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¿La enseñanza a distancia es el futuro de la enseñanza presencial?

Azhar Rachid | 16 de octubre de 2020

Aula universitaria. / Nikolay Georgiev. / Pixabay
Aula universitaria. / Nikolay Georgiev. / Pixabay

El entorno educativo tiene que adaptarse a las nuevas tecnologías que nos asaltan e integrarse en esta era digital, pero ...

Desde tiempos inmemoriales, la enseñanza se impartía de un modo presencial. Docente y discente se desenvolvían en un mismo espacio, cara a cara. Este tipo de enseñanza no ha experimentado cambios notables, ni en su método, ni en sus estrategias. La enseñanza a distancia tampoco es reciente, data del siglo XIX (enseñanza por correspondencia en Europa y Estados Unidos). Con el inicio del presente milenio, ha crecido notablemente la educación virtual, de tal manera que, prácticamente, todas las universidades reconocidas internacionalmente brindan formación a distancia en todos los niveles. Últimamente, debido a la pandemia causada por el coronavirus, las escuelas se han visto forzadas a cerrar en casi todo el mundo. La enseñanza ha tenido que efectuarse totalmente a distancia, aprovechando el grado de desarrollo técnico de programas informáticos que permiten tal proeza. Por lo que nos preguntamos: ¿este tipo de enseñanza (llamada e-learning) es capaz de brindar una alternativa total y eficaz a la enseñanza presencial? De ahí, para poder contestar a dicha pregunta, resulta oportuno confrontar y comparar ambas modalidades, efectuando una descripción de los elementos que las caracterizan y diferencian.

Fortalezas y deficiencias de la educación presencial

La educación presencial existe desde tiempos remotos; ha constituido la base de la transmisión de conocimiento durante siglos. El profesor, en dicha modalidad, transmite un saber enfrente de sus alumnos, echando mano, básicamente, de recursos tradicionales. El proceso de aprendizaje se efectúa de forma lineal; los contenidos se van planteando secuencialmente, acorde con los criterios establecidos por el docente. Por lo tanto, la asimilación se hace de un modo gradual, progresivo, claro y seguro.

Asimismo, en la educación cara a cara, la enseñanza y el aprendizaje se realizan sincrónica y simultáneamente. Pues bien, el profesor puede percibir inmediatamente las reacciones de sus discípulos, y en función de ello, puede adaptar el proceso de instrucción a las situaciones que se presentan. De esta manera, la comunicación docente-discente se hace más inmediata, eficaz y segura, a la vez que el aprendizaje en este contexto resulta ser eficiente y comprobable.

En este sentido, cabe subrayar que, en la enseñanza presencial, sobre todo en clases prácticas o de idiomas, se da más interacción social tanto entre el profesor y sus estudiantes (comunicación vertical), como entre estos últimos (comunicación horizontal). En este tipo de aula, tiene lugar un mayor intercambio de ideas y experiencias en todos los sentidos; y de ahí, el alumno aprende con los demás compañeros. De hecho, este tipo de aprendiz tiene a su alcance parámetros instantáneos de comparación con sus colegas que le permiten averiguar su grado de avance o éxito en los estudios cursados. Estamos, así, ante un aprendizaje colectivo, participativo y mutuo. Por lo demás, en el contexto del grupo, se producen espontáneamente situaciones de competitividad y emulación, lo cual fomenta la asimilación y la progresión del estudiante.

Junto al saber, el alumno aprende en el aula el saber hacer y el saber ser, aprende a vivir en comunidad y a madurar; por eso, cualquier institución pedagógica que adopta esta modalidad se convierte en una escuela de vida.

Con todo, la educación presencial tiene sus limitaciones. Como queda señalado, este tipo de enseñanza ha prevalecido durante siglos. La metodología casi tampoco ha variado durante todo este tiempo. El monopolio del conocimiento ha estado totalmente en manos del profesor. De hecho, este último se coloca en el aula frente a su grupo de estudiantes, siendo el principal depositario del saber y el centro de atención para estos. Además, controla la situación del proceso educativo de sus discípulos que dependen totalmente de sus instrucciones. Por esta razón, en la enseñanza convencional, el programa educativo se concibe y se centra en la experiencia del docente, a la vez que la realización del curso está condicionada por su presencia física. Por lo tanto, si este se ausenta por un motivo u otro, los estudiantes se ven perjudicados en el avance del programa.

