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España, política pequeña para un país grande

MUNDIARIO | 23 de mayo de 2020

Gente.
Gente.

El extraordinario ejemplo ciudadano durante el confinamiento no tiene reflejo en la política. Empresarios reinventando sus líneas de producción, investigadores produciendo en red, artistas ofreciendo nuevas formas de interpretación, ... frente a un mundo político que ofrece lo mismo que en la Edad Media: confinamiento frente a la pandemia.

La vertiginosa transformación que ha sufrido la sociedad española durante la democracia ha dado lugar a una curiosa paradoja: el dinamismo de la sociedad es superior al de su marco político. Al comienzo de la transición, por el contrario,  la madurez de los principales dirigentes políticos, algunos curtidos en la oposición, otros en el exilio, además de los que provenían del propio aparato franquista, determinó una rápida homologación con las democracias occidentales. Los cambios legales  dieron satisfacción a demandas históricas al tiempo que crearon las condiciones para favorecer el desarrollo personal, empresarial o asociativo. Frente al férreo encuadramiento social, cultural y político de la dictadura, florecieron todo tipo de iniciativas, tendencias o actitudes. Era la libertad.

Cuatro décadas de política institucional han deparado un sistema político anquilosado, con disfunciones muy evidentes en la política territorial, en la multiplicidad y redundancia de las Administraciones, en la dificultad para resolver los problemas estructurales de la economía, sean la precariedad laboral, el déficit, la deuda pública o la rampante desigualdad. Siendo imposible cambiar la Constitución por la ausencia de coincidencias mínimas entre los grupos políticos, parecería oportuno hacer todas las modificaciones posibles que permitiesen resolver las actuales limitaciones. Por el contrario, triunfa el inmovilismo absoluto.

Los ejemplos son numerosos. Todos los ministros de Justicia han expresado su deseo de modernizar la Administración de Justicia y las leyes procesales. Ha sido su minuto de gloria, pues ninguno las ha llevado a cabo. Todos los ministros (y ministras por supuesto), han querido hacer una ambiciosa Ley de Educación. En ese caso todos la han hecho para que su sucesor pudiese derogarla. Ningún cambio apreciable en el sistema educativo en el último cuarto de siglo. Los ministros de Universidades son tradicionalmente invisibles, como los de Ciencia, donde lejos de avanzar retrocedemos en recursos. ¿Es necesario continuar?

El modelo de financiación de las comunidades autónomas permanece en el limbo  a pesar de las disfunciones bien conocidas. El mundo local necesita una modernización que no llega. La sostenibilidad de las pensiones está en el aire. Algunas políticas sectoriales compartidas con las comunidades autónomas, necesitarían mejorar su eficacia: industria, medio ambiente, vivienda, etc. La colonización partidista de  organismos teóricamente independientes,  como el Consejo General del Poder Judicial,  la Comisión Nacional de los Mercados y una  larga lista, que se reparten mediante cuotas, ha llevado al bloqueo de muchas de ellas y al desprestigio del procedimiento. Cuanto venimos citando no requiere modificar la Constitución. Solo demanda voluntad de resolver la parálisis. En este punto hay plena coincidencia entre Gobierno y oposición: mantener el statu quo.

El extraordinario ejemplo ciudadano durante el confinamiento no tiene reflejo en el mundo político. Empresarios reinventando sus líneas de producción, investigadores produciendo en red, artistas ofreciendo nuevas formas de interpretación, emprendedores aportando ideas, frente a un mundo político que ofrece lo mismo que en la Edad Media: confinamiento frente a la pandemia. Combatirla con tecnología es cosa de orientales: Corea, China y otros. Confiar en la responsabilidad de la gente, cosa de Alemania y de los países nórdicos, siempre tan raros. Incluso responsabilizar a las comunidades autónomas de la llamada desescalada, es viable en Alemania pero no en España.

La actual política de la confrontación total, de vacuidad de grandes proyectos, de la descalificación vacía de argumentos, no aporta casi nada. Desde hace un lustro la política ha sido un lastre cuando debería de haber sido un motor. Tanto en el nivel estatal como en el autonómico o en el local, las excepciones son minoría. El enorme griterío político, amplificado mediáticamente, solo produce ruido, a veces frustración, casi nunca soluciones. Nadie admite errores salvo los del contrario, nadie propone nada que implique cooperación en lugar de subordinación, la iniciativa privada es desdeñada mientras que los ciudadanos reciben un trato paternalista como menores de edad.

Nos adentramos en el largo túnel de la recesión económica sin atisbos de regeneración de la vida pública, ni de los comportamientos políticos, ni de la capacidad de respuesta a los retos vigentes. El país resistirá porque es grande y sus gentes responsables y trabajadoras, pero tardaremos más tiempo y sufriremos más que otros países. Y para muchas, muchísimas personas, no serán los mejores años de sus vidas. @mundiario

 

 

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