espera abrazar su sentido primero y último en los libros que se aposentarán sobre sí. Ese peso de existencia que todo buen libro atesora. En Mudanza, la contrariedad poética es intromisión en el pensamiento que es sacudido por la creación. De ahí ese versátil juego entre hecho y verso, “Me escribo en un intento / de saberme, / me nombro entre las líneas / de unos versos”. Hay un renacimiento que troca la sensación de extravío en un nuevo comienzo, “En esa roca dejo / la piel que traje puesta, / que no me sirve ya” y articula un propósito irrenunciable de rebrotar para asir la verdad que echa de menos, “Creía conocerme. / Tardé en darme cuenta / de que estaba vacío. / Hoy, de mudanza, miro ilusionado/ estas cajas en las que empaqueté / solo lo necesario: / nuestras cosas”. En la segunda parte, La estantería, el amor achispa el festivo, ebrio y dúctil sentido del alumbramiento, de la capacidad engendradora en el amor filial, “Ella juega en la arena / vestida solo con una sonrisa. (…) Ella juega en la orilla. /  guardo el libro en su estante, / el más alto de todos”; en el maternal, que rezuma la identificación con el dolor del mundo que es el del propio ser humano y su descendencia, “Me duele tu dolor / tan adentro /que quisiera renunciar a este cargo.”; en aquel que naufraga en la apetencia seductora y amatoria que se deshace en el fragor de la ternura, “Enroscado en tus piernas / yo soy la enredadera, la serpiente, / soy tus piernas, / soy tú”; en el fraterno valor de la alteridad, donde la amistad conjura la vicisitud aciaga de tantas aparentes vidas en una sola, la verdadera, “La vida es ese instante / con máscara de días / en el que solo cabe una existencia”. En la tercera y última, Los libros, la memoria arde en la secuencia de la contemplación, que reaviva las reminiscencias hasta incorporarlas como fotografías en blanco y negro, siluetas con latido. La nostalgia y su picotazo en el corazón. Atardecer arrebolado en las desgarradas hebras rojizas que tiñen el cielo antes de sumirse en la negrura crepuscular, “Anoto en mi diario tantas nubes / y entiendo cómo llueven las palabras  / y el húmedo sabor que me transmiten, / la vida que discurre entre estas manos / de sol distorsionado en la tormenta.”

Javier Gilbert, cinematografía lírica

La puesta en escena de su poética contiene una elevada dosis de capacidad fílmica. Hay una narración de cronología intemporal que fragua una hilatura visualmente poderosa. En su forma de contar y cantar la poesía, existe la determinación inconformista de acendrar la idea anímica hasta encontrar la palabra certera, despojándola de toda presunción de inocencia. Hay un fin humanista que participa de ese otro que rumia en cada verso sostenido y cómplice en la estética y ética que trasluce su compromiso. En los primeros planos, la realidad cotidiana es atavío de esa otra que el buen lector reconocerá como desnudez propia. La cuidada edición de la obra por Esdrújula Ediciones en su Colección Diástole, con un texto aireado que rebosa de serena prestancia. Tipografía y tamaño de letra favorecedora de la lectura placentera, dentro de un continente con límites de cuaderno, para tomar en las manos y someterlo a la envoltura que abre y cierra el gozo de su contenido. Un contenido que como señala su autor, es “El hueco de su ausencia en el estante /  (…) invierno de una vida que se pierde”. Adagio cuyo tempo es cadencia de lo inevitable. @mundiario

 

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