Es preciso señalar, también, que en la enseñanza tradicional, el alumno resulta ser dependiente, receptivo y pasivo. Ello se confirma por el hecho de que el discípulo debe someterse a un determinado ritmo de estudio establecido por el educador, lo cual atenta contra el principio de que cada discente posee su propio ritmo de comprensión y de aprendizaje. Asimismo, si por cualquier razón este no puede asistir a clase, en tal situación la experiencia del aula ya no se puede recuperar. La pasividad del discípulo en dicha modalidad se verifica también en la obligación de atenerse a las actividades propuestas por el profesor, que son casi las mismas y se basan en la preferencia y el estilo personal de este último.

Otra limitación de la docencia presencial se cifra en que tanto el docente como el discente deben acudir a un aula determinada de un centro educativo específico según un horario rígido, para que la experiencia educativa pueda cumplirse. Dicha sincronía espacio temporal puede ser coercitiva para algunos estudiantes que viven lejos del instituto o que tienen algunas circunstancias particulares que les impiden asistir a clase conforme al horario preestablecido (caso de los estudiantes funcionarios, por ejemplo).

Por último, es obvio que la educación tradicional resulta ser muy onerosa, puesto que requiere de recursos humanos y gastos de mantenimiento sustanciales, además de los gastos que  ha de soportar el mismo estudiante durante sus desplazamientos.

Ventajas e inconvenientes de la educación a distancia

En la educación virtual, la oportunidad de estudio se ofrece a cualquier persona deseosa de aprender. Pues, en esta modalidad, no importa la edad, la profesión, la situación geográfica, ni el horario. Igualmente, la educación en línea brinda un alcance masivo: para poder acceder a la instrucción a distancia, solo bastaría con disponer de un ordenador o un móvil y acceso a internet. De esta manera, el estudiante no se preocupa por desplazarse a la escuela, puesto que, desde su casa o doquiera, tiene acceso a todos los recursos didácticos y las actividades que debe efectuar para alcanzar los objetivos del aprendizaje.

Amén de la flexibilidad espacial, otra ventaja obvia que proporciona la educación a distancia al estudiante es la flexibilidad temporal: este tiene la posibilidad de acceder a la clase virtual en el momento que le resulte conveniente. Así, en la enseñanza distante, el contexto de estudio es totalmente determinado por el propio discente, quien decide el lugar, el día y el horario de estudio. A propósito, en el aprendizaje virtual, la formación puede tener lugar en cualquier hora del día en forma asincrónica o diferida, aunque también puede ser, ocasionalmente, sincrónica o directa (videoconferencia).

Entre las otras ventajas de la modalidad distante resalta la mayor autonomía de que goza el alumno, siendo él mismo el que marca su ritmo de trabajo y determina su proceso de aprendizaje. Efectivamente, cada estudiante avanza de acuerdo a su propio ritmo, a la velocidad de asimilación de los contenidos, y al grado de motivación, a la vez que aprende en el momento que considere oportuno. De modo que el discente se desenvuelve independientemente del docente y de los demás compañeros. De hecho, en la enseñanza virtual, el alumno no se supedita al profesor como fuente principal de los conocimientos, pues la información a la que tiene acceso es mucho más amplia, sobrepasa el contexto restringido del aula y la escuela, pudiendo acceder cada cual a variadas fuentes electrónicas de información en todo el mundo, y en varios idiomas. Asimismo, en la enseñanza en línea, el programa educativo está más centrado en el estudiante que disfruta de una atención totalmente individualizada, sobre todo porque el docente atiende aquí, en principio, a pocos estudiantes.

En cuanto a la misión del profesor distante, consiste, primero, en preparar un contenido pedagógico bien estructurado, enriquecido con tecnologías modernas, que luego sube a una determinada plataforma educativa en línea. El estudiante, por su parte, consulta dicho contenido y efectúa las tareas que remite al instructor, quien las corrige, anota sus observaciones, etc. (modo asincrónico). Es muy frecuente, también, el modo sincrónico, como queda señalado, donde docente y discente coinciden en línea para aclarar conceptos, despejar dudas, contestar preguntas...

Del mismo modo, el profesor distante, por evaluar periódicamente las tareas y los trabajos hechos por sus estudiantes, conoce cabalmente cuáles son las fortalezas y debilidades de cada alumno en su aprendizaje, si se parte, desde luego, del principio de tener a grupos reducidos, como lo requiere la modalidad. Por lo tanto, la función principal de este tipo de docente consiste en orientar, acompañar, aconsejar, asesorar, supervisar y evaluar a cada aprendiz.

Por último, la enseñanza a distancia resulta menos costosa: la institución prescinde de una gran parte del personal administrativo, de aulas y costes de su mantenimiento, material de impresión y fotocopias para los estudiantes, etc., a la vez que exime a estos últimos de los gastos de transporte y otros relacionados con el desplazamiento al centro de estudios.

Desde otra perspectiva, este tipo de educación encierra, también, varias carencias, y su implantación implica muchas dificultades y desafíos, sobre todo para los docentes. Por un lado, debido a la actual crisis por la pandemia, los centros de educación tuvieron que reajustar instantáneamente su modo de enseñanza, pasando de la modalidad presencial clásica a otra distante, que en varios países en vías de desarrollo todavía no está del todo afianzada. De modo que la acomodación del contenido constituye la primera tarea básica que se debe realizar, representando, al mismo tiempo, la dificultad inicial para el profesor.

¿Cómo de la noche a la mañana puede transitar dicho profesor de un método de enseñanza tradicional a otro virtual, para el cual no está del todo preparado, ni habilitado?

Por otro lado, el pedagogo se ve ante la obligación de seguir una formación específica a fin de estar facultado para impartir clases en línea, y capacitado para manejar debidamente todos los medios de comunicación y los programas informáticos. Aquí se plantea un reto enorme: muchos docentes de edad madura, sobre todo en la universidad, no están acostumbrados al uso de las nuevas tecnologías. La mayoría se ha contentado con dar clases magistrales, usando material didáctico clásico. Entonces, ¿cómo de la noche a la mañana puede transitar dicho profesor de un método de enseñanza tradicional a otro virtual, para el cual no está del todo preparado, ni habilitado?

Otra dificultad para el instructor: en la distancia, debería atender a pocos estudiantes, para dispensarles una atención individualizada; pero, en la práctica, es otro cantar. Es el caso, por ejemplo, de algunas universidades públicas durante el estado de alarma, donde el docente tiene que comunicar en línea con un centenar de discentes. Por consiguiente, los cursos sincrónicos son impracticables, el profesor desconoce a sus discípulos, a la vez que es incapaz de evaluar sus trabajos periódicamente.

En tal modalidad, el docente, por ser distante, casi desaparece la interacción entre él y sus alumnos, y la transmisión del saber y la comunicación entre ambos resulta ser mediada y no directa, lo cual incide en el grado y calidad de comunicación profesor- estudiante. En esta línea, muchos especialistas subrayan, como enorme desventaja de la educación virtual, tal distanciamiento físico entre docente y discente: varios estudiantes no consiguen comprender y asimilar a distancia; requieren de una presencia física del profesor para explicarles debidamente los contenidos, aclarar sus dudas, contestar a sus interrogantes y disipar sus inquietudes. Dicho distanciamiento físico implica, igualmente, una restricción para el docente que está ante la imposibilidad de captar las reacciones inmediatas de sus estudiantes. Aquí surge un interrogante: ¿cómo puede asegurarse el instructor que su alumno ha asimilado realmente los contenidos expuestos?

Con referencia a dicho discente, es obligatorio que tenga habilidad para el uso de tecnologías modernas, así como una fuerte predisposición al auto-aprendizaje y la auto-evaluación; sin olvidar la necesidad imperiosa de disponer también de un alto grado de motivación y de sentido de responsabilidad y de organización. Ahora bien, muchos estudiantes, debido probablemente a su corta edad, carecen de tales cualidades, incluso en cursos presenciales, delante de un profesor que no deja de animarlos y responsabilizarlos. Por estos mismos motivos, la enseñanza a distancia es inconcebible en el caso de escuelas primarias, donde los niños necesitan una tutoría apropiada y un contacto directo y continuo con el maestro. Igualmente, en la educación virtual, es cierto que el estudiante dispone de más libertad para consultar otras fuentes de información diseminadas por la web; mas, puede perderse en esta selva internáutica si no está bien orientado y asesorado.

De la misma manera, aunque parece ser una alternativa menos onerosa, la enseñanza a distancia exige un apropiado equipamiento informático y una buena conexión a la red, lo que puede resultar costoso, especialmente para familias modestas. Incluso, muchos estudiantes del tercer mundo (máxime en medios rurales) no tienen acceso a la red, ni a terminales; lo cual les priva de la posibilidad de beneficiar de una educación en línea.

Otro aspecto controvertido de la educación distante es relativo a la evaluación. Ciertamente, este tipo de sistema posee varios tipos de pruebas para los estudiantes; pero, debido a la ausencia de exámenes presenciales, desaparece, por tanto, el principio de rigor, de objetividad y de equidad de oportunidades.

Conclusiones

En resumidas cuentas, tanto la enseñanza presencial como la distante tienen sus fortalezas y sus deficiencias. Por eso, no sería adecuado afirmar que una modalidad es mejor que la otra, o que son opuestas y rivales. Son, sencillamente, diferentes, y, acaso, complementarias. En este sentido, lo ideal sería permitirle al aprendiz elegir entre una u otra modalidad, según sus preferencias, expectativas, condiciones, aptitudes personales, etc.; o, incluso, brindarle la oportunidad de compaginar entre ambas opciones a la vez (enseñanza híbrida), sacando provecho de los potenciales de cada una.

El entorno educativo tiene que adaptarse a las nuevas tecnologías que nos asaltan e integrarse en esta era digital para no quedarse fuera de este contexto; empero, probablemente, la enseñanza presencial jamás desaparecería, al igual que nunca se extinguiría el libro o el periódico de papel, pese a la invasión de las formas electrónicas.

De hecho, en la actualidad, junto a las instituciones educativas completamente tradicionales, o totalmente a distancia, existen también las híbridas o mixtas, que brindan sendas modalidades a la vez. Pero, lo cierto es que las nuevas tecnologías de información y comunicación están afectando vigorosamente a cualquiera de las modalidades educativas. Incluso, los institutos tradicionales, con el advenimiento de dichas nuevas tecnologías, ya las están empezando a integrar a su modelo de enseñanza convencional. De tal manera que la docencia presencial se está potenciando con técnicas de b-learning. Por consiguiente, analizando las posibles proyecciones de ambos tipos de enseñanza en un futuro próximo, podemos predecir su coexistencia y enriquecimiento metodológico recíproco.

Ahora bien, ¿la educación a distancia puede ser el futuro de la educación presencial? Lo dudo. Probablemente, el entorno educativo tiene que adaptarse a las nuevas tecnologías que nos asaltan e integrarse en esta era digital para no quedarse fuera de este contexto; empero, probablemente, la enseñanza presencial jamás desaparecería, al igual que nunca se extinguiría el libro o el periódico de papel, pese a la invasión de las formas electrónicas.

Efectivamente, no solo se aprende leyendo libros, consultando páginas web didácticas o manejando aplicaciones educativas en su móvil, sino que se requieren interacciones cara a cara con el docente, requisito esencial para consolidar el aprendizaje. De hecho, la educación presencial aporta al estudiante, fundamentalmente, la experiencia enriquecedora del contacto socializador, y de la expresión corporal de emociones que la educación distante es incapaz de brindar. De modo que, tras una experiencia de enseñanza a distancia “obligatoria” en varios países del mundo por la pandemia, la mayoría de los usuarios y especialistas han llegado a la conclusión siguiente: la educación en línea es incapaz de suplantar a la educación presencial, ya que tiene límites. Puede, a lo sumo, resultar beneficiosa para un corto periodo o como modalidad complementaria a la docencia cara a cara.

En definitiva, la escuela / universidad no solo encarna plataformas de transmisión del saber. Es, esencialmente, un lugar para encontrarse, interactuar, intercambiar, construir una personalidad independiente, abrirse al otro, tejer relaciones, confrontar dificultades y asumir responsabilidades. La universidad forja al ciudadano de mañana. Lo cual se consigue mediante la presencia física en sus aulas, anfiteatros y bibliotecas, las reuniones de los amigos en sus cafeterías y en su patio, la participación en varias actividades (sindicales, culturales y lúdicas) en su seno, y la interacción humana y viva entre estudiantes y profesores.

 

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